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Al igual que las órdenes militares, las normas del Partido prohibían a sus miembros comentar entre ellos la política del mismo. El catecismo del Partido estipulaba que todo miembro debía obedecer incondicionalmente a su organización, y qué un funcionario de rango inferior debía obedecer a otro de rango superior, ya que éste representaba para él una encarnación de la organización del Partido. Tan severa disciplina -en la que los comunistas habían insistido desde antes de la época de Yan'an- resultaba fundamental para su éxito. Constituía un instrumento de poder formidable e imprescindible en una sociedad en la que las relaciones personales se anteponían tradicionalmente a cualquier otra norma. Mi padre se mostraba totalmente partidario de la misma. Opinaba que la revolución no podía defenderse y mantenerse si se permitía que fuera desafiada abiertamente. En una revolución, uno tenía que luchar por su bando incluso si éste no era perfecto… siempre y cuando uno creyera que era mejor que el opuesto. La unidad constituía una necesidad imperativa y categórica.

Mi madre no tenía dificultad en advertir que en lo que se refería a la relación de mi padre con el Partido ella no era sino una extraña más. Un día en que se le ocurrió realizar ciertos comentarios críticos acerca de la situación sin obtener respuesta por parte de él, le dijo en tono de amargura: «¡Eres un buen comunista, pero no podías ser peor esposo!» Mi padre asintió, confirmando que ya lo sabía.

Catorce años después, mi padre nos reveló casi todo lo que le había ocurrido en 1957. Desde sus primeros días en Yan'an, cuando aún era un jovencito de veinte años, había sido buen amigo de una conocida escritora llamada Ding Ling. En marzo de 1957, cuando estaba en Pekín encabezando la delegación de Sichuan en una conferencia de Asuntos Públicos, recibió un mensaje de ella invitándole a visitarla en Tianjin, cerca de Pekín. A mi padre le apetecía ir, pero decidió no hacerlo debido a que tenía prisa por regresar a casa. Varios meses después, Ding Ling fue etiquetada como la derechista número uno de China. «Si hubiera ido a verla -dijo mi padre- yo mismo hubiera caído con ella.»

12. «Una mujer capaz puede hacer la comida aunque no cuente con alimentos»

El hambre (1958-1962)

En otoño de 1958, cuando yo contaba seis años de edad, comencé a asistir a la escuela primaria, situada a unos veinte minutos de distancia de mi casa tras un recorrido formado en gran parte por senderos empedrados y llenos de lodo. Todos los días, mientras iba y volvía, permanecía con la vista fija en el suelo escrutando cada centímetro de terreno en busca de clavos rotos, tuercas oxidadas y cualquier otro objeto de metal que hubiera podido incrustarse en el barro o entre los adoquines. Aquellas piezas eran necesarias para alimentar los hornos de fundición de acero, y su búsqueda constituía mi ocupación principal. Sí, con sólo seis años ya contribuía a la producción de acero, y había de competir con mis compañeros de colegio para ver quién suministraba la mayor cantidad de chatarra. A mi alrededor, los altavoces derramaban música por doquier, y había estandartes, carteles y grandes consignas pintadas por las paredes que proclamaban «¡Viva el Gran Salto Adelante!» y «¡Contribuyamos todos a la producción de acero!». Aunque yo aún no comprendía del todo los motivos, sí sabía que el presidente Mao había ordenado a la nación que fabricara grandes cantidades de acero. En mi escuela, algunos de los woks que se utilizaban en el gigantesco hogar de la cocina habían sido sustituidos por cubas en forma de crisol. A ellos iba a parar toda nuestra chatarra de hierro, incluidos los viejos woks previamente fragmentados. Los hornos permanecían constantemente encendidos hasta que éstos se derretían, y nuestros maestros se turnaban para alimentarlos de leña las veinticuatro horas del día y remover la chatarra de los crisoles con un enorme cucharón. No recibíamos muchas clases, ya que tanto los profesores como los muchachos en edad adolescente estaban demasiado ocupados controlando los crisoles. El resto de los niños nos habíamos organizado para limpiar los apartamentos de los profesores y cuidar de sus hijos pequeños.

Recuerdo una vez en que algunos niños y yo fuimos al hospital para visitar a una de nuestras maestras que sufría en ambos brazos graves quemaduras producidas por salpicaduras de hierro derretido. Alrededor de ella se afanaban frenéticamente médicos y enfermeras ataviadas con batas blancas. En las dependencias del hospital se había instalado igualmente un horno que debía ser constantemente alimentado con troncos día y noche, incluso durante el curso de las operaciones quirúrgicas.

Poco antes de que empezara a ir al colegio, mi familia se había trasladado de la antigua vicaría a un complejo especial que entonces constituía la sede del Gobierno provincial. Comprendía varias calles, y se hallaba formado por bloques de oficinas y apartamentos y cierto número de casas individuales. Un elevado muro lo mantenía aislado del mundo exterior. Una vez traspasada la verja principal, se llegaba a lo que había sido el Club de Militares de los Estados Unidos durante la Segunda Guerra Mundial. Ernest Hemingway había pasado la noche allí en 1941. El edificio del club estaba construido al estilo chino tradicional, con tejados amarillos de bordes respingones y pesados pilares de color rojo oscuro, y entonces era la sede del secretariado del Gobierno de Sichuan.

En la zona de estacionamiento en la que solían esperar los chóferes se había construido un enorme horno. Por las noches, el cielo aparecía iluminado, y el rumor de la multitud que lo rodeaba podía oírse desde mi dormitorio, situado a trescientos metros de distancia. Los woks de mi familia fueron a parar a aquel horno junto con todos nuestros utensilios de cocina fabricados con hierro fundido. Su pérdida, sin embargo, no supuso inconveniente alguno, dado que ya no los necesitábamos. Para entonces se había prohibido la cocina privada, y todo el mundo tenía que comer en las cantinas. Los hornos eran insaciables. Desapareció la cama de mis padres, blanda, cómoda y dotada de muelles de hierro. Desaparecieron igualmente los raíles que atravesaban el empedrado de las ciudades y todos los objetos fabricados con hierro. Durante varios meses apenas vi a mis padres. A menudo no regresaban a casa para dormir, ya que tenían que vigilar que no descendiera la temperatura de los hornos instalados en sus respectivas oficinas.

Fue en aquella época cuando Mao dio rienda suelta a su antiguo sueño de convertir a China en una moderna potencia mundial de primer orden. Nombró al acero «mariscal» de la industria y ordenó que la producción fuera doblada en el plazo de un año, esto es, de los cinco millones trescientas cincuenta mil toneladas de 1957 a diez millones setecientas mil toneladas en 1958. Sin embargo, en lugar de intentar expandir la industria con trabajadores cualificados, decidió involucrar en ella a toda la población. Cada unidad tenía una cuota de producción de acero, y durante varios meses todo el mundo interrumpió sus actividades habituales para cumplir lo exigido. El desarrollo económico del país se vio reducido a la simple cuestión de cuántas toneladas de acero podían llegar a producirse, y la totalidad de la nación se vio inmersa en aquella tarea común. Los cálculos oficiales determinaron que casi cien millones de campesinos habían sido apartados de las labores agrícolas para contribuir a la producción de acero. Hasta entonces, habían constituido la fuerza de trabajo que había producido la mayor parte de los alimentos del país. Las montañas se vieron despojadas de árboles por la necesidad de obtener combustible y, sin embargo, el resultado de aquella producción en masa apenas alcanzó lo que la gente dio en denominar «caca de vaca» (niu-shi-ge-da), es decir, excrementos inútiles.

Aquella situación absurda reflejaba no sólo la ignorancia de Mao de cómo debía funcionar un sistema económico sino también una falta de visión cuasi metafísica de la realidad, lo que podría haber resultado interesante en un poeta pero resultaba una cuestión muy distinta en manos de un líder político dotado de poder absoluto. Uno de sus componentes principales era un profundo desprecio por la vida humana. No hacía mucho, le había dicho al embajador de Finlandia: «Incluso en el caso de que los Estados Unidos tuvieran bombas atómicas más potentes que las de China y las emplearan para abrir un profundo boquete en la tierra o incluso la pulverizaran en mil pedazos, ello podría influir significativamente en el sistema solar, pero no dejaría de constituir un acontecimiento insignificante en lo que respecta a la totalidad del universo.»