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Anne miró a su alrededor. Estaba escandalizada. Por eso se sentía ridicula. Se suponía que uno no se escandalizaba ya por nada en aquellos tiempos. Al menos por las drogas. Las drogas estaban pasadas de moda. Eran un «rollo». Bueno…

El remolque era extraño, estaba decorado como el interior de una tienda de pieles rojas. En realidad la mujer, Marianne, se parecía un poco a una india. O a una mexicana. Sí, así era la habitación. Las lámparas derramaban la luz sobre el suelo, que estaba cubierto de vistosas alfombras tejidas, pero todo lo demás estaba oscuro, en penumbra…

– Siéntese -pidió Marianne-. Mire, si no toma drogas no pasa nada. Tengo mucho tequila. En serio. No pasa nada.

El peyote, Anne tuvo que admitirlo, la asustaba un poco. Y no hubiera creído nunca que David lo tomara. No iba con él. Salvo que tenía que ir, puesto que lo había hecho. Y muy fácilmente.

Entonces comprendió el porqué: el hecho de que fuera capaz de hacerlo estaba relacionado con lo que le había ocurrido durante los años siguientes a China Lake. Mientras lo contemplaba, el hecho se hacía cada vez más real. Para David un poco de peyote no podía significar gran cosa. Había estado desesperado, lo sabía todo sobre la desesperación, eso era lo que había visto en la mujer. Al mirarla también Anne lo vio. Sí, ése era el primer punto. Marianne estaba desesperada.

– Anne. Me llamo Anne. Gracias. Sólo un poco, lo justo para cubrir el fondo del vaso. De acuerdo… me gusta la lima… pero no creo que la sal…

Las alfombras eran hermosas y extrañas: eso fue lo primero de lo que Anne se dio cuenta.

Tenían un suave y cálido olor a almizcle. Bajo sus dedos tenían un tacto ligeramente grasiento, o suave, como el lino. Los dibujos eran diamantes, como estrellas o serpientes. Se enroscaban alrededor de los bordes, formaban cadenas, giraban sobre sí mismos. Eran de color rosa oscuro, índigo, sepia. Eran los colores de la arena, de esa blanca y caliente arena de la superficie bajo el sol, y luego de ésa más oscura y profunda, cuando se escarba con los dedos. Y eran los colores de la sangre: pálida y casi lechosa en la carne, pero surgiendo carmesí de una herida. Todos tenían nombres y Marianne los enumeró, tocando cada uno por turno: moki, ganado, klagetoh, arcilla blanca, dos colinas grises, agua cocida, yei.

Desde luego, Marianne sabía mucho acerca de los indios.

– No, las alfombras son navajo. Los indios de por aquí no aprendieron nunca a tejer. Eran paiutes de las sierras, al otro lado de la carretera 14, y shoshones por aquí. Eran como hombres primitivos. Vivían de raíces y piñas y liebres americanas (las mataban con palos, ni siquiera tenían arcos y flechas). Eran quizá de un metro cincuenta de estatura, y eso para un paiute era una gran altura. La mayoría de ellos no habían visto nunca a un hombre blanco hasta 1860, cuando se abrió la Nevada Comstock. Sacagawea fue la más famosa de los shoshones. Los crow la capturaron cuando era niña y la vendieron como esclava a los mandan, que se la llevaron al este. Más tarde Lewis y Clark se la encontraron y ella los guió hasta el Pacífico. Luego consiguió encontrar el camino de regreso a su pueblo. Estoy segura de que rodaron una película sobre su historia. Wovoka fue el más famoso de los paiutes. Su verdadero nombre era Jack Wilson y casi siempre llevaba traje y un gran sombrero. Inventó la religión de la Danza Fantasma. Los blancos dejarían de ir hacia el oeste y los indios heredarían la tierra, siempre que, claro está, bailaran su danza. Duraba más o menos una semana. Eran como Shakers [50] indios. En serio. Los Shakers estaban entonces en su apogeo, esto es, alrededor de 1870, y Wilson los conocía. Cuando los indios bailaban entraban en un trance de locura y creían que eran invulnerables. De ahí Camisas Fantasmas o Rodilla Herida. Cargaban contra los soldados creyendo que las balas no les harían daño. En realidad el peyote no formaba parte de todo eso, aunque todo estaba relacionado. El peyote era magia. El peyote le hacía a uno invulnerable también, le protegía a uno de brujerías. Los tarahamara lo creían y también los apaches, los lipan, los mescaleros. Los modernos cultos al peyote se iniciaron no muy lejos de aquí y a eso se dedicaron todos. Realmente sabían cómo vender drogas. Joaquin Brown era un paiute de los alrededores de Fallón. Joe Green era paiute. El jefe Caballo Gris, es decir, Ben Lancaster, era, creo, un washo, o medio washo, de Gardnerville, Nevada. Trabajaba en los bares de Reno y era el más importante. Extendió el consumo. Vivía con Mary D. Creek. Sé dónde conseguía el suyo y de ahí procede éste. Él lo cortaba y lo secaba cerca de Sanderson, igual que yo. Está casi extinguido; tienes que saber dónde buscar. También él se extinguió, naturalmente. Murió en 1937. Wyatt Earp murió en 1929 en Hollywood. Creo que es una de las fechas más importantes. Pero en realidad nunca hubo indios. Toda la lana de estas alfombras la sacaron los navajos de los españoles, como los caballos, las armas, o el hierro. Lo que tenían los indios, la belleza y la sabiduría que habían acumulado desde el inicio de los tiempos, cabría en una pequeña bolsa. Por supuesto si los hubieran dejado solos el tiempo suficiente, también ellos habrían acabado por inventar el transistor, pero no los dejaron, ¿verdad? Y tan pronto como toparon con los blancos estuvieron acabados. Tan pronto como se toparon con los blancos se convirtieron en mitos. Por «tan pronto como» me refiero a, digamos, treinta y seis meses. Así que, si una de las cosas que uno tuviera fuera una droga, y a uno lo hubieran convertido en un mito, probablemente habría deseado tomarla.

– ¿Ha estudiado antropología?

– Sólo durante un año. Pero aquí lo que sobra es tiempo para leer.

Marianne estaba asustada, así que continuó parloteando. Eso era lo que David había visto: que estaba muy asustada. Hubo un momento, cuando Marianne miró hacia otro lado, en que Anne pudo observar la oscuridad de sus grandes y negros ojos, una oscuridad absoluta y absorbente que daba terror. Sólo fue un instante, luego también ella apartó la vista.

– ¿Cuántas hay que tomar? -preguntó David.

– ¿Lo había tomado antes?

– No.

– Sólo una. O dos o tres. Yo tomaré media docena al menos. -Siempre se dirigía a David, pero Anne sabía que también la vigilaba a ella. Entonces Marianne le dijo-: ¿Está segura de que no quiere una?

– No lo sé. Esperaré, si no le importa.

– ¿De dónde procede? -inquirió David.

– Ya se lo he dicho. De Sanderson, Texas. Los indios solían hallarlo por Laredo, a lo largo de Río Grande. Pero ahora ya no queda. Hay que ir a México.

¿Quería David, por así decirlo, que ella se mantuviera sobria? ¿Contaba con eso? Bueno, ella no había tomado nunca drogas, sólo un poco de hierba, por supuesto, pero nunca había sido nada importante. «Admítelo, básicamente eres una buena chica. Una buena chica. Una madre. Estás bien educada, además de ser inglesa. No eras virgen cuando te casaste porque creías que ser virgen sería más vergonzoso que lo contrario. Pero la vergüenza era sin duda la clave.»

Había dos lámparas en el suelo que derramaban su luz por las brillantes alfombras. Marianne les había explicado que el rojo de las alfombras era de cochinilla. Procedía de un insecto que aplastaba hasta convertirlo en tinte. «Se ven fácilmente;

parecen pedacitos de cera sobre los cactos. Succionan el jugo de los cactos.» El sol, el cactos, el jugo, el insecto, el tinte, la alfombra…

– ¿Cree que alucinan cuando se alimentan de peyote?

– Prefieren la chumbera -aseguró David-. Opuntia polyacantha.

Un haz de luz llegaba más allá de las alfombras y cruzaba el umbral de la cocina, reluciendo sobre los baratos armarios de metal revestidos de una imitación de madera. «No soportaría vivir en un sitio como éste», pensó Anne, y luego se giró hacia David. Aún estaba allí. Por así decirlo. Todo allí. Como Opuntia polyacantha, verdaderamente. ¿Qué hacía o esperaba? Sólo recientemente y de forma retrospectiva, se había dado cuenta Anne de la gran confianza que tenía David en su instinto. Fingía creer lo que los demás hacían y era muy convincente, como un excelente actor, pero sólo confiaba en lo que podía ver, tocar, oler, adivinar.

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[50] Secta religiosa que se originó en Inglaterra en 1747 y en la que se practicaba una vida comunal y el celibato. (N. de la T.)