15
David tardó unas tres horas en llegar a Nordhausen con el coche. El viaje careció de incidentes. Realmente no existía motivo para que ocurriera nada más. El coche era un riesgo, pero sólo momentáneo. Una vez fuera de la aldea, donde alguien podría haberlo reconocido como el de Buhler, hubiera sido mala suerte que alguien lo parara. Se mantuvo escrupulosamente dentro de los límites de velocidad. En cuanto le fue posible abandonó la carretera principal para adentrarse en otras secundarias. Había mucho tráfico en el que pasar desapercibido. Extrañamente, «la salida de los domingos», la gran tradición americana de los años cincuenta, seguía manteniéndose en el Este. Mientras conducía, David no se dio cuenta de que corría un peligro potencial mayor: quedarse sin gasolina. Tan sólo tenía unos cuantos marcos germano orientales y, por supuesto, ninguno de los cupones intercambiables por Benzin que se obligaba a comprar a los turistas cuando entraban en la DDR; de esa forma se vería obligado a usar deutsche marks para llenar el depósito y, aunque se los aceptarían, eran ilegales y harían que se fijaran en él. Aun así no tenía demasiada importancia. Nadie andaba buscándolo. El problema, de todas formas, no se presentó, puesto que el depósito estaba lleno y no empezó a quedarse vacío hasta la noche, cuando volvió a Berlín Oeste.
Pero eso fue al final del viaje, cuando estaba pletórico del júbilo y la ansiedad del último tramo en dirección al Muro. Al inicio del viaje, cuando torció hacia el sur y el oeste bajo el sol de la tarde, lo que sentía era curiosidad y una particular determinación.
Sabía, de un modo absoluto, que debía llegar hasta el final, ¿pero adónde lo llevaría? En realidad contaba con muy pocas pistas que seguir. Todo lo que sabía era:
Que él no tenía nada que ver con Elsa Buhler.
Pero sí tenía que ver con Elsa Buhler. Debía ser así, puesto que era una de las dos únicas personas en el mundo que sabía que estaba muerta.
No tenía nada que ver con Dora, un campo de concentración en la Alemania del Este.
Pero sí tenía que ver con Dora, el Konzentrationslager, de no ser así, ¿por qué se dirigía hacia allí en ese momento?
Y no tenía nada que ver con lo que había ocurrido en China Lake, a ocho mil kilómetros, en el desierto.
Salvo que en eso también estaba completamente equivocado. Tenía mucho que ver con China Lake; ¿no era allí donde había empezado?
Pero David era siempre cauteloso sobre tales especulaciones, aunque fueran ciertas. Era la historia de su vida, pensó. Su vida nunca le había pertenecido en realidad; siempre había sido decidida por otras personas, era algo que le había ocurrido a él. Pero eso no lo convertía en nadie especial. Mirando a través del parabrisas podía ver un mundo «comunista» y a «comunistas» conduciendo sus coches junto al suyo. El «comunismo» era una expresión taquigráfica para describir lo que les había ocurrido a ellos. Desde luego era una locura. Había sido sospechoso de «colaborar con los comunistas», pero si la policía germano oriental lo pillaba ahora, lo acusarían de trabajar para la CIA… lo cual supondría un perfecto final, se dijo, como en uno de esos programas de la televisión en los que el protagonista acaba donde empieza y la música suena solemne, o parece provenir del espacio exterior. Sonrió. Bueno, era un consuelo. La vida, fuera cual fuese, no podía ser como un programa de la televisión. Estaba sonriendo. Sin embargo, tan sólo una hora antes había descubierto el cadáver de Elsa Buhler. Pero también eso formaba parte del conjunto. Era parte de lo que había ocurrido en Aberporth, pensó, de lo que él mismo había hecho, por fin, después de tantos años: tomar su vida en sus propias manos. Ahora podía ya admitirlo. Se había librado completamente del mundo exterior, aunque nada tuviera que ver con el cariz político de este último o con la propia e inmediata situación. Verdaderamente se había sentido a menudo igualmente desplazado conduciendo por los Cotswolds o por Francia, y ese mundo, después de todo, nunca le había hecho ningún daño. Todo lo que pudiera temer ahora de la policía germano oriental, lo había sufrido ya en manos del FBI y de la seguridad de la RAF. Sí, si no se sentía a gusto allí, ¿cómo había de sentirse en California? Pero lo cierto era que su distancia frente al mundo había existido desde mucho antes de lo de China Lake. Todo lo que había cambiado era que aceptaba el hecho, y podía hacerlo porque había algo más allá de ese mundo por lo que vivir. Así fue como pensó en Anne, así fue como acudió ella a su pensamiento. La sintió en su interior. O más exactamente, sintió que él mismo se convertía en la persona en que se había convertido con ella. Dos momentos se mezclaron en su mente. El primero fue el momento, bajo el mar, en que había dejado de caer, cuando el agua había detenido su impulso y por un instante había flotado, ingrávido, suspendido por su propia velocidad. Después se había soltado, había dejado que el último resto de su aliento saliera de él, en forma de brillantes burbujas; luego había sido lanzado hacia la luz. Unido a éste, se presentaba el instante en que hizo el amor con ella por primera vez, cuando ella lo había llamado y él había estado también suspendido, muy por encima de sí mismo, y luego se había dejado ir, se había dejado caer dentro de ella. No comprendía lo que había sucedido en ninguno de los dos casos, pero no le preocupaba. Había ocurrido. Y las consecuencias eran irreversibles. No había modo de perderlo. No debía perderlo. Aquellos dos momentos, que eran en realidad el mismo, lo habían salvado. Anne lo había salvado. Literalmente le había salvado la vida. Era una enorme e improbable coincidencia, pero en eso se resumía todo. Mientras conducía sintió que se aflojaba su tensión, la de los brazos que estiraba para coger el volante y la de los hombros, de modo que pudo recostar la cabeza y abrir los ojos más fácilmente al mundo. Se encontraba bien, pensó. Iba a salir de todo aquello. Pero si no hubiera sido por Anne, si él no hubiera cruzado la habitación aquella noche para besarla, si ella no hubiera pronunciado su nombre, ya estaría muerto. Se habría suicidado, como Diana, porque ella había tenido razón al final. Todo volvía a empezar, pero peor, con cadáveres. En ese instante recordó el bulto blanco de la parte inferior del muslo de Elsa Buhler, cuyo cadáver se había deslizado hasta el suelo y chafaba una cucharita de café que tenía debajo. Lo veía en su imaginación y podía soportarlo. Pero el hombre que había sido antes de Anne…, no, no estaba en absoluto seguro de él. No estaba seguro de que no hubiera abierto la boca en el mar de Irlanda y se hubiera ahogado.
Pero, por supuesto, el día no había concluido aún. David sabía que tendría que soportar aún más cosas. No obstante, lo superaría, eso también estaba decidido, así que siguió conduciendo, con un ojo en el retrovisor, aunque no vio nada excepto ese extraño mundo que no guardaba ninguna relación con él, pero del que, a pesar de todo, formaba parte. Dessau, rodeando Halle, hacia el oeste hasta Eisleben. Finalmente vio las montañas Harz, tenues bajo la neblina, y luego siguió hasta Nordhausen, donde empezó a buscar letreros. ¿Pero qué tipo de letreros se utilizan para indicar un campo de concentración? ¿En qué tipo de atracción se había convertido? De hecho, cuando lo divisó, le recordó al de una Administración de Montes, el tipo de letrero, colocado junto a un mirador, que te indica los animales que pueden verse. Era bastante grande, con una tradicional «llama eterna» y grandes letras. Mahn-und Gedenkstätte Mittelbau Dora, decía, «Monumento Conmemorativo al Mittelbau Dora». Claro está que debía haber una administración que se encargara de dirigir el lugar, con una junta y burócratas. El horario de visitas estaba indicado debajo: de septiembre a abril, hasta las cuatro y media de la tarde, de mayo a agosto, hasta las tres y media. Montags geschlossen [45]. En su reloj eran casi las seis, o sea que supuso que había llegado demasiado tarde, pero tomó el desvío de todas maneras. Una enorme colina empezó a llenar el paisaje a su derecha y vio que aún había varios coches en el aparcamiento.