– ¿Qué decía la carta?
– No lo sé. Sólo vi tu nombre en el sobre. Me di cuenta justo cuando la metía por la ranura del buzón.
– ¿Pero dónde está ahora?
– Bueno -Tim se encaró con él-, aún no ha llegado. Deberíamos recibirla hoy. El correo no llega hasta justo antes del mediodía.
Así pues Diana había escrito una segunda nota. De eso se trataba. Sólo entonces comprendió David y se quedó inmóvil en su asiento, asimilando las posibles implicaciones. Ella había querido decirle algo. Eso sólo podía significar que su suicidio tenía que ver con él, que realmente todo volvía a empezar de nuevo.
Tim había vuelto a darle la espalda. David se levantó y vio por encima del hombro de Tim el amplio jardín que se extendía desde la casa hacia una hondonada, con las oscuras lilas al fondo y los alisos y el gran roble, y más cerca de la casa, las madreselvas y jeringuillas y los arriates con el trozo de tierra recién excavada donde Diana y Tim habían plantado los lirios, y supo que Tim había estado mirándolo y pensando en su madre. Pero cuando David se acercó a él (¿era realmente posible?, ¿podían, después de tanto tiempo, abrazarse?) Tim se dio la vuelta para encararse con él. Y entonces, en el rostro de Tim, David vio esa mirada peculiar e impotente de comprensión. Ahora Tim sabía, pero en realidad no sabía nada, y se daba cuenta. No había modo de que pudiera comprender o explicar o ser parte de lo que le había ocurrido a su padre, ni siquiera podía ya odiar, y se daba cuenta. No podía hacer nada. Todo estaba hecho, concluido, era el pasado. Al ver aquel nuevo dolor en el rostro de su hijo, el dolor que él mismo sentía como algo familiar, David extendió la mano y le tocó un brazo, durante unos instantes. Luego Tim apartó la mirada y dijo:
– No sé qué decir o pensar.
– No tienes que decir nada.
– Sí. -Volvió a mirar a David y trató de sonreír, era una especie de disculpa-. Supongo que estaba enfadado porque ella te hubiera escrito a ti y no a mí.
– Bueno…
– ¿Qué crees que significa?
– No estoy seguro.
Tim desvió la mirada hacia el jardín.
– ¿Sabes?, siempre me había preguntado por qué nos habíamos quedado aquí, en Aberporth. Parecía un lugar extraño para ella. ¿Por qué no se fue a otro lugar? Y siempre había pensado que la razón tenía algo que ver contigo, con vuestro divorcio. Pero es todo lo contrario, ¿verdad? Cuando uno piensa en ello, sabiendo lo que en realidad sucedió, aún le resulta más enigmático.
«Sí -pensó David-, así es.» También él se lo había preguntado, ¿por qué Diana se había quedado en Aberporth?, y ahora que otra persona se lo preguntaba, la respuesta, tan obvia, le vino a la mente. ¿Había estado la traición tan cerca de él?
En todo caso, Tim le hablaba:
– Mira -le dijo-, si no te importa… tengo que pensar… creo que iré a dar una vuelta en coche. En realidad no hay motivo…
– Escucha, Tim…
Pero ya había salido por la puerta y un momento después David oyó el motor del coche de Diana. ¿Sería posible que Tim hubiera adivinado la respuesta a su pregunta?
¿Por qué se había quedado Diana en Aberporth?
¿Por qué, después de todo lo que había sucedido, no se había ido nunca de allí?
No se había alejado de aquella base y sus secretos. Ni de los científicos que vivían sus secretas vidas allí. Ni del peculiar escenario de la catástrofe personal de David.
David sabía que él era inocente. Él no había entregado el Sidewinder a los rusos. Pero alguien lo había hecho.
10
Querido David… Llevo diez minutos aquí sentada preguntándome si debía llamarte «querido», si alguna vez habías sido querido para mí o yo lo había sido para ti. Pero ahora sí me eres querido, aunque supongo que en realidad ya no importa, que ni siquiera entonces importaba demasiado. No lo digo por crueldad, pero nos utilizamos mutuamente, ¿no es cierto?, cada uno a su modo. La otra noche estaba tomando una copa en el Hotel Penrallt (no creo que lo recuerdes, probablemente entonces todavía era una casa particular, pero ahora es el sitio donde se alojan y toman copas todos los que están en la base de visita) y oí por casualidad los cuchicheos de dos viejas cacatúas en el salón. Una de ellas decía: «Estaba enamorada del amor», y la otra contestaba: «No, querida, estaba enamorada del matrimonio.» Pensé en nosotros. O en mí. En realidad no estaba ni siquiera enamorada del amor ni del matrimonio, pero sabía que estaba bien, que nadie podía objetar nada. Sobre todo mi querido papá, oh, querido papá querido. «Arthur, Diana quiere casarse.» Sí, bueno, ¿qué podía hacer él al respecto? Creí que de esa manera podría escapar de él, aunque era imposible, demasiado tarde. Lo que sentía por ti se mezclaba con todo eso y supongo que a ti te sucedió lo mismo, aunque nunca estuve completamente segura de tus propósitos. Sólo, creo, que no tenías elección. Pobre David. Pero no tengo remordimientos, ni siquiera ahora que sé… Sí, debes creerme. No te culpo de nada. Nunca he tenido derecho a culparte, y nunca lo he hecho. En todos los años sucesivos siempre que nos veíamos para nuestros pequeños almuerzos (así solía pensar en ellos y los esperaba con ansia para charlar de Tim o de cualquier otra cosa) pensaba siempre: qué hombre tan atractivo, y si tú hubieras estado interesado, sin duda también yo. Así que realmente nos conocimos en el momento equivocado. Deberíamos habernos conocido más tarde y tener un hermoso romance, que es, creo, lo que a mí más me va. O me iba. Ése es mi ritmo: hoteles, moteles, fines de semana, tardes. Te pido disculpas. Vuelvo a empezar…
Fíjate. ¿Te das cuenta? Es uno de mis infantiles estados de ánimo, los estados de ánimo de papá. ¡Qué dulce puedo ser cuando quiero! Diversión, eso es lo que estropea mi pintura, la niña que hay en mí intentando salir, pero sin conseguirlo del todo, una joven y virtuosa dama victoriana de dos caras, toda ella rígidas enaguas y perfecciones, o una niña repelente, una especie de hippy, creo, psicodélica, colgada (no sé por qué, no, en realidad sí lo sé, mi mente ha estado divagando sobre aquella época y he recordado todas las palabras que la gente usaba y que yo nunca tuve el valor de utilizar), con un peinado afro, largos vestidos de cachemira, pálida, con aspecto de medio ida y el rimel corrido (nunca me pongo). Carnaby Street. Dios mío, soy vieja. Esto no será tan malo después de todo. ¿Qué más puedo esperar ya? Todo, que todo empiece de nuevo. Tenía diez años y eso era todo, lo mismo una y otra vez, fuera y dentro, dentro y fuera. Pero mi pintura, en eso es en lo que estaba pensando. Probablemente debería haber sido ilustradora. Vara eso sirven las niñas. Para mascotas y mimos. De nuevo mi ritmo: tu mejor propaganda con un libro infantil de ilustraciones en el fondo de mi cajón, esperando ser terminado. O quizá debería haberme quedado con la fotografía. Pero está uno tan desnudo, ¿verdad?, y con la pintura se puede engañar, con las metáforas: «como» esto, no esto «es», ¿comprendes? Por fin estoy llegando al verdadero asunto… Tannis. Weston. Un hombre muerto en el desierto. Tú. Charis. Tú y yo. Saqué mi vieja cámara, la que tú me regalaste, ¿recuerdas? Era muy buena, una Leica, y miré las fotografías que había tomado allí. En China Lake. Siempre me cuesta pronunciar ese nombre, pensar en él. En el desierto, más bien. Las quemaré. Uno debería llevarse ciertas cosas consigo a la tumba. Secretos. Todas esas recónditas imágenes que uno tiene en la mente y que ocurrieron o quizá no. Click click. Debo pensar en fotografías. Tannis. Vino a verme. Ya está…
eso es a lo que conduce todo esto. No llamó, de lo contrario te lo hubiera dicho. Se presentó aquí, me llevó a cenar (al Penrallt) y al final me dijo que iría a verte, pero no lo sé. No confíes en él, no debes confiar en él. Yo confié en él porque estaba asustado, lo adiviné aunque él no lo admitió. Ahora está retirado, pero sigue viviendo cerca de allí. Tiene una casa, dice, desde donde se ve la puesta de sol. Sobre Hollywood. En Tecnicolor. Hizo ese tipo de broma, bromas fáciles, como si no estuviera seguro de mí. Qué diría yo. Cómo reaccionaría ante él. Si yo… Pero no sabía, volviendo a papá, que yo nunca me dejaría coger, no podría soportarlo. (No por lo que dijera, sino por lo que tuviera que decir, y no ser capaz de fingir.) Pero lo que dijo fue (y estoy segura de que no fingía): Una noche alguien le llamó por teléfono, no sabía quién, porque querían verlo, pero no dijeron para qué, y cuando él contestó que no iría, ellos pronunciaron tu nombre. David Harper. David, recordaba quién eras. Le dijeron que era algo relacionado contigo. Tannis no está del todo seguro de que fuera cierto, posiblemente sólo pretendían demostrar, de un modo general, que debía tomarlos en serio. (Estoy hablando de ellos, pero sólo era uno.) Así que finalmente acudió a la cita. Fue siguiendo una especie de reguero de mensajes, pero acabó en el desierto, cerca de la base, y encontró al hombre, aunque muerto… ¿Te das cuenta?, la cámara que me regalaste, fotografías, todo vuelve a empezar, estoy siendo perfectamente lógica, aunque supongo que no sabes en qué fotografía estoy pensando, ya que no compartes mis obsesiones particulares. En realidad no lo supe hasta años más tarde, cuando la vi en un libro. Click. Él la tomó (Weston, quiero decir, tú ni siquiera sabes de quién estoy hablando, el dulce, dulce Edward, todas las chicas estábamos enamoradas de él, una detrás de otra, debo decir) con la guapa Charis durante un viaje, el viaje en el que se casó con ella, que tenía la misma edad que los hijos de él. Lo comprendí. La comprendí perfectamente, lo que ella había deseado, cuánto lo había deseado. Tenían un Ford sedán negro (en aquella época todos los coches eran negros, como las fotografías que él hacía) y cuando conducían por el desierto vieron un cartel hecho con un cartón en el arcén que decía que había un hombre enfermo junto a un arroyo (¿el Caruso Creek?). Alguien lo había dejado allí para ir en busca de ayuda. Así que se desviaron y lo encontraron muerto y bien muerto (recuerdas que realmente hablaban así, a lo howdy slowpoke [32], «bueno ahora no sé»), tumbado y con un pañuelo atado y lleno de cupones de leche (al parecer si los guardas te dan luego una cuchara de plata) y Weston hizo una fotografía, «hizo un negativo», como dice siempre Charis, click, ¡cómo la envidio!, del hombre yaciendo allí pacíficamente, helado, pero totalmente relajado, natural. Claro que la muerte es natural ¿no?, nada que deba asustamos. Click. Era de Tennessee, no, era de Alemania Oriental, click, click, estoy cogiéndole el truco a esto, ahora la foto es del hombre muerto que encontró Tannis, sin duda tomada con flash, y se llamaba Buhler. Tannis dijo que no tenía ni idea de quién era, y yo lo creo. Estoy segura de que yo nunca había oído hablar de él. Era un hombre mayor, de 65 años, lo que resultó un detalle importante, porque los germano orientales retienen a sus ciudadanos como a ovejas hasta que cumplen los 65 y luego los dejan marchar. (O los alemanes occidentales les pagan, algo así.) Así que en cierto sentido no había nada raro en ese hombre, todo era legal y no cabía duda de que no era un agente. De modo que, oficialmente, no hay nada seguro. Click. Flash. Secretos. Secretos secretos. Pero sabía tu nombre, o el hombre que lo mató sabía tu nombre. (Alguien lo había matado allí mismo, en el desierto, Tannis lo oyó. Me resulta muy difícil seguir con esto. Soy como una actriz que ha olvidado el guión y tiene que ir improvisando mientras actúa, pero… No te preocupes. No te preocupes, dirán. No te preocupes, querido. Quiero contártelo. Tienes que saberlo y me temo que él no lo hará.) Es posible que ellos no creyeran lo que Tannis dijo («ellos», esa policía especial de la Marina), pero con el tiempo lo creerán. El ha investigado por su cuenta (todos los hombres, sobre todo papá, tienen algo de detective privado), dice que se les ha adelantado. Cree saber quién lo mató (a Buhler), un hombre llamado Vogel. Trato de ir más deprisa. Click, click, click. Tannis no lo conoce, no lo recuerda, dice que ha huido, pero yo sí lo recuerdo. Sí. Click. Click. ¿Recuerdas el lugar donde alquilaba los caballos? Diablo. Estuviste allí en una ocasión, ¿sabes? Recuerda cuando viniste a cabalgar conmigo y yo me adelanté. Tenía una pequeña casa al otro lado de aquel asqueroso pueblo (¿Indian Wells?) en el desierto. Y tenía una niña pequeña. No sé si tú la viste, pero yo sí. Hablaba con ella cuando iba a buscar el caballo. Su madre había muerto. Era una niña muy bonita, su padre la quería muchísimo. Click. Click. No tiene sentido llorar para que venga mamá cuando en realidad es a papá a quien quieres. Pero un día su papá no estaba allí cuando llegué (por la mañana, tan brillante ya, como la luz del sol cuando lo miras a hurtadillas), así que me llevé a Diablo, pero cuando lo devolví aún no había vuelto y la niña bonita estaba sola. Click. Marianne. Click. Click. Así se llamaba. Me la imagino perfectamente, con grandes ojos oscuros y cabello oscuro, como una mexicana, aunque estoy segura de que no lo era. Había estado sola toda la noche me dijo. (Pero yo no la había visto por la mañana, creo que se había escondido.) Yo no quería dejarla sola porque sabía que estaba asustada, me dijo que tenía miedo de que las serpientes se metieran debajo de la casa. Hice unos dibujos para ella, intentando tranquilizarla, le hice un retrato. Ella me contó historias e hicimos libros ilustrados. Finalmente apareció otro hombre, sucio, quiero decir que con la cara y las manos sucias, exhausto, parecía un campesino bóer tras un largo viaje en carreta, pero tenía un acento parecido, quizás era también alemán. Dijo que Vogel había tenido que irse de improviso a alguna parte (había toda una historia, pero la he olvidado) y que iba a llevarle la niña a Los Angeles, o a México, no lo recuerdo. Click. Un hombre alto como un rastrillo que se agacha para recogerte como a una hoja muerta. ¡Aarriba Dina! Diana. No estoy segura, no lo recuerdo exactamente, de si le creí o no. Pero Marianne lo conocía y se fue con él, y aunque seguí esperando no volvió (Vogel), así que dejé el dinero y me fui. Pero ése era Vogel. Es. Tannis no lo sabía. Aunque no sé si creerle. Debería saberlo, a pesar del tiempo transcurrido, quizás es que no se acuerda. ¿Por qué habría de acordarse de mí o de ti? ¿Por qué la señora Hanson habría de recordar a papá jugando conmigo en el columpio, dándome impulso para que subiera más y más hasta que me di cuenta de que enseñaba las bragas? Pero sabía que yo me había llevado el caballo porque se lo conté todo a ellos. Porque ésa fue la nota, ¿no es cierto?, la que te metió en la trampa. Cuando te pillaron. No dejes que atrapen. Hagas lo que hagas, no dejes que te atrapen. Vuelve libre a casa. «Si quiere saber adónde va su mujer a cabalgar y lo que hace realmente, pruebe en…» No recuerdo el nombre de la carretera a la que te indicaron que fueras. Porque nunca fui allí. Pero sí fui a cabalgar. Oh, David, tenía que contarte todo esto, pero no puedo decirte más, si lo hiciste sabes por qué, comprenderás… cuidarás de Tim. Tienes que hacerlo. Lo salvé para ti. Siempre he tenido miedo de que me atraparan, de que alguien lo descubriera. No podía soportar la idea. Finjamos, David. No sé. No puedo seguir aquí. ¿Pero adónde puedo ir? Muy lejos. Querido David, márchate tan lejos como yo.