Llamó a la puerta.
No obtuvo respuesta.
Después de otros tres intentos siguió sin recibir respuesta.
David miró alrededor. No vio a nadie en la calle, pero donde él estaba debía ser demasiado evidente, incluso sospechoso. Se inquietó. En un lugar como aquél la gente responde cuando llamas a la puerta. Debía de ocurrir algo malo. A menos… que Stern tuviera una llave y hubiera entrado con ella. O que el lugar estuviera vacío y él hubiera forzado la puerta. Pero eso no parecía probable. Algo había ocurrido y en su interior sólo podía oír una voz que le decía «corre». Pero no podía hacerlo después de haber llegado tan lejos. Rápidamente y con la intención de que no lo descubrieran, caminó hacia el lado y cruzó la puerta en el muro. Se encontró entonces en un oscuro y frío jardín lateral, oculto no sólo a la calle, sino también a la casa contigua, puesto que había una valla de madera. Escuchó, y las voces y risas de más allá le parecieron totalmente normales. No le habían descubierto. Miró a su alrededor. El jardín era de tierra desnuda, apenas con el espacio suficiente para el coche, un Skoda, que estaba muy pegado a la casa. Lo rodeó con apuros para mirar por una ventana, pero el interior de la casa estaba tan oscuro y tenebroso como una vieja pintura. Desde otra ventana, en la parte posterior, descubrió la cocina; vacía, una mesa y cuatro sillas de madera; latas iguales para harina, azúcar y café alineadas pulcramente sobre una encimera. La ventana por la que miraba estaba justamente encima del fregadero y en él vio un tazón con una cuchara. Pero no vio ni oyó a la persona que había bebido de él. Siguió moviéndose a lo largo del muro hasta la valla de madera, que era una especie de cobertizo adosado. Estaba justo en la parte posterior. Más allá había un sendero, que era por donde debían de sacar el coche. Al otro lado distinguió las frondosas y pulcras hileras de un huerto muy bien cuidado. Pero allí se encontraba de nuevo al descubierto. La valla terminaba antes de llegar al sendero. Así que se movió deprisa. Dos peldaños de madera conducían hasta una puerta que tenía un cierre para un candado, pero no había ninguno, tan sólo un pestillo. Lo abrió fácilmente y se halló dentro de la casa.
Parecía estar muy oscura. Esperó un momento para dejar que sus ojos se adaptaran. Luego descubrió que estaba en una especie de mezcla entre almacén y despensa. En la esquina más alejada había una pila de viejos neumáticos de coche. En todas las paredes había estanterías de madera llenas de tarros de cristal llenos de remolachas en vinagre de un intenso color rojo, cebollas rojizas, conservas de pepino y melocotones. Por alguna razón había un gancho metálico con un trozo de cadena de hierro negro colgando del techo. Un gran artefacto de latón, que pensó que podría ser un conducto para humos, estaba metido bajo una mesa pintada, y contra la pared trasera de la casa había un enorme fregadero de cemento con un grifo de acero. David permaneció inmóvil asimilando todo aquello. El lugar olía a polvo, humedad y pintura desconchada. Quiso luego llamar en voz alta, pero no lo hizo, aunque de repente se dio cuenta de que estaba tan tenso que temblaba. Tomó aliento. Se acercó a la puerta que conducía a la casa propiamente dicha. Tenía un pomo de cristal que giró con facilidad. La traspasó. Luego se dirigió directamente a la puerta que había enfrente llamando en voz alta: «Entschuldigung… Entschuldigung!» [38] Pero no hubo respuesta y ahora ya estaba seguro de que no la habría. Delante de él había un corto pasillo que conducía hasta la puerta delantera que se perfilaba contra la luz exterior. Caminó lentamente hacia ella. Sus pasos eran silenciosos sobre la alfombra del pasillo que por algún motivo captó su atención. Le recordó una pensión victoriana de tan fea, renegrida y recargada como era. No había ninguna luz, excepto el perfil de la puerta, pero podía ver ya en la penumbra. Se acercó a un arco, a su izquierda, que se abría a la habitación que había visto desde el jardín, pero incluso antes de verlo realmente sus ojos se movieron hacia el otro lado del pasillo. Supuso que era la «sala de las visitas». Tenía una especie de decoro desesperado y resuelto, limpia y ordenada, pero raída, anticuada, como una radio de lámparas, aunque había un televisor, con una gran pantalla redonda y azulada, en un rincón de la habitación sobre unas largas patas metálicas. Era una estancia para los domingos. Un servicio de té para dos; porcelana sobre una bonita bandeja de madera en la que había grabadas unas bailarinas todas con lederhosen [39]. Había un tapete bajo la violeta africana y abultados cojines sobre el voluminoso sofá de respaldo alto. La pintura de la pared era indescifrable. Un reloj repetía su tictac pesadamente. Había una luz encendida: una lámpara de pie con una pantalla marrón adornada con borlas, que proyectaba un amarillo círculo de luz sobre la mitad inferior del cuerpo de la mujer, sus regordetas piernas enfundadas en unas medias de algodón marrón y la falda gris un poco subida. Seguramente se había deslizado por el sofá hasta el suelo. Estaba apoyada contra él. En la parte superior llevaba una blusa blanca bajo un suéter abotonado. Un roto collar de perlas colgaba del cuello dejando caer las perlas por el pecho.
Durante unos instantes David no movió un solo músculo.