El escondite de Buhler.
Pero estaba vacía.
Los lados metálicos de la caja, esmaltados en amarillo, destellaron ante sus ojos con un reflejo dorado y burlón. Lo que había habido allí, cartas, fotografías, un diario, había sido extraído. Desde luego guardaba cierta lógica. Todo lo que él podía hacer era descubrir aquellos indicios negativos de lo que Stern había estado buscando. Con todo, era una decepción y se dejó caer sobre los talones con un suspiro. Esto sirvió únicamente para frustrarlo aún más, puesto que al balancearse hacia atrás, los ojos de David quedaron al mismo nivel que la pequeña mesa pintada junto a la cama de Buhler y distinguió con toda claridad, impresas por el paso de los años sobre la superficie de la madera, las huellas de dos pequeños marcos. Se levantó para pasar los dedos por encima. Fotografías, supuso. Dos fotografías enmarcadas como las que había en el dormitorio de Elsa. Pero éstas habían sido diferentes, no eran imágenes de una historia familiar sino de algo más, algo crucial para Buhler, puesto que las mantenía junto a él día y noche. Y algo crucial para Stern, puesto que las había robado. ¿Qué mostraban? Alguna atrocidad. Stern mismo en una situación comprometida. Era imposible adivinarlo, pero sin duda se trataba de lo que Stern estaba haciendo: borrar. Ocultar su rastro. Lo mismo que había estado haciendo en Aberporth. ¿Sobre los Clints of Dromore? Borrar su relación con… ¿pero con qué?
Bien, no lo sabía, ésa era la pura y simple verdad. David soltó una imprecación y se sentó en el borde de la cama de Buhler. Durante esos breves instantes su resolución se debilitó. De repente se acordó de Elsa Buhler, muerta en la habitación de abajo, de la luz del sol filtrándose por entre las rendijas de la negra puerta delantera, creando un arco de luz que los ojos de ella no volverían a ver. Pero ese momento pasó y de improviso sintió una lúgubre satisfacción. Puesto que había descubierto algo, después de todo, había confirmado la dirección del propósito de Stern. Y también había confirmado su propio método. Al margen de lo que encontrara y de lo que Buhler tuviera para ofrecerle, aquél era el modo de buscarlo. Una vez más obedeció a su instinto y se levantó. Salió de la habitación dejándose llevar, buscando por el cuarto de baño y en un armario (jabón, champú, un cubo de hojalata, una estantería con trapos cuidadosamente doblados), aunque quince minutos más tarde, cuando finalmente lo encontró, encontró todo lo que iba a encontrar, estaba de nuevo en el dormitorio de Buhler. Había tomado una decisión. Echaría un último vistazo allí, luego volvería a intentarlo en el piso de abajo y si seguía sin tener suerte, cogería el coche de Buhler para volver a Berlín, aún podría llegar antes que Stern y enfrentarse con él. Pero tan pronto como cruzó el umbral de la puerta, miró hacia abajo y vio el pequeño cesto de mimbre sobre la mesa de Buhler. Era el tipo de cesto que se usa para guardar la fruta, pero estaba lleno de sellos, sobres y trozos de sobres rotos que la gente debía de haberle llevado. Hurgó en ellos, sin mirar en realidad. Pero para encontrar algo lo mejor es no buscarlo, así que sacó un trozo de sobre y vio que tenía dos grandes y brillantes sellos americanos. Eran sellos de veinte centavos, ambos iguales, para conmemorar la flor estatal de California, la amapola, y el ave, la codorniz de los valles de California, que debían de haber interesado a Buhler. Y se distinguía claramente el matase llos: Lone Pine, CA, de tan sólo unas semanas antes. Pero el «sobre» era aún más interesante. En realidad no era un sobre sino una esquina arrancada a un aeorograma, una carta doblada en fino papel azul para avión. Además, el aerograma era alemán, una Luftpostleichtbrief, lo cual significaba que Buhler debía de haberla comprado en Alemania Federal y habérsela llevado consigo a California, donde había comprado el tipo de sello que le interesaba y que Elsa Buhler (¿por costumbre?, ¿como una especie de gesto privado?) había guardado. Pero esa explicación se le ocurrió a David sólo de paso; lo que atrajo de inmediato su atención fueron las pocas líneas que habían sobrevivido en el reverso.
No era demasiado, sólo las coletillas de media docena de líneas separadas. Recordando cómo se doblaba un aerograma supuso que eran de la mitad del texto, pero a causa de la gramática alemana en la que los verbos tienden a apilarse al final de las frases y oraciones, ni siquiera podía estar seguro de eso. ¿Habría escrito Buhler de arriba abajo o de un lado a otro? En cualquier caso sólo quedaban unas cuantas palabras entrecortadas.
la verdad sobre nuestro hermano y Vogel. La Cruz Roja, amigos, otros refugiados, la organización UNRRA
todas las cartas en la caja bajo Nordhausen y Dora recuerda. Siempre parece tan pequeño. Yo como la última vez. Pero fue elección mía. completado. Sin embargo, aún puedo verlos.
Cuando lo leyó, David apenas comprendió su significado, y sin embargo estaba bastante claro. Cartas, refugiados, «la verdad sobre nuestro hermano». UNRRA. Las iniciales estaban en inglés, pero a David le llevó un rato recordar su significado exacto: United Nations Relief and Rehabilitation Administration [42]. Después de la guerra se habían ocupado de alimentar a los refugiados, de hallar acomodo para personas sin hogar. En apariencia Buhler les había escrito, y a otros, buscando a un hermano, o a Vogel, ¿o a ambos? Y había guardado esa correspondencia en la caja bajo su cama. Lo que Elsa sabía y Stern había descubierto. ¿Se lo habría mostrado antes de matarla? Esas cartas y lo que en ellas se revelaba habían constituido un secreto tan secreto que posiblemente Buhler ni siquiera se lo había contado a su hermana hasta que salió del país.
En cualquier caso, las relaciones que desvelaban habían sido un secreto por el que se había cometido un asesinato. Y también había otra relación que David habría encontrado en su momento, pero que de hecho ya había percibido, al menos a medias, puesto que no habían recibido una especial preeminencia en las estanterías de Buhler: un par de pequeños panfletos, uno de los cuales se titulaba «Chronik der antifaschistischen Mahn-und Gedenkstätte Mittelbau Dora» [43].
Era una desnuda narración de hechos, modestamente impresa y no demasiado memorable, ilustrados con fotografías en blanco y negro bastante malas. Pero sus páginas le dijeron a David lo que necesitaba saber. Dora era un campo de concentración en las cercanías de una estación de empalme de ferrocarriles llamada Nordhausen.
En muchos aspectos, como mostraba el panfleto, no se había diferenciado demasiado, ni siquiera en sus horrores, de cualquier otro campo. Había fotos del horno crematorio sobre una pequeña colina y de die Häftlinge, los prisioneros, junto a las barracas tras las alambradas. Asimismo, había fotos, tomadas después de la guerra, de colegiales, delegaciones de sindicatos y otras organizaciones, depositando coronas de flores delante de los monumentos a los miles de caídos. Había incluso poemas:
Viele haben das Lager D gekannt,
D wie Dora, so habens dies Faschisten gennant [44], etc., etc.
Sí, todo aquello le resultaba familiar, pero lo que captó la atención de David fueron otras fotografías e imágenes, fotos de una enorme fábrica subterránea donde los prisioneros habían trabajado como esclavos, y de las terribles armas que habían montado allí. Pues había sido en Dora donde los alemanes habían construido el V-2, el Arma de la Venganza II, el primer misil balístico del mundo. Los habían construido en el Konzentrationslager Mittelbau-Dora en los Montes Harz, justo mientras la Marina estadounidense recorría los desiertos de California y se establecía en China Lake.