– ¿O está en México? ¿En San Miguel de Allende? -David contempló el rostro mientras éste asimilaba la información, y luego añadió-: Conozco a su padre, señorita Vogel. Nos conocimos en Gales. ¿Podría entrar?
Con un gesto de asentimiento ella retrocedió, pero inclinada hacia delante para sostener la puerta abierta. David entró en la luz, rozando el cuerpo de la mujer y oliendo su perfume, algo suave y con esencia de rosas. Era muy atractiva, cosa que determinó un tanto lo que siguió luego.
– Vengo con una amiga, señorita Vogel, está arriba en el coche. ¿Le importaría…?
Ella pareció indecisa. Tenía grandes ojos castaños y David esperaba verlos agrandarse por el miedo. Pero su miedo se detuvo en las mandíbulas apretadas y asintió con una rápida inclinación de su pequeña y oscura cabeza.
Él se dio la vuelta y movió la mano en dirección a Anne, luego la vio salir del coche. Le llegó el sonido de la puerta al cerrarse, amortiguado en la distancia. Se preguntó desde dónde podría oírse, pero decidió que Tannis no estaría tan cerca.
– ¿Le apetece tomar algo? Una copa…
David miró alrededor. Era una pequeña y extraña habitación, puesto que en realidad no había muebles, sólo mantas indias cubriendo el suelo y formando una colorida alfombra. Había más colgadas de las paredes, e incluso dos que colgaban del techo, como banderas o deflectores. Era como una tienda. En una esquina había una manta enrollada para formar un cojín y ella debía haber estado sentada allí, puesto que al lado vio la radio que había oído, una botella de licor y una pequeña bolsa de tela con cuentas brillantes.
– Creo que no quiero nada -replicó.
– ¿No? ¿Un cigarrillo? Tengo algo de hierba.
– La he encontrado por casualidad, señorita Vogel. Estaba siguiendo a un hombre llamado Tannis. -Contempló su rostro-. ¿Ha oído ese nombre?
– Quizá. -Se encogió de hombros-. ¿Por qué?
– Creo que sí lo ha oído.
– Alguien quería una granja, un lugar que por lo visto pertenecía a mi padre, al otro lado de Ridgecrest. Podría haber sido él.
– Está vigilando hasta que venga su padre, señorita Vogel. ¿Sabe por qué lo hace?
Oyeron que Anne llegaba a la puerta y la chica miró en aquella dirección. Luego, con cuidado, se sentó, cruzando las piernas, en el mismo sitio donde estaba antes.
David vaciló y después se sentó junto a ella.
– ¿Por qué está vigilando, señorita Vogel?
– Marianne. Ése es mi nombre. No está interesado en mi padre, señor… ¿David?
– ¿Ha oído hablar de un lugar llamado Dora?
Ella sacudió la cabeza.
– ¿De un hombre llamado Buhler?
Volvió a sacudir la cabeza, pero David no quedó convencido; podía estar mintiendo.
– ¿Tiene una hija, Marianne?
Bajó la vista cuando respondió:
– Anna. Está con su padre.
Anne. Anna. Marianne.
– ¿Cree que está segura?
– Ya se lo he dicho. Sea quien sea esa persona, no está interesado…
– ¿Entonces por qué está vigilando?
– Quiere oro.
– ¿Oro?
– Eso es. Es casi exactamente de este color… -Cogió la botella de tequila y con sorprendente delicadeza echó un trago.
Anne estaba de pie en el umbral de la puerta. Marianne Vogel la miró y sonrió en reconocimiento: «Sí, tú también eres hermosa.» Luego, abriendo su pequeño bolso, dijo:
– Estoy tomando un poco de peyote [49]. ¿Le gustaría unirse a mí? -Y metiendo la mano en el bolso sacó un puñado de yemas oscuras y semejantes a cuero. Se las tendió ofreciéndoselas.
– No, gracias -las rechazó él.
– Debería tomarlas. De verdad.
David vaciló. Y luego, ante una atónita Anne, cogió una, se la metió en la boca y masticó.
17
Por qué había cogido David peyote? ¿Qué estaba haciendo en compañía de aquella extraña mujer?
David vio esas preguntas en los ojos de Anne y no estaba necesariamente seguro de las respuestas. Había aprovechado la oportunidad, podría haberle dicho. Parecía lo único que podía hacer. Había intuido que no tenía alternativa.
Y era bastante cierto, pero no era sólo una cuestión de intuición. Por un lado era algo más concreto, puesto que sencillamente había respondido al miedo evidente de Marianne tratando de calmarla, sentándose a su lado. Mira, le estaba diciendo, estoy contigo, no hay nada que temer. Al mismo tiempo era algo más sutil y complejo. En la raíz del miedo de Marianne había un misterio (estaba asustada hasta el pánico), pero (y ésa era la cuestión) ella ya sabía la solución. Ya conocía la respuesta. El truco consistía en obligarla a reconocerlo. David lo comprendió de inmediato; formaba parte de darse cuenta de que estaba un poco loca. Tenía que significar algo: aquella mujer hermosa y loca, sola en el desierto con Tannis vigilándola. Sí, el misterio de su miedo parecía congruente con el misterio mayor: Vogel, «Stern», Buhler, Tannis, Sidewinder AIM-9B. La solución a uno daba la respuesta del otro. La respuesta a su propio misterio, pensó David, estaba en el de ella.
Y el peyote formaba parte de todo ello. El peyote era un misterio. El peyote era parte del misterio del desierto. Y el peyote relacionaba la época que había vivido en el desierto con el presente. Le hacía retroceder en el tiempo, a la época que él se había perdido, en la que todos los demás se habían saturado de sexo, drogas y política, pero que él se había perdido. ¿No había visitado Aldous Huxley, el primer apóstol del ácido lisérgico, aquel lugar? Abrir la mente. Bueno, eso no podía hacer daño. En cualquier caso el peyote parecía tener relación con todo lo demás; allí estaba su segunda oportunidad en una forma más. También por eso había aceptado la droga. Pero lo más importante de todo era que David seguía siendo un científico. Al tomar el peyote estaba realizando un experimento. Sobre sí mismo. Sobre la situación. Estaba poniendo a prueba algo, estaba probándose algo. ¿Funcionaría? No lo sabía, pero cuando se metió el botón en la boca y empezó a masticar (la primera maravillosa e impredecible consecuencia de su acto) se dio cuenta de que con aquel acto Anne se había convertido en alguien imprescindible. Todo entonces se movió hacia ella. De algún modo, con perspicacia, David había renunciado a sí mismo, se había convertido a sí mismo en un objeto, se había ofrecido a ser examinado, de modo que el científico se había fundido con su propio experimento. Se había aliado con Marianne (se convirtieron en la pareja) y así Marianne había quedado desarmada; ésa era una parte. La otra era que Anne se había convertido en su secreto testigo. Ella era sus ojos y sus oídos, pero también podría descubrir cosas que él no podía oír ni ver. Por tanto casi todo tendría que solucionarse a través de ella. David se dio cuenta de todo ello sólo en el último momento y trató de comunicárselo, puesto que se dio cuenta de que al entrar ella en el remolque y ver lo que estaba sucediendo, se había quedado atónita. Y de que se sentía abandonada; era la persona que sobraba, rechazada sobre sí misma. Así que David la miró y trató de que sus ojos le comunicaran que todo iba bien. «Aún estoy aquí -intentaba decir-. Limítate a seguir el juego. Hazlo lo mejor posible. Sé tu misma…» Pero no fue tan fácil, desde luego, sobre todo al principio, mientras no pudo decirle nada de palabra. Ella lo miró meterse el peyote en la boca y no pudo creerlo. ¿Qué estaba haciendo? David… Extrañamente, de pronto Anne se sintió ridicula. Sí. Se sintió como una idiota. Lo cual era una tontería, puesto que él lo había hecho. No estaba segura de qué ocurría. No comprendía nada en absoluto. Pero claro está que eso, en cierto sentido, era perfecto. Por el momento era precisamente lo que David quería. Ella no comprendía, todo lo que podía hacer era darse cuenta. De él mismo. De la chica atemorizada. Del remolque. De la solución al misterio, cualquiera que fuera ésta.