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El padre de Chian era oficial del Ejército en Tíbet. La mayoría de los oficiales destinados en Tíbet dejaban a sus familias en Chengdu, la más cercana de las poblaciones chinas propiamente dichas (ya que el Tíbet estaba considerado un territorio bárbaro e inhabitable). Hasta entonces me había sentido bastante atraída por el aspecto lánguido de Chian, pues parecía proporcionarle un aire de amabilidad. Intentando controlar el temblor de mi voz, murmuré: «¿Acaso el presidente Mao no nos ha enseñado a emplear el enfrentamiento de lucha verbal (wen-dou) con preferencia al enfrentamiento violento (wu-dou)? ¿No deberíamos, quizá…?»

Mi débil protesta se vio apoyada por varias voces. Chian, sin embargo, nos dirigió una mirada de desprecio y dijo con gran énfasis: «Trazad una línea de separación entre vosotros y los enemigos de clase. El presidente Mao dice: “¡La clemencia con el enemigo equivale a la crueldad con el pueblo! ¡Si os da miedo la sangre no seáis guardias rojos!”» El fanatismo descomponía sus facciones en una horrible mueca, y todos nos callamos. Aunque no cabía experimentar otra cosa que repugnancia ante lo que estaba haciendo, resultaba imposible discutir con él. Se nos había enseñado a mostrarnos implacables con los enemigos de clase, y cualquiera que no lo hiciera se convertiría a su vez en enemigo de clase. Di media vuelta y me dirigí rápidamente hacia el jardín trasero. Estaba lleno de guardias rojos armados de palas. Desde el interior de la casa llegó de nuevo hasta mí el sonido de los azotes, acompañado por unos alaridos que me pusieron los pelos de punta. Los gritos debían de resultar igualmente insoportables para los otros, ya que muchos de ellos dejaron de cavar y se enderezaron rápidamente: «¡Aquí no hay nada! ¡Vamonos! ¡Vamonos!» Mientras atravesábamos la habitación pude ver a Chian inclinado despreocupadamente sobre su víctima. Al otro lado de la puerta esperaba la informadora de sonrisa aduladora, cuyo rostro mostraba ahora una expresión temerosa y acobardada. Abrió la boca como si quisiera decir algo, pero no emitió palabra alguna. Al ver su rostro, comprendí que no había habido ningún retrato de Chiang Kai-shek. Había denunciado a aquella pobre mujer por un puro sentimiento de venganza. Los guardias rojos estaban siendo utilizados para arreglar viejas cuentas. Llena de asco y de rabia, volví a subir al camión.

18. «Magníficas noticias más que colosales»

El peregrinaje a Pekín (octubre-diciembre de 1966)

A la mañana siguiente logré inventar una excusa para abandonar la escuela y regresar a casa. El apartamento estaba vacío. Mi padre seguía detenido. Mi madre, mi abuela y Xiao-fang estaban en Pekín. El resto de mis hermanos, ya adolescentes, vivían por su cuenta.

Jin-ming había sentido rechazo hacia la Revolución Cultural desde el principio. Estudiaba primer curso en la misma escuela en que yo estaba. Quería ser científico, pero dicha profesión había sido denunciada como burguesa por la Revolución Cultural. Él y otros muchachos de su curso habían formado una pandilla antes de que ésta llegara. Les encantaban las aventuras y el misterio, y se llamaban a sí mismos la Hermandad de Hierro Forjado. Jin-ming era su hermano número uno. Era alto, y destacaba brillantemente en sus estudios. Sirviéndose de sus conocimientos de química, había realizado espectáculos semanales de magia para sus compañeros de curso y se había ausentado deliberadamente de aquellas clases que no le interesaban o cuyo contenido ya había superado previamente. Asimismo, era justo y generoso con el resto de los alumnos.

Cuando el 16 de agosto se fundó la organización de la Guardia Roja en la escuela, la hermandad de Jin-ming se fusionó con ella. Se les encomendó la labor de imprimir panfletos y distribuirlos por las calles. Los folletos habían sido redactados por guardias rojos adolescentes de mayor edad que ellos y mostraban títulos típicos tales como: «Declaración de la Fundación de la Primera Brigada de la Primera División del Ejército de la Guardia Roja de la Escuela Número Cuatro» (todas las organizaciones de la Guardia Roja portaban nombres rimbombantes), «Declaración Solemne» (un alumno anunciaba haberse cambiado el nombre a «Huang el Guardia del Presidente Mao»); «Magníficas Noticias más que Colosales» (un miembro de la Autoridad de la Revolución Cultural acababa de dar audiencia a un grupo de guardias rojos), y «Últimas y Más Supremas Instrucciones» (acababan de filtrarse una o dos palabras de Mao).

Jin-ming no tardó en aburrirse de aquellas insensateces. Comenzó a ausentarse de las misiones que se le encomendaban y se fijó en una muchacha que era de su misma edad, trece años. Se le antojaba como la mujer perfecta: hermosa, amable y algo altiva, con una pizca de timidez. No se dirigió a ella, sino que se contentó con admirarla de lejos.

Un día, los alumnos de su curso recibieron la orden de llevar a cabo un asalto domiciliario. Los guardias rojos de mayor edad dijeron algo acerca de la existencia de intelectuales burgueses. Todos los miembros de la familia fueron hechos prisioneros y agrupados en una de las habitaciones mientras los guardias rojos registraban el resto de la vivienda. Jin-ming quedó encargado de vigilar a la familia. Para su gran alegría, observó que la otra «carcelera» era la joven que le gustaba.

Había tres «prisioneros»: un hombre de mediana edad, su hijo y su nuera. Resultaba evidente que el asalto no les había cogido por sorpresa, y permanecían sentados con expresión resignada, contemplando a Jin-ming con la mirada perdida en el vacío. Jin-ming se sentía turbado por aquella mirada, y su desasosiego aumentaba por la presencia de la muchacha, quien no hacía más que mirar de soslayo hacia la puerta con aspecto aburrido. Al ver a varios jóvenes que transportaban una enorme caja de madera llena de porcelana, murmuró a Jin-ming que iba a echar un vistazo y abandonó la estancia.

Solo frente a sus prisioneros, Jin-ming notó que su incomodidad aumentaba. La mujer se puso en pie y dijo que quería ir a la habitación contigua para dar el pecho a su hijo. Jin-ming aceptó de buen grado. Tan pronto como abandonó la estancia, entró apresuradamente la muchacha objeto de su admiración. Con tono severo, le preguntó por qué uno de los prisioneros había escapado a la custodia. Jin-ming respondió que le había dado permiso, y ella le acusó a gritos de mostrarse blando con los enemigos de clase. La joven llevaba un cinturón de cuero que rodeaba lo que Jin-ming había admirado como su cimbreante cintura. Quitándoselo, lo sostuvo apuntando a su nariz -un gesto estudiado típico de los guardias rojos- mientras continuaba gritándole. Jin-ming se quedó estupefacto. La muchacha estaba irreconocible. De repente, no quedaba en ella ningún rastro de amabilidad, timidez o encanto. Era la imagen histérica de la fealdad. Con aquel episodio se extinguió el primer amor de Jin-ming.