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13

David alcanzó el coche de Stern hacia las cinco y media de la mañana. Lo perdió, al norte de Bristol, en algún momento después de las ocho. Y lo volvió a encontrar, en Londres, a la una de esa misma tarde.

Aquella sucesión de acontecimientos había sido dictada por la suerte; la mala suerte primero y luego la buena.

Al principio seguir a Stern había resultado bastante fácil, porque prácticamente no había otros coches en la carretera. Pero el tráfico se intensificó a la altura de Abergavenny y en la M4, cruzando el Severn Bridge, se había vuelto muy denso. David era un buen conductor y rápido, pero también lo era Stern. Poco a poco le resultó más difícil mantenerse cerca de él. Luego, durante un tramo de ocho o nueve kilómetros, se quedó encajonado entre dos grandes camiones y para cuando consiguió librarse de ellos Stern se había esfumado. No pudo hacer nada; David condujo tan rápido como pudo, pero Stern sencillamente no estaba allí. Aun así no se rindió, siguió conduciendo. Porque la M4 llega hasta Londres y sin duda aquél era el destino más probable de Stern. ¿Pero qué lugar de Londres? David sólo tenía una pista y la utilizó en Reading. Tomó la salida, se metió en la ciudad, compró un elegante maletín con un elegante cierre y esperó incluso a que le grabaran las letras RS en oro. Luego se dirigió a la agencia local de Godfrey Davis e inventó una historia que, según le pareció, era lo bastante confusa para ser verosímil. Había conocido a Stern en Gales. Habían cenado juntos. De alguna manera, cuando se habían separado, cada uno había cogido el maletín del otro. Acababa de descubrirlo. ¿Podían decirle dónde estaba Stern? No, no podían, pero le permitieron llamar a su oficina central en Londres, y tras diez minutos de lenta burocracia, terminó hablando con un hombre llamado Fortsmann.

– ¿Dice usted que el nombre de esa persona era Rudolph Stern, señor Harper?

– Así es. Me dijo que era de Los Ángeles. Comparamos notas durante la cena, ¿comprende? Yo tengo un coche de Baker's. Él mencionó que el suyo se lo había alquilado a ustedes.

– Sí, está en nuestros archivos.

– ¿Tiene idea de dónde puede estar? ¿Podría darme su dirección?

– Bueno, no es posible; como usted comprenderá preferimos no dar información personal sobre nuestros clientes. Le sugiero que deje el maletín donde está ahora y nosotros nos encargaremos de hacérselo llegar.

– Pero eso a mí no me sirve de nada. Doy por sentado que él tiene el mío. Ha de tenerlo. Y dentro hay unos documentos muy valiosos.

– Bueno… supongo que él aparecerá tan pronto como descubra lo que ha ocurrido. Realmente no veo que se pueda hacer nada más.

– Pero eso podría llevar días. Semanas.

David oyó el sonido de la teclas en la terminal del ordenador.

– Según nuestros registros, señor Harper, alquiló el coche en Heathrow y debe devolverlo allí mañana. Por supuesto, podría alargar el periodo de alquiler. Pero lo más probable, ya que, como usted dice, es de Los Ángeles, es que mañana tome el avión de vuelta a Estados Unidos. Si para entonces no le ha devuelto su maletín, lo que podría hacer…

Heathrow.

Como descubrimiento no era precisamente espectacular. Cuando reflexionó sobre ello David se dio cuenta de que, al llegar a un cierto punto, Stern estaba prácticamente «obligado» a ir a Heathrow. Y estaba seguro de que hacia allí se encaminaba en ese momento, no al día siguiente. Su certeza era en parte instinto y en parte deducción. Cuanto más pensaba en ello, más le parecía que había algo intencionado, algo «terminante», en las acciones de Stern. El registro de la casa, su temprana salida, la veloz conducción hacia el amanecer; Stern estaba zanjando las cosas. En cualquier caso, fuera cual fuese el origen de aquella impresión, David actuó de acuerdo con ella. Volvió al coche y siguió su camino. Entonces tuvo la buena suerte. Quizá le había tocado el turno a Stern de verse atrapado en el tráfico; posiblemente se había detenido a comer. Pero de un modo u otro David consiguió adelantarlo, pues Stern llegó al aeropuerto de Heathrow veinte minutos más tarde. No cabía la menor duda; su corpulenta figura, coronada por aquella peculiar cabeza, era inconfundible. Y luego no le costó nada seguirlo hasta la terminal donde Stern comprobó el tablero de salidas, compró un billete y reservó plaza para un vuelo de la British Airways, Frankfurt-Berlín. David esperó un intervalo prudente y luego se compró un billete. Cuarenta minutos más tarde estaba en el aire.

El viaje mismo careció de incidentes. David no tuvo dificultad en evitar a Stern en la sala de espera y aunque el avión se abordaba por filas y tanto él como Stern estaban en el primer grupo, Stern había escogido un asiento de la parte trasera y David estaba ya instalado y hundido tras el respaldo de su asiento antes de que Stern se hubiera acomodado. Por lo que David pudo comprobar, Stern no se movió de su sitio en todo el viaje. Era posible que Stern bajara del avión en Frankfurt y si a todo el mundo se le permitía bajar allí, tendría que seguirlo hasta la terminal. Pero el problema no se materializó, puesto que a los pasajeros que continuaban el viaje se les indicó que permanecieran en sus asientos, y después de un cuarto de hora el avión estaba de nuevo en el aire, iniciando la serie de súbitos descensos y giros con el aparato inclinado lateralmente que parecían caracterizar los vuelos por el Pasillo Occidental. David miró por la ventanilla. Cuando uno volaba hacia Berlín tenía en ocasiones esa rara experiencia: vislumbrar otro avión en vuelo. En una ocasión había visto un Mig distante. Pero aquella tarde no había nada excepto grandes nubes esponjosas; todo era rutinario. O al menos era rutinario para él. Había estado en Alemania muchas veces y en Berlín tres o cuatro, pero se preguntó si sería la primera vez para Stern. Cuando aterrizaron en Tegel pareció inseguro sobre la dirección a tomar y David, aunque había tratado de mantenerse alejado, acabó por tomar el taxi de delante. Sin embargo se trató tan sólo de un pequeño trastorno, al fin y al cabo se hallaba en el centro de operaciones del espía que llegó del frío, y una sola palabra al conductor le bastó. Discretamente se dejaron sobrepasar por el tráfico y siguieron a Stern a un hotel corriente, moderno y de varios pisos, que estaba en la Hardenbergstrasse y se llamaba Excelsior. Cuando Stern se registró en recepción, David no se hallaba a más de seis metros de él.

Aquella cadena de acontecimientos, por un lado tan ordinarios, tan tópicos (había aguantado un tedioso vuelo sin película y con el mediocre vino de costumbre), pero por otro tan extraños (realmente había dicho «Folgen Sie dieses Taxi!») [33], creó exactamente, por extraño que pareciera, la atmósfera que él necesitaba. Le proporcionó una especie de respiro, de alivio. No había tenido que hacer nada, había permanecido suspendido en el espacio y el tiempo. Y así se había encontrado yendo a la deriva, contemplando todo aquel procedimiento desde un punto de vista indeterminado, pero distante, que le permitía verse a sí mismo como parte de una acción que no podía ser del todo real. Se había producido un error. Por supuesto que Stern era sólo un hombre mayor. Lo había imaginado todo. Pronto se despertaría; todo era un sueño. Sí… Stern lo conducía hasta Tannis, o Buhler, o Vogel, o a algún sitio, pero también lo conducía de vuelta a su propio y extraño pasado. En el avión, después de dejar Frankfurt, después de saber que se dirigían a Berlín, había empezado a pensar en todas aquellas novelas y películas de los años sesenta sobre espías, muchas de las cuales habían sido comedias, como Our Man Flint o Modesty Blaise, películas que había visto desde una perspectiva totalmente curiosa, escuchando las risas a su alrededor mientras él recordaba el olor a tabaco en el aliento de uno de sus interrogadores de la seguridad de la RAF, un hombre llamado Bill Tell [34]. Nombre disparatado que sin duda le daba derecho a ocupar un lugar entre los personajes de la pantalla. Toda aquella época había sido así, y en el avión había vuelto a recordarla: Carnaby Street, James Bond, los Beatles, Philby, películas como Blow Up, sí, Jane Birkin y ese pequeño hueco entre sus dientes; había estado navegando durante todos aquellos años por entre vapores alcohólicos. La bebida había sido su manera de volverse loco o seguir cuerdo, nunca había estado seguro de cuál de las dos cosas. Pero por muy loco que aquel mundo loco loco hubiera sido, no había sido lo suficientemente alocado. Seguía sin existir relación alguna entre lo que le había ocurrido a él y el mundo en el que creían otras personas, por extravagante que fuera. En última instancia, había tenido que olvidar el primero para poder introducirse en el segundo y creer como todos los demás. Pero nunca lo había conseguido del todo. No obstante, ahora eso se había convertido en una ventaja. Las realidades ordinarias eran tan hilarantes como «Siga a ese taxi», así que podía tomar a Stern por lo que era y al mismo tiempo actuar como si no fuera cierto. Como si. A pesar de. Extraño en verdad. Aquéllas eran las frases que mejor conocía: restricciones, reservas, condiciones, negativas a comprometerse, que permitían echarse atrás, al menos mentalmente, aunque supiera desde el principio que no suponía diferencia alguna, que no había elección, que era parte de ello tanto si le gustaba como si no. Pero el truco consistía en no dejar que se convirtiera en una carga. Ése era el truco que le había sacado de la bebida, y era también el que utilizaba mientras seguía a Stern. Actuaba completamente en serio, pero conseguía no demostrarlo, ni siquiera a sí mismo. Admitiendo lo que ocurría, pero ocultándoselo a sí mismo al mismo tiempo, entró en el bar del hotel, Rum Corner lo llamaban, y pidió un coñac doble, una de sus bebidas favoritas. Se tomó un trago y luego le dio la espalda al espejo. A pesar de todo, en algún lugar se establecían las conexiones. Unos anzuelos daban lugar a otros anzuelos, como una cinta de Velcro entre el pasado y el presente. El Berlín de ese momento. Los años sesenta. Stern. Sidewinder. La parte superficial de su mente trataba de dilucidar cómo evitar perder de vista a Stern, un auténtico problema, ya que el hotel prácticamente carecía de vestíbulo y no había ningún lugar donde sentarse y parapetarse tras un periódico. Pero el fondo de su mente recordaba el sueño que había tenido en Aberporth, la ciencia básica de los infrarrojos y los vínculos que tenía con el país en el que se hallaba. ¿Existía alguna relación? Alemanes. Buhler: según Tannis era el alemán al que había matado Vogel, el propietario de Diablo, el padre de Marianne. Pero Stern no podía ser el hombre de la fotografía. Por otro lado, podría ser Buhler. La única prueba de que Buhler estuviera muerto procedía de Diana citando a Tannis, y era verosímil que Tannis, queriendo quizá asustar a Diana, hubiera inventado ese asesinato. Bueno, no podía saberlo, pero ahora había un hecho cierto. Lo que le había ocurrido en China Lake había acabado allí, en aquella ciudad extraña y especial. Así que no le sorprendió particularmente que a la mañana siguiente, domingo, un día tranquilo, soleado y ventoso en el que sonaban las campanas por encima del reducido tráfico, Stern, a pie, vistiendo una cazadora y un gorro de tela, no sólo le condujera por Berlín, sino también al pasado.

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[33] «¡Siga usted a ese taxi!» (N. de la T.)

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[34] Bill es un diminutivo de William, es decir, Guillermo. Por tanto se llama Guillermo Tell. (N. de la T.)