Sabía que estaba muerta y en realidad no le sorprendía (desde el momento en que el eco de su llamada había vuelto vacío a él), salvo quizás el hecho de que fuera una mujer y no un hombre. Pero aunque estaba seguro, fue una dura conmoción. Tenía miedo. No estaba asustado de nada en concreto. Sentía sencillamente el miedo, como el silencio, a su alrededor. Tuvo que cerrar los ojos unos segundos para encontrarse a sí mismo, pero lo hizo y avanzó al centro de la estancia. Sí, estaba muerta. Pensó que tal vez la había estrangulado por el aspecto de su cara, retorcida, abotargada. Al inclinarse un poco para ver, para estar absolutamente seguro, olió los polvos cosméticos, lo que le hizo pensar en su tía, en su pequeña casa de Burslem, la pequeña habitación de la parte de atrás, no mayor que un armario, en la que se había alojado él, que caía dormido mientras escuchaba las voces de los adultos murmurando en las profundidades de la casa.
Su tía. Aquel olor. El casi silencio. La habitación delantera… Su bolso, nunca la había visto sin él, su cara se volvía ansiosa en el momento mismo en que lo echaba de menos bajo su mano. Quizás aquella mujer había sido igual, pues tenía el bolso junto a ella y su contenido estaba esparcido por el suelo. Hurgó rápidamente en aquel batiburrillo. Y descubrió (había un montón de documentos, papeles, tarjetas) que su nombre era Buhler, Elsa Margrit Buhler, que aquel lugar se llamaba Niederberg, y que la semana siguiente habría cumplido sesenta y tres años de edad.
14
David apagó la luz. Se alejó del cadáver de Elsa Buhler, lo cubrió instintivamente de oscuridad. Era lo menos que podía hacer; era lo único que podía hacer. Y luego salió al pasillo. Quería ir más allá, pero no se atrevía. Desde allí se podía ver la cocina y la habitación opuesta a cuyo interior había mirado desde el jardín. Solo allí, con el perfil de la cerradura de la puerta delante de él, estaba completamente seguro.
Permaneció apoyado contra la arcada mientras su corazón emprendía una loca carrera provocada por una segunda conmoción. Pero en el otro lado del horror que sentía estaba la conciencia clara de lo que había descubierto. Buhler. Era un modo terrible de descubrirlo, pero al menos era una prueba. No se había lanzado a una búsqueda inútil. Buhler era uno de los nombres que Tannis había mencionado, que Tim había oído y que Diana había escrito en su carta. Así que todo era real. Buhler, Vogel, Stern; todos estaban relacionados.
Se retiró unos cuantos pasos para no poder ver así el interior de la habitación. Después de un rato notó que el horror disminuía. Estaba aún allí, pero al otro lado de… traspasando una línea, en cualquier caso. Se dio cuenta de que esa línea lo separaba del horror y también de una definición previa de sí mismo. No, no estaba tan horrorizado como… ¿hubiera estado?, ¿podría haber estado?, ¿debería haber estado? En realidad, a medida que
superaba la conmoción, sentía que le picaba la curiosidad. Volvió a atravesar la arcada y miró a la pobre Elsa Buhler. Y sintió todo tipo de reacciones ante su visión (la cabeza recostada sobre el sofá, las piernas abiertas bajo la mesita, como una gorda matrona japonesa a punto de cenar), pero también éstas estaban al otro lado de la línea, eran respuestas perfectamente razonables que podía incluso reconocer como propias, pero que parecían imposibles, absurdas. Entonces su memoria despertó a un recuerdo, debido en parte a la oscuridad de la habitación, pero también a la luz, que veía con el rabillo del ojo izquierdo, que se filtraba por la rendija alrededor de la puerta delantera, como si fuera el final de un túnel interminable, un recuerdo del breve periodo de tiempo (en realidad unas pocas horas) en el que lo habían retenido en la cárcel de un cuartel militar, en el que lo habían interrogado en una auténtica habitación para interrogatorios, con una pesada puerta, una ventana con barrotes, focos brillantes y un suelo de baldosas blancas como las de un urinario o de un depósito de cadáveres. Finalmente se había rebelado. «Quiero hablar con un abogado. No contestaré a ninguna otra pregunta hasta que hable con un abogado. Tengo derecho. Estoy en mi derecho.» Después se había acobardado ante la inocencia de su petición. ¡Un abogado! Por supuesto, si hubiera insistido le hubieran concedido uno; sin duda tenían varios bajo contrato. Y si hubiera pedido ver a su propio abogado también se hubieran ocupado de él.
Sin embargo, ésa había sido su reacción, que sentía ahora formándose de nuevo, a pesar de todo. Depositar la confianza en alguna autoridad legítima. Oh, sí. Limitarse a contar la verdad. Ser razonable. Y podía sentir todo eso una vez más, desde el otro lado de la línea: llamar a la policía en ese mismo momento y explicárselo todo. O volver a Berlín y llamar desde allí a las autoridades. Podían seguir a Stern. Ellos harían… Sí, esa reacción estaba allí, dispuesta y esperando; sólo tenía que tomarla. Lo que excitaba su curiosidad, no obstante, era que no iba a hacerlo, que ni siquiera iba a pensar seriamente en hacerlo. Y no tenía nada que ver con el hecho de estar en la DDR. Era la línea… y ahora estaba de «este» lado. Él era diferente. Aquel salto al mar le había cambiado para siempre y el cambio operaba sobre él. Al observar el cadáver de Elsa Buhler comprendió incluso en qué consistía ese cambio. Ella no tenía nada que ver con él, nada en absoluto. Era como si estuviera leyendo una noticia en un periódico sobre un completo extraño, fotos de un asesinato en las páginas del Sun… y de repente descubriera su propio nombre en el artículo. Eso era exactamente lo que había pensado en China Lake. «Esto no tiene nada que ver conmigo, puedo explicarlo todo.» Salvo que tenía mucho que ver con él y que no podía explicar nada. Eso era lo que había aprendido, ahora lo sabía. Nadie le ayudaría excepto él mismo. ¿Pero qué ayuda necesitaba?
Volvió a salir al pasillo, pero ya estaba totalmente tranquilo. Stern, Vogel y Buhler estaban relacionados (Tannis debía de haberlo sabido) y la relación consistía en lo que Stern se había llevado de la casa. ¿Qué podía haber sido? Era obvio que él no iba a encontrarlo; con todo, ¿no sería posible que hubiera otro medio de descubrir la relación? Se dijo que tenía unas cuantas pistas sobre lo que Stern había estado buscando. En primer lugar, lo que había encontrado allí, fuera lo que fuese, también lo había estado buscando en Aberporth. Dos: la señora Buhler le había ofrecido un café, así que era de suponer que no lo había reconocido como enemigo y que probablemente no lo conocía en absoluto. Y había aún algo más. Stern apenas había permanecido media hora en el interior de la casa, tiempo en el que la mujer lo había recibido, le había hecho café y se lo había servido y luego él la había matado y… Semejante secuencia no dejaba mucho tiempo para un registro. Así que lo que Stern andaba buscando no había estado demasiado escondido. Lo más probable era que no hubiera estado escondido en absoluto. Era algo que estaba a la vista y cuya importancia la señora Buhler sencillamente no había comprendido. Pero, y deducción final, una vez que su atención había sido atraída hacia ello, quizá lo había comprendido y por eso Stern la había matado. Todo lo cual significaba, pensó David, que debía mirar más que buscar, mantener los ojos bien abiertos en lugar de revolver toda la casa. No sabía qué estaba buscando, pero tenía que asegurarse de que lo reconocería cuando lo viera. Algo sencillo, algo que lo relacionara todo.
Así pues, con calma, sin apenas tocar nada, empezó a moverse por toda la casa tratando de conseguir que el lugar penetrara en él. Se requería una habilidad especial para ello que él creía poseer. Rodeado de naturaleza, con la cámara colocada por detrás de la oreja, había intentado moverse en silencio, desaparecer en medio del mundo que lo rodeaba, dejar de buscar algo conscientemente, dejar de tener conciencia por completo, permitir que las formas del exterior penetraran dentro de él, de modo que cualquier leve movimiento de las mismas le pusiera sobre aviso. Así obró de nuevo en aquel momento. ¿Qué había sido movido, tocado, desplazado? La señal podía ser algo imperceptible, una nota metida en el marco de un espejo… un calendario… un nombre en una agenda… o algo más evidente, más grande: la disposición de los muebles, los cuadros de las paredes. Vio un teléfono, con una agenda junto a él. Pero no había ningún Vogel, Stern o Tannis, y el único calendario que encontró estaba en blanco. Los muebles estaban tan fijos como los rasgos del rostro de una vieja y en cuanto a los cuadros… eran más interesantes. Se encontró de pronto mirándolos. Había dos en el pasillo, pósters, reproducciones, con marcos de caoba. Un leopardo con una pantera de ojos verdes agazapada detrás, de un estilo que recordaba vagamente al art nouveau, probablemente de los años veinte, cuando los niños de menos de doce años pagaban veinte pfennig para entrar en el zoo de Munich. El otro le hizo pensar en Klimt o en Rossetti: figuras caballerescas flotando juntas místicamente, brillantes como mariposas. Y en el comedor, la habitación oscura al otro lado de la habitación de delante, había una reproducción de un paisaje del Staatliches Museum, Berlín, Haupstadt der DDR [40], de un pintor llamado Menzel, al que no conocía. Era bastante tenebroso, tradicional, jardines con una especie de gran casa detrás, un palacio. Arriba, en el pasillo del piso superior, había otros parecidos. Esas imágenes le proporcionaron el primer indicio de una pista, porque la pantera y los brillantes caballeros eran muy diferentes de los demás. Elsa y Buhler. Ambos habían vivido allí, pero esos dos cuadros, pensó David, eran las únicas huellas o indicios de que Buhler se había marchado, eran una expresión suya, mientras que el resto de la casa, las oscuras mesas y las sillas apiñadas, una especie de ersatz [41] al estilo victoriano, correspondían a Elsa. A menos que lo hubiera entendido al revés. Pero estaba seguro de que no. En cierto modo la partida de Buhler era la prueba. Y luego, mientras se limitaba a seguir mirando, obtuvo una recompensa más concreta. Él había supuesto que Elsa Buhler y el Buhler que había muerto en el desierto, el Buhler de Vogel, eran marido y mujer, pero antes de que se lo hubiera probado a sí mismo ya sabía que no lo eran. Dormitorios separados a lo largo del pasillo del piso superior y, en general, un ambiente doméstico sin intimidad, compartir la casa y la compañía, pero nada sexual, por el contrario, una pulcra y esmerada esterilidad. Se percibía en la misma atmósfera de las habitaciones. En el dormitorio de la mujer halló una colección de fotografías sobre una mesa bajo la ventana. Enmarcadas y dispuestas en filas escalonadas mostraban la historia familiar. Tres de las fotos eran sin duda muy antiguas: papá y mamá en rígidos retratos por separado, levantando las cabezas por encima de cuellos almidonados y con una seria actitud, y luego una de los dos juntos en la que mamá sostenía a un niño con pañales. Su mirada se posó después en una instantánea menos formal de Elsa con trenzas llevando una cesta de paja sobre el brazo y un niño a cada lado, ambos cogidos a ella de la mano, uno más joven que el otro, uno con pantalones cortos y el otro con pantalones largos, aunque ambos iban abotonados casi hasta la barbilla en sus chaquetas de mezclilla. Debían de ser sus hermanos. Dos. No había indicación alguna de sus nombres, pero a medida que David les seguía el rastro a lo largo de los años por las fotos se dio cuenta de que, en la época en la que se habían hecho las fotografías modernas (junto al funicular con destino al Weisser Hirsch, delante de la Thomas Church, llevando pantalones cortos de paseo delante de un taller en Seiffen), uno de ellos había desaparecido. De hecho, la última fotografía en la que aparecían los dos hermanos juntos databa claramente de antes de la guerra; el corte de las chaquetas, las pesadas botas, una cierta luz característica, lo dejaban patente. Así que uno de los dos, el mayor, no había conseguido sobrevivir a la guerra. No era nada sorprendente. Pero lo había descubierto él y eso le dio cierta confianza. Y preguntas, que también sirvieron para definir una pista. ¿Por qué no se había casado Buhler? ¿Qué relación mantenía con su hermana? ¿Y por qué vivía en una casa que era mucho más de ella que de él?