Выбрать главу

Tal vez fue el azar; en otras palabras, la casualidad. No tenía un propósito definido, tan sólo el instinto de interrumpir la regularidad del camino que seguía recorriendo el cañón. Pero cuando llegó allí, se alegró de haberlo hecho. Ahora miraba hacia abajo y eso era una ventaja. Con los prismáticos podía ver las huellas de Vogel encaminándose hacia el otro extremo del cañón y también que a otros cuarenta y cinco metros habían dado un brusco giro. Decidió que no avanzaría más allá de aquel punto subido en el mulo, sino que haría un reconocimiento a pie.

Tras tomar esta decisión, se acercó a Príncipe y cogió la cantimplora. Echó un trago con un pie apoyado sobre las piedras del escondrijo de caza y volvió a examinarlo. El escondrijo, hecho de trozos de basalto, se había desmoronado sobre sí mismo, aunque, según advirtió, de un modo bastante ordenado, de manera que las paredes habían caído formando un montículo cónico. En consecuencia, no se trataba tan sólo de una pila de rocas. Y cuando pensaba en lo curioso que resultaba (¿pues qué podría haber removido aquellas piedras y mucho menos reordenarlas de tan regular modo?), vislumbró un destello en la arena, a sus pies. Se agachó para recoger una moneda de diez centavos, una reluciente y fina moneda americana con Roosevelt en una cara y la Estatua de la Libertad en la otra. In God We Trust [29], 1959. Era una fecha muy cercana al año decisivo. El año de Harper… aunque, claro está, alguien podía haberla perdido en cualquier fecha desde entonces. Pero cuando retrocedió y miró las rocas que formaban la pila, se dio cuenta de que no la habían perdido en absoluto. Retiró las rocas, apartándolas a un lado y casi instantáneamente, porque en realidad no había muchas, imaginó lo que iba a descubrir. El escondrijo de caza había sido transformado en un recordatorio funerario. Bajo las rocas había huesos y más huesos, una pila de viejos huesos renegridos. Un esqueleto humano, de hecho. La calavera estaba aplastada, pero los largos huesos de las piernas y las acanaladuras de la pelvis eran inconfundibles. Las costillas habían sido separadas del pecho y también unas de otras, pero yacían pulcramente agrupadas formando una progresión de curvas y, en el fondo, sobre la arena, vio una mano. Con la palma hacia abajo. Negra y reseca, pero delicada, perfecta. Como la mano de una vieja señora negra.

Retrocedió. Durante unos instantes permaneció inmóvil. Lo cual parecía muy necesario. Pero le resultó imposible no mirar a su alrededor, los signos de muerte esculpidos en las rocas, los pétreos cazadores cerniéndose en lo alto de la pendiente y el cañón que conducía hasta aquel giro más adelante. La respiración parecía contenida dentro de su pecho; todo estaba suspendido en equilibrio, puesto que ahora Tannis sabía ya con toda seguridad que había caído en una trampa, que lo habían conducido, seducido, que no había descubierto, sino que le había sido revelado, que no había deducido brillantemente nada más que a sí mismo. Lo habían conducido hasta allí tan fácilmente como a aquellos carneros de la antigüedad. Sin embargo, ahora, en el último minuto, nada quedaba por hacer sino enfrentarse abiertamente con la situación. No comprendía nada. ¿Por qué veinticinco años antes que a Buhler habían asesinado a otro hombre allí, en ese desierto, a cuarenta y cinco metros de las huellas de Vogel? ¿Y quién era? Y, una vez más, ¿qué tenía eso que ver con Harper? No conocía ninguna de las respuestas. Ahora sólo le quedaba su voluntad, el poder peculiar de su inercia, tirarse un farol, «te desafío». En consecuencia, aunque era una locura, volvió a donde estaba Príncipe y se subió a la silla, exponiéndose doblemente. Lo condujo entonces con perfecta calma cuesta abajo y se encaminó hacia la segunda curva. Miró fijamente en aquella dirección. Los ojos clavados en la curva. Y algo en su visión… Muy a menudo era su visión, no sólo lo que veía, sino cómo lo veía, lo que más mandaba en sí mismo; la brillante y pequeña imagen a través del extremo equivocado del telescopio; un haz de luz quebrado a través del agua quieta y clara, o nada más que el pulido cristal de la ventana. Pero ahora Tannis lo veía claramente mientras observaba el recodo del barranco. Sin embargo, también debía de tener ojos en la nuca. Ésta fue la secuencia: se agachó hacia abajo y hacia la derecha. Una bala le pasó rozando la nuca. Luego el mulo se alzó sobre los cuartos traseros cuando el rugido del disparo estalló en el cañón.

Desde detrás de él.

Tiró de las riendas para que el mulo se diera la vuelta.

Miró y treinta y cinco metros más atrás (debía de haber pasado andando por su lado) vio a un hombre con un rifle en las manos. Era alto y delgado, un viejo delgado con un amplio sombrero de paja. Estaba de pie en uno de los escondrijos de caza.

– Jack…

Eso fue todo lo que dijo. Pero había algo en su voz. Entonces volvió a levantar el arma. Apuntó. Tannis tenía que morir.

Sencillamente, no había otra alternativa, pues cualquier hombre que se toma la molestia de comprarse un arma aprenderá a utilizarla lo suficiente para efectuar este simple disparo, un objetivo del tamaño de un hombre a menos de treinta y cinco metros. Sin embargo, Tannis no creyó en ningún momento que fuera a morir. Ahora que el momento había llegado, lo temía, temía los siguientes dos segundos, no más, digamos, de lo que hubiera temido tomarse un sorbo de café. Aunque era evidente que no tenía salvación. Salvo por la mano de Dios. Y fue Dios, en verdad, quien lo salvó, Dios desde una máquina, deus ex machina, literalmente, como si Tannis lo hubiera invocado. Porque en ese mismo momento, el F-8 que había visto antes, llegó volando por encima del cañón. Probablemente no tenía nada que hacer allí. Era un avión demasiado antiguo y pesado para ir haciendo maniobras espectaculares. Pero quizá el piloto, ocultándose de los radares, estaba haciendo novillos, divirtiéndose por una vez, recorriendo aquel desfiladero a baja altura a seiscientos cincuenta kilómetros por hora sólo por placer, por probar su pericia. Y voló a lo largo del desfiladero tan certeramente, acercándose a Vogel tan directamente desde detrás, que Vogel no lo oyó llegar en ningún momento, no oyó el rugido del motor a noventa metros. De repente apareció allí, una gran presencia bruta con el bruñido casco sin pintar, justo encima de él, un puro sonido de potencia, un sonido para sí mismo. Vogel se tiró de bruces. Disparó, pero sin saber hacia dónde iba la bala. Luego el avión pasó por encima del mulo y de Tannis, y el mulo se volvió loco, se desbocó y cargó cañón adelante por el mismo camino que había llegado. Galopó hacia Vogel y lo sobrepasó. Para entonces Tannis había empuñado el Colt y disparaba tras de sí, sin oportunidad de dar en el blanco, sólo para mantener la cabeza de Vogel agachada. Luego ya fue demasiado tarde. Jack se había ido. Jack se había ido hacía largo rato, Jack era parte del pasado. Por fin, lo sabía todo con certeza.

Segunda parte – Blanco y fondo

Las fuentes de radiación infrarroja pueden ser naturales o creadas por el hombre, pero una clasificación más útil para el que trabaja con tecnología de rayos infrarrojos es la de blanco y fondo. Un blanco es un objeto que debe ser detectado, localizado o identificado por medio de técnicas de radiación infrarroja. Un fondo es cualquier distribución o diagrama de flujo radiante externo al equipo observador, que es capaz de interferir en dicho proceso. Por tanto, un objeto puede ser en un momento dado un blanco y en otro formar parte del fondo, dependiendo del propósito del observador… En resumen, podría decirse que «el blanco de un hombre es el fondo de otro».

вернуться

[29] Lema que aparece en todas las monedas estadounidenses. «En Dios confiamos.» (N. de la T.)