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– Tim, escucha, sobre todo ahora, tenemos que hallar el modo de comunicarnos.

– Supongo que sí. Supongo que querrás saber lo que ha ocurrido.

– No es eso lo que quiero decir.

– Pero quizá ya lo sabes. Probablemente lo sabes mejor que yo.

– Lo dudo.

– Lo digo en serio. Esta mañana estaba pensando… -Se interrumpió. Luego prosiguió con perfecta calma-: ¿Sabes?, tengo que estar siempre pensando que se ha muerto. Tengo que decírmelo cada diez…

– Tim, si quieres…

– No, no. Iba a decir que el día que llegué aquí… En el jardín, desde ahí puedes verlo, por esa ventana, en realidad no es nada, sólo que ella tenía problemas con los lirios, porque no crecían como debían. En realidad no le gustaba demasiado la jardinería, pero quiso que yo la ayudara. Creo que los dividimos o algo así. Así que ahora, allí fuera, hay un hoyo que ella cavó y un lugar sobre el que esparcimos el estiércol y esta mañana he pensado ir a taparlo, pero no he podido, ya sabes, comprendes el porqué, pero me ha hecho pensar en el jardín y cuando has telefoneado esta mañana he recordado cuánto me gustaba de niño. Solía pasarme todo el día jugando allí. Pero en la parte del fondo, bajo las lilas, estaba siempre terriblemente oscuro y siempre que me metía allí me asustaba. Sabía que había ocurrido algo, ¿comprendes? Cuando era pequeño, me refiero. Algo iba mal. Y yo no sabía lo que era. Ella nunca me lo dijo y después de un tiempo no volví a preguntarlo más. Pero tú lo sabías, por supuesto. Era algo que se sobreentendía. Y espero que ahora lo sepas. Por qué ocurrió. Por qué lo ha hecho.

David apartó la vista sintiéndose culpable por un instante. Porque nunca le habían contado a Tim lo que le había ocurrido a él, lo que les había ocurrido a todos. Años atrás se había dado cuenta de que había sido un error y había querido decírselo, pero Diana se había negado siempre. Ahora trató de mantener su posición un poco cautelosamente:

– No estoy seguro de comprender lo que dices.

– ¿No? Bueno, para mí está bastante claro. Se ha suicidado por la misma razón que os divorciasteis. Así de sencillo.

– Eso no puede ser cierto, Tim. Tu madre y yo nos divorciamos hace años. Se suicidó ayer…

– En realidad fue anteayer. No llamé el mismo día. No podía… No hubiera podido… decirlo, supongo. En voz alta.

David cerró los ojos. Durante unos segundos no pudo soportar mirar nada. Y luego, dándose cuenta de que los tenía cerrados, volvió a abrirlos. Sin embargo, su voz sonó tranquila.

– De acuerdo, Tim. ¿Pero qué relación tiene? ¿Por qué crees…?

– ¿Qué otra cosa podría ser?

– No lo sé. Dinero. Un problema amoroso. Su salud. Tú.

– No. Ya he pensado en todas esas cosas. No tiene sentido. Cuando llegué todo seguía igual, estaba completamente… no sé. Sencillamente era ella misma. Estaba contenta de verme. Estaba… -Se encogió de hombros.

David esperó un momento y luego dijo:

– No estoy muy seguro de la cronología de los hechos. ¿Hace unos días que estás aquí?

– Sí. Llegué el pasado viernes. Iba a tomarme una semana para estudiar. Aún tengo tres exámenes pendientes. -Miró a su padre-. ¿Pero no niegas…?

– ¿Qué?

– Que ocurrió algo, cuando os divorciasteis.

– Por supuesto que ocurrió algo.

– No me refiero a eso. Ocurrió algo… algo…

– De acuerdo. Sí. Ocurrió algo. Deberíamos habértelo dicho, yo quería contártelo, hace años. Pero Diana se oponía, no estoy seguro del porqué, pero no quería. Tiene que ver conmigo más que con ella y si realmente quieres saberlo te lo contaré ahora, pero no puede ser ése el motivo después de tantos años. Porque todo ocurrió hace más de veinticinco años. Y tú tienes que contarme, Tim, lo que ocurrió aquí anteayer, en voz alta.

Tim bajó la vista y David percibió su conmoción. Evidentemente debía haber supuesto que el secreto oculto en la oscuridad bajo las lilas era incognoscible, inconfesable. Haber obtenido su concesión tan fácilmente, era casi aterrador. Y quizá, después de todo, no estaba seguro de querer oírlo, pues su voz le llegó apresurada y baja:

– No hay mucho que contar. He repasado ese día un millón de veces. Desayunamos juntos y luego fuimos a pasear. Llegamos hasta el pueblo, bajamos hasta la playa, luego subimos y paseamos por el pueblo. No ocurrió nada. Absolutamente nada. Ella vio un pájaro que le interesó especialmente, una especie de reyezuelo. Nos cruzamos con unas cuantas personas a las que conocía y las saludamos, pero eran del pueblo. Todo fue perfectamente normal y ella estaba absolutamente tranquila. Cuando regresamos me puse a estudiar, arriba, en mi habitación, y no volví a verla hasta la hora de comer. Comimos juntos en su habitación. La preparó ella y luego me avisó llamando a mi puerta. No pensé en ello, pero supongo que estuvo allí toda la mañana.

– ¿Pintando?

– No. Le pregunté por la pintura, pero dijo que le iba a dar un descanso durante un tiempo. Había sacado su cámara, un par de cámaras en realidad. Me dijo que las estaba limpiando. No creo que las hubiera usado. En cualquier caso todo era normal y sostuvimos el mismo tipo de conversación que habíamos mantenido un centenar de veces antes. No parecía diferente. Yo no vi nada diferente. Sigo sin verlo.

– Muy bien. Así que comisteis…

– Sí. Luego recogí las cosas y las bajé a la cocina. Ella me dijo que no lo hiciera, pero fregué los platos y luego subí para volver a estudiar. Después de eso no volví a verla hasta las cuatro. No estoy seguro de dónde estuvo hasta entonces, pero creo que en su dormitorio, o al menos en la casa. De todas formas, a las cuatro llamó a mi puerta con unas cartas en la mano. Quería que me acercara en coche hasta Cardigan para echarlas al correo. Me explicó que el correo llegaba un día antes si se enviaba desde allí y que tenía algunas facturas urgentes.

– ¿Es eso cierto, lo del correo?

– Supongo que sí -replicó, encogiéndose de hombros-, si ella lo dijo. ¿Por qué iba a dudar de ella?

– No había ningún motivo. ¿Pero no pensaste que era tan sólo una excusa para que te fueras de casa?

– Bueno, por supuesto que lo pienso ahora, pero entonces no, no sospeché nada de eso.

– De acuerdo. ¿Entonces cogiste el coche?

– Sí, pero justo cuando me marchaba me dijo que iba a cenar con alguien y que tomara algo en Cardigan o que me las tendría que apañar sólo. Así que cuando llegué, eché las cartas al correo, di una vuelta por allí y luego me tomé un sandwich en un pub. No regresé hasta las siete, o un poco más tarde. No estaba aquí. Pero lógicamente no esperaba que estuviese. Me puse a estudiar. No volví a mirar la hora hasta las nueve y la policía llegó a las diez. -Tim se recostó contra el respaldo de su silla. Era evidente que había llegado al momento crucial. No obstante, parecía relajado casi por primera vez, como si se sintiera aliviado, seguro ya de que iba a superarlo y sentirse bien-. ¿Conoces el sendero que lleva a Tresaith, a lo largo de la cima del acantilado?

– No estoy seguro.

– Empieza en el extremo más alejado del pueblo y corre paralelo a la costa. Probablemente está a unos treinta metros desde la cima del acantilado hasta el agua.

– Sí, ahora lo recuerdo. ¿Hay una cascada?

– Sí. Una pequeña. Dos. Bueno, alguien había encontrado sus ropas allí, un tipo de Tresaith que realiza su paseo higiénico cada noche por allí. Vio un montón de ropas a un lado del camino, al final de un promontorio. Todo estaba pulcramente doblado. La policía dijo que era un detalle bastante frecuente. Incluso se había quitado las gafas y las había colocado sobre la pila de ropa. Sólo quedaba una pila de ropa y las gafas. El hombre llamó a la policía. Se presentaron allí y encontraron una nota en su bolso, así supieron lo que había ocurrido. Me lo dijeron y tuve que ir para confirmar que las ropas eran realmente suyas, aunque no tenían la menor duda. A la mañana siguiente organizaron el rastreo. Hay unos cuantos Marines Reales [31] en la base que se encargaron de la búsqueda con lanchas y un hombre buzo. La encontraron ayer por la mañana, enganchada entre las rocas.

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[31] Los Royal Marines, o RM, es un cuerpo creado en 1664 y forma parte de la Marina Real británica. (N. de la T.)