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En la estancia a oscuras, Christian toca, sentado en medio de una burbuja de luz que despide destellos cobrizos de su pelo. Parece que va desnudo, pero yo sé que lleva los pantalones del pijama. Está concentrado, tocando maravillosamente, absorto en la melancolía de la música. Indecisa, lo observo entre las sombras; no quiero interrumpirlo. Me gustaría abrazarlo. Parece perdido, incluso abatido, y tremendamente solo… o quizá sea la música, que rezuma tristeza. Termina la pieza, hace una pausa de medio segundo y empieza a tocarla otra vez. Me acerco a él con cautela, como la polilla a la luz… la idea me hace sonreír. Alza la vista hacia mí y frunce el ceño, antes de centrarse de nuevo en sus manos.

Mierda, ¿se habrá enfadado porque lo molesto?

– Deberías estar durmiendo -me reprende suavemente.

Sé que algo lo preocupa.

– Y tú -replico con menos suavidad.

Vuelve a alzar la vista, esbozando una sonrisa.

– ¿Me está regañando, señorita Steele?

– Sí, señor Grey.

– No puedo dormir -me contesta ceñudo, y detecto de nuevo en su cara un asomo de irritación o de enfado.

¿Conmigo? Seguramente no.

Ignoro la expresión de su rostro y, armándome de valor, me siento a su lado en la banqueta del piano y apoyo la cabeza en su hombro desnudo para observar cómo sus dedos ágiles y diestros acarician las teclas. Hace una pausa apenas perceptible y prosigue hasta el final de la pieza.

– ¿Qué era lo que tocabas?

– Chopin. Op. 28. Preludio n.º 4 en mi menor, por si te interesa -murmura.

– Siempre me interesa lo que tú haces.

Se vuelve y me da un beso en el pelo.

– Siento haberte despertado.

– No has sido tú. Toca la otra.

– ¿La otra?

– La pieza de Bach que tocaste la primera noche que me quedé aquí.

– Ah, la de Marcello.

Empieza a tocar lenta, pausadamente. Noto el movimiento de sus manos en el hombro en el que me apoyo, y cierro los ojos. Las notas tristes y conmovedoras nos envuelven poco a poco y resuenan en las paredes. Es una pieza de asombrosa belleza, más triste aún que la de Chopin; me dejo llevar por la hermosura del lamento. En cierta medida, refleja cómo me siento. El hondo y punzante anhelo que siento de conocer mejor a este hombre extraordinario, de intentar comprender su tristeza. La pieza termina demasiado pronto.

– ¿Por qué solo tocas música triste?

Me incorporo en el asiento y lo veo encogerse de hombros, receloso, en respuesta a mi pregunta.

– ¿Así que solo tenías seis años cuando empezaste a tocar? -inquiero.

Asiente con la cabeza, aún más receloso. Al poco, añade:

– Aprendí a tocar para complacer a mi nueva madre.

– ¿Para encajar en la familia perfecta?

– Sí, algo así -contesta evasivo-. ¿Por qué estás despierta? ¿No necesitas recuperarte de los excesos de ayer?

– Para mí son las ocho de la mañana. Además, tengo que tomarme la píldora.

Arquea la ceja, sorprendido.

– Me alegro de que te acuerdes -murmura, y veo que lo he impresionado-. Solo a ti se te ocurre empezar a tomar una píldora de horario específico en una zona horaria distinta. Quizá deberías esperar media hora hoy y otra media hora mañana, hasta que al final terminaras tomándotela a una hora razonable.

– Buena idea -digo-. Vale, ¿y qué hacemos durante esa media hora?

Le guiño el ojo con expresión inocente.

– Se me ocurren unas cuantas cosas.

Sonríe lascivo. Yo lo miro impasible mientras mis entrañas se contraen y se derritan bajo su mirada de complicidad.

– Aunque también podríamos hablar -propongo a media voz.

Frunce el ceño.

– Prefiero lo que tengo en mente.

Me sube a su regazo.

– Tú siempre antepondrías el sexo a la conversación.

Río y me aferro a sus brazos.

– Cierto. Sobre todo contigo. -Inhala mi pelo y empieza a regarme de besos desde debajo de la oreja hasta el cuello-. Quizá encima del piano -susurra.

Madre mía. Se me tensa el cuerpo entero de pensarlo. Encima del piano. Uau.

– Quiero que me aclares una cosa -susurro mientras se me empieza a acelerar el pulso, y la diosa que llevo dentro cierra los ojos y saborea la caricia de sus labios en los míos.

Interrumpe momentáneamente su sensual asalto.

– Siempre tan ávida de información, señorita Steele. ¿Qué quieres que te aclare? -me dice soltando su aliento sobre la base del cuello, y sigue besándome con suavidad.

– Lo nuestro -le susurro, y cierro los ojos.

– Mmm… ¿Qué pasa con lo nuestro?

Deja de regarme de besos el hombro.

– El contrato.

Levanta la cabeza para mirarme, con un brillo divertido en los ojos, y suspira. Me acaricia la mejilla con la yema de los dedos.

– Bueno, me parece que el contrato ha quedado obsoleto, ¿no crees? -dice con voz grave y ronca y una expresión tierna en la mirada.

– ¿Obsoleto?

– Obsoleto.

Sonríe. Lo miro atónita, sin entender.

– Pero eras tú el interesado en que lo firmara.

– Eso era antes. Pero las normas no. Las normas siguen en pie.

Su gesto se endurece un poco.

– ¿Antes? ¿Antes de qué?

– Antes… -Se interrumpe, y la expresión de recelo vuelve a su rostro-. Antes de que hubiera más.

Se encoge de hombros.

– Ah.

– Además, ya hemos estado en el cuarto de juegos dos veces, y no has salido corriendo espantada.

– ¿Esperas que lo haga?

– Nada de lo que haces es lo que espero, Anastasia -dice con sequedad.

– A ver si lo he entendido: ¿quieres que me atenga a lo que son las normas del contrato en todo momento, pero que ignore el resto de lo estipulado?

– Salvo en el cuarto de juegos. Ahí quiero que te atengas al espíritu general del contrato, y sí, quiero que te atengas a las normas en todo momento. Así me aseguro de que estarás a salvo y podré tenerte siempre que lo desee.

– ¿Y si incumplo alguna de las normas?

– Entonces te castigaré.

– Pero ¿no necesitarás mi permiso?

– Sí, claro.

– ¿Y si me niego?

Me mira un instante, confundido.

– Si te niegas, te niegas. Tendré que encontrar una forma de convencerte.

Me aparto de él y me pongo de pie. Necesito un poco de distancia. Lo veo fruncir el ceño. Parece perplejo y receloso otra vez.

– Vamos, que lo del castigo se mantiene.

– Sí, pero solo si incumples las normas.

– Tendría que releérmelas -digo, intentando recordar los detalles.

– Voy a por ellas -dice, de pronto muy formal.

Uf. Qué serio se ha puesto esto. Se levanta del piano y se dirige con paso ágil a su despacho. Se me eriza el vello. Dios… necesito un té. Estamos hablando del futuro de nuestra «relación» a las 5.45 de la mañana, cuando además a él le preocupa algo más… ¿es esto sensato? Me dirijo a la cocina, que aún está a oscuras. ¿Dónde está el interruptor? Lo encuentro, enciendo y lleno de agua la tetera. ¡La píldora! Hurgo en el bolso, que dejé sobre la barra del desayuno, y la encuentro enseguida. Me la trago y ya está. Cuando termino, Christian ha vuelto y está sentado en uno de los taburetes, mirándome fijamente.

– Aquí tienes.

Me pasa un folio mecanografiado y observo que ha tachado algunas cosas.

NORMAS

Obediencia:

La Sumisa obedecerá inmediatamente todas las instrucciones del Amo, sin dudar, sin reservas y de forma expeditiva. La Sumisa aceptará toda actividad sexual que el Amo considere oportuna y placentera, excepto las actividades contempladas en los límites infranqueables (Apéndice 2). Lo hará con entusiasmo y sin dudar.