Выбрать главу

Continuó a pie. A primera vista había muy poco que ver. Una gran colina cubierta de arbolitos y rocas sueltas, la impresión de una cantera o un erial que estaba siendo roturado. Pero había un sendero y lo siguió hasta que llegó a un plano guía que estaba colocado sobre una especie de atril. «Usted está aquí.» Indicaba carreteras, una línea férrea. La colina a su derecha se llamaba Kohnstein. Otras zonas estaban dibujadas y debidamente etiquetadas. Appellplatz. «Plaza de Revista.» Wachtturm. «Torre de Vigilancia.» Hier wurden 7 Italianer erschossen. «Aquí fueron muertos 7 italianos.» Mehrzweck-Gebäude. «Edificio de Utilidad General.» Museum ehem. Krematorium. «Museo antiguo. Crematorio.» Cada una de esas «vistas» se describía sobre el mapa con un dibujo algo esquemático, pero David no las vio inmediatamente. Por delante tenía una línea de árboles y una elevación del terreno, pero se dio cuenta de que dos de los puntos indicados estaban casi directamente frente a él. A-Stollen. «Túnel A.» B-Stollen. «Túnel B.» En el diagrama estaban representados mediante raíles que conducían a entradas de túneles dibujadas según el modelo estándar. Eran dibujos muy parecidos a las señales de una carretera de montaña cuando se llega a un paso subterráneo; aunque todo lo que vio en la colina misma fue dos zonas que parecían cicatrices en la roca. Sin embargo, los raíles aún estaban allí, hundiéndose en los desmoronados restos del firme de cemento de una carretera. Más adelante encontró un gran bloque de hormigón que en un cierto punto alguien debía haber intentado volar, pues estaba renegrido, agrietado e inclinado de un lado. Pero los bloques de hormigón eran tan enormes que su propósito original era aún reconocible. Una plaza fuerte. Un fortín. En realidad, al acercarse más se dio cuenta de que debía haber sido la entrada al campo. No resultaba difícil imaginar la barrera de vigilancia y los soldados con ametralladoras y los camiones parados esperando mientras se comprobaban sus documentos. Finalmente, pasando junto a los bloques, llegó a las puertas del monumento: K-Z Mittelbau Dora. Las cruzó.

Pero tampoco allí había mucho que ver.

Delante de él había una vasta zona abierta, aproximadamente del tamaño de un campo de fútbol. Era muy llana y pavimentada en parte con el mismo viejo cemento sobre el que se habían hundido los raíles de los túneles. A juzgar por las indicaciones del mapa, supuso que aquello debía haber sido la Appellplatz. Al otro extremo, en lo alto de una plataforma, reconoció la torre de vigilancia, absurda, como el decorado de una película, aterradora por lo real. Y sobre la colina, que seguía llenando el paisaje a su derecha, se alzaba un edificio de ladrillos con una alta chimenea, que sólo podía ser el museo, ehemals Krematorium. Una larga escalinata conducía hasta allí a través de los árboles. Miró en aquella dirección durante un rato, porque había un pequeño grupo de gente alrededor. Parecían las figuras que uno ve agrupadas alrededor de una tumba durante un funeral. Pero luego desvió la mirada hacia la otra estructura que se elevaba sobre el terreno. Estaba en el centro de la zona abierta y consistía en un muro hecho de bloques de roca, tal vez de unos tres metros de alto y unos cuatro metros y medio de ancho: un monumento conmemorativo, como una enorme lápida mortuoria. Miraba hacia la colina, como si todo aquel espacio abierto fuera un cementerio, como si la tierra bajo sus pies estuviera llena de cuerpos enterrados. Cuando se acercó más empezó a sospechar que no era un «como si»; literalmente estaba caminando sobre una enorme tumba. Al llegar junto a él se detuvo. Lo miró. Ahora que podía verlo debidamente el monumento resultó una visión irresistible. Había figuras esculpidas en bajorrelieve sobre la roca. Figuras fantasmales, esqueléticas, apiñadas, encorvadas, agachadas. Enterradas. Retorcidas en posturas de moribundos. Muchas tenían picos y palas en las manos. Cavadores. Constructores de túneles. Excavadores. Cavando incluso en la roca que los conmemoraba. Mineros enterrados por un desprendimiento o… lo que le vino a la cabeza fue una fotografía que había visto en un libro sobre arqueología, un esqueleto extraído de una cueva en Shandinar, un ejemplo de homo erectus (¿o acaso su mente le jugaba una mala pasada con tal ironía frente a aquellos espectros doblegados?) enterrado bajo el hogar comunal un millón de años atrás. La importancia de aquel descubrimiento, si recordaba bien, era la huella de polen hallada con el cadáver, prueba de que se había puesto una flor en la tumba (¿habría puesto alguien flores sobre aquellas tumbas?). Este pensamiento le hizo volver la cabeza hacia el Krematorium de la cima de la colina, puesto que allí se veían flores, montones de ellas, y se dio cuenta de que debía de estar celebrándose alguna especie de servicio o práctica religiosa. Entonces su mente quedó libre de todas aquellas disquisiciones y sencillamente sintió el sol y la brisa. ¿Qué otra cosa podía sentir? Todo sentimiento se veía ahogado por la vergüenza, burlado por su insuficiencia. ¿Cómo podía atreverse uno a sentir? ¿Cómo se atrevía uno a vivir para sentir? ¿De qué servían los sentimientos? También esto pasó. Inesperadamente descubrió que no tenía miedo en absoluto. Allí estaba protegido. Era un auténtico santuario. Más aún, tuvo una sensación de reconocimiento, de una expectativa cumplida. No le sorprendía estar allí. Todo lo que iba a descubrir ya lo sabía. En eso consistía. Había muchas conexiones. Y todas ellas acudieron a su mente. Cohetes, guerra y ciencia. Esas conexiones que, al principio, habían sido decisivas en su propia vida. La sencilla relación con Alemania. Pensó en Wernher von Braun, el primer científico de los cohetes. Si habían construido el V-2 allí, Von Braun, tanto si se había dado a conocer como si no, debía de haber estado allí, justo en aquel sitio. ¿No había dicho alguien de China Lake que los cine-teodolitos [46] que había en la base habían sido llevados desde Peenemünde o alguna otra base alemana? Sí: «Nuestros alemanes son mejores que vuestros alemanes.» Seguía siendo una pequeña broma, incluso en su época. ¿No podría Stern haber sido uno de esos alemanes? Al menos era una posibilidad. Buhler había estado en el campo y Tannis también había sido atraído hasta él, puesto que, según recordó David, Tannis hablaba muy bien alemán, aprendido sin duda mientras servía en Alemania. Pero había algo más que esos datos concretos, que esa sensación de conexión. Allí era donde había empezado. Allí era donde se habían sentado los primeros principios del resto.

¿Cuáles eran esos principios?

¿En qué se concretaban?

David dio media vuelta y miró hacia el crematorio, el museo. Si existían respuestas a esas preguntas, debían estar allí, y tenía que hallarlas rápidamente. Aún había una tenue y nebulosa luz en el cielo, pero pasaban de las seis y Berlín estaba al menos a cuatro horas de camino. Por otra parte, tenía la sensación de que no debía actuar con excesiva premura. Aquel lugar, más que cualquier otro, exigía discreción. En la cima de la colina el grupo que había visto antes seguía congregado celebrando su ceremonia. Un soplo de viento llevó el sonido de las voces hasta él y lo atrajo, campo a través, hacia la colina. Al pie de la misma se dio cuenta de lo alta que era. Unos peldaños de piedra zigzagueaban ladera arriba. Eran escalones amplios, como si quisieran asegurar una ascensión pausada; uno tenía que subir lentamente por entre la alta hierba y los árboles. Cuando alcanzó la cima David descubrió que un segundo monumento ocupaba la cresta de la colina. Un pequeño cuadrado pavimentado con la misma piedra gris del monumento con una escultura en el centro, cuyas demacradas figuras también recordaban a las de abajo, y una llama eterna, un palidísimo parpadeo a la luz del sol. Alrededor de la escultura se amontonaban flores y coronas. Un poco más allá, a un lado, había una doble hilera de colegiales uniformados que escuchaban a un hombre mayor. Veinte o treinta personas más los contemplaban. David vaciló. Uno de los hombres de la muchedumbre volvió la cabeza y lo descubrió. David lo miró a la cara. Durante unos segundos vio una pregunta posada sobre él, pero luego el hombre sonrió y volvió la cabeza, y fue casi como un permiso. «Siga con sus asuntos. Nosotros le dejaremos en paz.» En silencio, rodeando a la multitud por detrás, David se dirigió hacia el museo. La puerta estaba abierta, en realidad sólo entornada, y él se deslizó dentro.

вернуться

[46] Instrumentos para medir ángulos horizontales y verticales por medio de un telescopio montado sobre un eje vertical. (N. de la T.)