En el despacho de mi padre, los Ting le contaron a éste cómo habían sido rehabilitados y le revelaron su nueva situación. Le dijeron que habían estado en su departamento y que se habían enterado a través de los Rebeldes de los problemas que había tenido. No obstante, afirmaron, siempre le habían apreciado en los viejos tiempos de Yibin, aún sentían gran estima por él y querían que volviera a trabajar con ellos. Le prometieron que todas las declaraciones incriminatorias que había realizado podían ser olvidadas si cooperaba. No sólo eso, sino que podría volver a ascender en la estructura de poder ocupándose, por ejemplo, de todos los asuntos culturales de Sichuan. Dieron a entender con claridad que se trataba de una oferta que no podía permitirse el lujo de rechazar. Mi padre se había enterado del nombramiento de los Ting a través de mi madre, quien a su vez lo había leído en diversos carteles murales. Al saberlo, le había dicho a ella: «No debemos fiarnos de rumores. ¡Eso que dices es imposible!» Le parecía increíble que Mao hubiera situado a aquella pareja en puestos vitales. Intentando contener su repugnancia, dijo:
– Lo siento. No puedo aceptar su oferta.
La señora Ting espetó:
– Le estamos haciendo un gran favor que muchos otros habrían implorado de rodillas. ¿Es usted consciente de la situación en la que se encuentra y de quiénes somos nosotros ahora?
La cólera de mi padre aumentó. Dijo:
– Me hago responsable personalmente de cualquier cosa que haya podido decir o hacer. No quiero verme mezclado con ustedes.
Durante la acalorada discusión que siguió, aseguró que había considerado justo el castigo a que ambos habían sido sometidos y dijo que nunca deberían habérseles confiado tan importantes puestos. Estupefactos, los Ting le dijeron que tuviera cuidado con lo que decía: era el propio presidente Mao quien los había rehabilitado y calificado de «buenos funcionarios».
Mi padre prosiguió, estimulado por la indignación que sentía:
– El presidente Mao no puede haber conocido todos los hechos acerca de ustedes. ¿Qué clase de «buenos funcionarios» son ustedes? Han cometido errores imperdonables. -Se contuvo para no decir «crímenes».
– ¡Cómo se atreve a poner en tela de juicio las palabras de Mao! -exclamó la señora Ting-. El vicepresidente Lin Biao ha dicho: «¡Cada palabra del presidente Mao es como diez mil palabras y representa la verdad universal y absoluta!»
– Que una palabra signifique una palabra -repuso mi padre- constituye de por sí la proeza suprema de un hombre. No es humanamente posible que una palabra equivalga a diez mil. La afirmación del vicepresidente Lin Biao fue retórica, y no debe ser entendida de un modo literal.
Según ellos mismos lo relataron posteriormente, los Ting no podían dar crédito a lo que oían. Advirtieron a mi padre que aquel modo de pensar, hablar y comportarse era contrario a la Revolución Cultural encabezada por el presidente Mao. A ello repuso mi padre que le encantaría tener la ocasión de discutir con el presidente Mao de todo aquel asunto. Decir aquello resultaba tan suicida que los Ting se quedaron sin habla. Tras un intervalo en silencio, ambos se levantaron para partir.
Mi abuela oyó sus pisadas indignadas y salió corriendo de la cocina con las manos blancas por la harina de trigo en la que había estado rebozando la masa. Al hacerlo, chocó con la señora Ting y rogó a la pareja que se quedara a almorzar. La señora Ting hizo como si no existiera, salió furiosa del apartamento, y comenzó a descender las escaleras. Al llegar al rellano, se detuvo, giró en redondo y gritó colérica a mi padre, que había salido tras ellos:
– ¿Acaso está loco? Se lo pregunto por última vez: ¿aún rehusa aceptar mi ayuda? Imagino que será consciente de que puedo hacer con usted lo que quiera.
– No quiero tener nada que ver con ustedes -dijo mi padre-. Ustedes y yo pertenecemos a especies distintas.
Dicho aquello regresó a su despacho, dejando en las escaleras a mi atónita y atemorizada abuela. Salió casi de inmediato portando un tintero de piedra con el que entró en el cuarto de baño. Tras verter unas cuantas gotas de agua sobre la piedra, regresó a su despacho con aire pensativo. A continuación, se sentó ante su mesa y comenzó a deshacer una barra de tinta a base de hacerla girar una y otra vez sobre la piedra hasta obtener un líquido negro y espeso. Luego extendió una hoja en blanco frente a él. En pocos minutos había concluido su segunda carta a Mao. Comenzaba diciendo: «Presidente Mao, apelo a usted, de comunista a comunista, para que detenga la Revolución Cultural.» La carta continuaba con una descripción de los desastres en los que ésta había sumido a China, y concluía: «Temo lo peor para nuestro Partido y nuestro país si a gente como Liu Jie-ting y Zhang Xi-ting se les concede un poder que afecta a las vidas de decenas de millones de personas.»
Dirigió el sobre al «Presidente Mao, Pekín», y lo llevó personalmente a la oficina de correos que había al comienzo de la calle. Envió la carta por correo aéreo y certificado. El empleado que atendía el mostrador tomó el sobre y paseó la mirada por él con expresión absolutamente inmutable. Por fin, mi padre regresó caminando a casa… a esperar.
20. «No venderé mi alma»
Una tarde, tres días después de enviar mi padre su carta a Mao, mi madre oyó que llamaban con los nudillos a la puerta de nuestro apartamento y salió a abrir. Entraron tres hombres, vestidos con el holgado atuendo azul similar a un uniforme que llevaban todos los hombres en China. Mi padre conocía a uno de ellos: había trabajado como conserje en su departamento y ahora era militante Rebelde. Uno de los otros, un individuo de elevada estatura con un rostro delgado y cubierto de forúnculos, anunció que eran Rebeldes de la policía y que habían venido a detenerle por ser un contrarrevolucionario en activo que ataca al presidente Mao y a la Revolución Cultural. A continuación, él y el tercer hombre, más bajo y robusto que su compañero, aferraron a mi padre por los brazos y le indicaron con un gesto que se pusiera en marcha.
No le mostraron tarjeta de identidad alguna, y mucho menos una orden de detención. Sin embargo, no cabía duda de que se trataba de policías Rebeldes de paisano. Su autoridad era incuestionable, ya que venían en compañía de un Rebelde del departamento de mi padre.
Aunque no mencionaron su carta a Mao, mi padre supo que debía de haber sido interceptada, como era poco menos que inevitable. Ya había contado con que sería probablemente arrestado, no sólo porque había vertido sus blasfemias sobre el papel sino porque ahora existía una autoridad -los Ting- capacitada para sancionar su detención. A pesar de ello, había preferido aferrarse a la única esperanza que le quedaba, por remota que fuera. Así pues, se mostró tenso y silencioso, pero no protestó. Cuando salía del apartamento se detuvo un instante y dijo suavemente a mi madre: «No guardes rencor al Partido. Ten confianza en que sabrá corregir sus errores, por graves que éstos sean. Divorcíate de mí y transmite mi amor a nuestros hijos. No permitas que se alarmen.»
Aquella tarde, cuando llegué a casa, descubrí la ausencia de mis padres. Mi abuela me dijo que mi madre había partido hacia Pekín para interceder por mi padre, quien había sido detenido por Rebeldes de su departamento. No pronunció la palabra «policía», ya que ello me hubiera resultado demasiado inquietante al tratarse de una forma de detención más seria e irreversible que un simple arresto por los Rebeldes.