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Houdini podía hacerlo. Se tragaba una llave y luego la echaba para salir de la caja o de lo que fuera. Podía vomitar a voluntad.

¿Dónde estaba Marianne?

Colores, pensó Anne. Todo trataba sobre luz y colores. Una caja de lápices de colores Eagle. Colores primarios. Como los asientos de un McDonald's. Los niños de la flor, el flower power… [51] decididamente había un lado infantil en todo aquello. ¿Pero había algo de malo en ello?

Ahora estaba muy cansada. «Quiero ir más despacio.» Pero los colores no se detenían. Cerró los ojos y siguieron allí, como un elemento separado. Nadando a través de ellos, como bancos de peces brillantes, corales, temblorosas algas. Pero se movía muy suavemente. Era como nadar desnuda. Muy agradable. Deslizarse tan sólo. Así era, seguir las corrientes, las brisas, rodando bajo el sol cuando uno tenía demasiado calor. Tumbarse sobre la alfombra y dormir. Cerrar los ojos y dormir.

Y entonces, al parecer, se durmió.

Pero Anne no recordó exactamente el final de todo aquello.

Más tarde tendría recuerdos nebulosos de haberse apoyado en David para caminar sobre la arena. Y había un extraño asunto sobre «tomar el camino más largo». Pero no recordaba haber vuelto al remolque y sólo cuando se despertó unas horas más tarde recordó las peculiares dificultades que había tenido para dormirse. Ello debido a los colores, que eran sin duda el principal efecto de la droga. Tan pronto como cerraba los ojos y trataba de relajarse, empezaban. Al parecer uno no podía controlarlo. Tenía cierto poder sobre las formas que asumían los colores, pero no sobre los colores mismos; sencillamente no se iban. Resultó bastante molesto. «De acuerdo, ya he tenido bastante.» Era como escuchar a alguien contándote una historia que habías oído una docena de veces. Notaba incluso esa expresión particular, fija, formándose en su rostro. Cuando se despertó, fue ésa la primera prueba que hizo, cerrar los ojos y tratar de hallar los colores y luego mirar a su alrededor y comprobar si estaban «ahí fuera». Aunque, tan pronto como se dio cuenta de lo que estaba haciendo, pensó: «Bueno, al menos puedes distinguir la diferencia.» Al final le pareció que estaban, pero sólo levemente. Para verlos tenía que esforzarse.

Aliviada, se incorporó, apoyándose sobre un codo.

Estaba en la habitación principal del remolque y entonces se dio cuenta de que estaba tumbada sobre un colchón muy estrecho con algunas de las mantas navajo por encima. David estaba a su lado, tapado también y todavía dormido. Lo intentó, pero no pudo recordar cómo había llegado hasta allí. Escuchó, pero no pudo oír a Marianne ni ninguna otra cosa en realidad, excepto el suave zumbido de un ventilador que no supo localizar. Luego aquel sonido se desvaneció bajo los sueltos, tranquilos sonidos de sí misma. Al cabo se dio cuenta de que quería orinar. Y en lugar de ir equivocándose por ahí en busca de un lavabo, se enrolló en una de las mantas, puesto que estaba desnuda, y salió del remolque.

Hacía mucho frío y el cielo estaba nublado. Para ella fue un alivio. El cielo parecía ahora envolver el vasto paisaje, de un modo casi protector, en lugar de retirarse a la aspereza del espacio. Pero aún se veían algunas estrellas y no parecía haber luz suficiente para que hubiera amanecido. Se preguntó dónde estaría su reloj. Pero bajó los peldaños y se alejó del remolque. Finalmente, a unos cien metros, se puso en cuclillas. Se tranquilizó, se contuvo durante unos segundos. El aire era hermosamente frío, inspiró una bocanada, luego dejó escapar el aire, meando al mismo tiempo. Sobre los dedos de los pies, rebotando hacia los muslos… estiró la espalda, sacudiéndose los cabellos, sintiéndolos sedosos y encantadores sobre la espalda. Se sentía bastante bien en realidad. Miró hacia abajo. «Si es de color azul brillante no te asustes.» No lo era. No tenía nada con qué limpiarse, así que esperó un momento, dejando que cayeran las últimas gotas. «Dios mío -se dijo-. Qué locura. Eres una hippy. ¡Mantas navajo! ¡Sólo te faltan los abalorios!» Parecía todo muy divertido. Luego, echándose la manta a un hombro, dejando que su piel disfrutara del aire frío, caminó de vuelta al remolque. El cubo con el tazón estaba junto a los peldaños de entrada. Se preguntó si volvería a vomitar de nuevo, decidió que no y tomó un trago. Luego se roció los muslos. Finalmente entró. El remolque estaba en silencio. David no se había movido y ella volvió a dormirse.

Estuvo dormida una hora larga, más o menos. Cuando se despertó, David estaba sentado junto a ella, y para su sorpresa, estaba fumando uno de los cigarrillos de Marianne. -¿Te encuentras bien? -susurró Anne.

– Un poco acelerado, pero bien. -Hablaba con voz normal-. Está en el dormitorio, como un tronco. Tardará horas en moverse.

– ¿Estás seguro? -Anne notó que aún susurraba.

– Dios sabe cuánto se habría tomado de eso. -Se inclinó y la besó en la mejilla-. ¿Estás enfadada? No tenías por qué tomarlo, ¿sabes?

Anne se quedó pensativa unos segundos, luego sonrió.

– No, no estoy enfadada. No sé si me gustó… Bueno, supongo que sí. No hacía más que ver colores.

– Sí, yo también.

– ¿Pero qué pretendías hacer?

– No estoy seguro. Quería sorprenderla. Ver lo que haría.

Cómo reaccionaría… Frente a ti en parte. Y cómo reaccionarías tú, lo que verías.

– Supuse que sería algo así. Pero no estoy segura de haber visto mucho, excepto que está aterrorizada.

– Es por su hija. Vogel tiene a la niña. Es su modo de tenerla bajo control. Estoy seguro.

– ¿Y qué significa? -inquirió Anne.

David vaciló, reflexionando, y si contestó la pregunta, ella no recordaba la respuesta, ya que casi de forma inmediata, le pareció, volvió a despertarse. Así que debía de haberse vuelto a dormir. Sí, porque volvía a despertarse. Y tenía la sensación de que había pasado el tiempo, igual que si se hubiera dormido en un tren y ese tiempo que había dormido, sus sueños, el movimiento de su cuerpo, se hubieran podido medir también en kilómetros. Había mucha más luz: tumbada en el suelo sólo podía mirar a través de las rendijas de la persiana de una de las ventanas y ver el sol. El aire se estaba calentando. Ahora David estaba sentado en el extremo del colchón y la miraba silenciosamente. Su cara estaba húmeda; gotas de agua relucían en sus mejillas sin afeitar. Estaba desnudo y tenía la piel enrojecida, como si acabara de frotársela con una toalla. Tumbada allí, Anne se dio cuenta de que lo deseaba, aunque con el habitual retraso en su reacción; había siempre un instante de embotada sensación y su mente se obnubilaba, como si sus sentidos lucharan por no sentir. Luego sentía realmente y su corazón empezaba a latir más deprisa. Siempre sentía el deseo primero en los labios y los pechos.

Apartó la manta.

Para mostrarse a él.

Pero aún seguía indecisa. Se oyó a sí misma susurrar:

– ¿Aún está dormida?

David asintió.

– Como una piedra.

David se puso de rodillas. Anne comprobó que ya la tenía dura y erecta y cerró los ojos. ¿Podría ella convertir su polla en una serpiente? O quizá en una flor, en un tulipán, un bonito tulipán holandés aún sin abrir, un gordo y rojo capullo justo al extremo del tallo, tan pesado que se inclina sobre él. Pero no funcionó. Si el peyote tenía algún efecto, era sólo para prestarle cierto brillo al mundo. David relucía. Ella extendió los brazos.

Inclinándose hacia delante, él empezó a besarla perezosamente. Abriendo la boca a los labios de David, ella sintió un suave aliento frío penetrando en su garganta y luego le mordió los labios como diciendo, venga, venga, no tan perezoso. Suspiraba. De repente estaba más excitada de lo que habría supuesto. Giró la cabeza y sintió los dedos masculinos recorrer sus cabellos hacia la nuca, luego el dorso de su mano le acarició con cuidado la garganta, deslizándose a lo largo de su mandíbula y volviéndose luego para cubrir el hombro, atrayéndola hacia él. Bajo las palmas de sus manos los hombros de ella eran redondos y suaves. Asiéndola por los hombros, la besó en la base de la garganta. Su lengua era suave, fría, tranquila. Luego todo eran sus manos. Sus manos quemaban y ella no podía mantener su ritmo; ella estaba aún jadeando por su peso sobre los pechos cuando empezaron a acariciar sus muslos. Su estómago tembló bajo su tacto. Los dedos de David tironearon los pezones hasta que le dolieron los pechos y luego su boca hizo desaparecer el dolor. Tenía unas manos grandes, duras, callosas, manos de jardinero. Sabían exactamente lo que debían hacer. Le abrieron las piernas, y luego los pulgares, apretando juntos, descubrieron todos sus secretos. Ella empezó a mover las caderas, no podía parar de moverlas, pero la lengua del hombre era incansable, imperturbable, malvada, porque él se limitó a inclinarse un poco hacia delante y lamerle el ano, adivinando justo lo que ella quería, que calmara allí su ansia. Y siguió y siguió. Entonces ella empezó a correrse. O notó que empezaba a correrse. Se puso tensa de ese modo particular que ella tenía, del mismo modo en que siempre lo hacía. Sin embargo, ante su pasajera consternación, no funcionó. Se puso tensa, pero había algo que fallaba. Faltaba algo, que se deshacía o se desviaba. No obstante era una grata sensación, cálida, suave, flotante. Suspiró. El suspiro recorrió su cuerpo hasta abajo y gritó. Algo estaba ocurriendo. La lengua de David no se detenía y ahora volvía a sentir sus manos. ¡Qué fuerte era! Podía escalar riscos. Podía subir por cuerdas. Ahora sus fuertes manos la cogieron por detrás de las rodillas y le echaron las piernas hacia atrás, y sus dedos, en el interior de los muslos, las separaron. Sus manos eran grandes y poderosas. Le hicieron doblar las piernas hacia atrás y separarlas aún más. Más hacia atrás y más separadas. Más separadas… Su mente se llenó de confusión. Se sintió mal. «Oh, no.

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[51] La revolucionaria filosofía de los hippies a partir de 1967, resumida por el lema «Haz el amor, no la guerra.» (N. de la T.)