Mi madre anunció enérgicamente que la «clase de los demonios» quedaba disuelta. Ello produjo cierto revuelo entre los alumnos, pero ninguno osó desafiar su orden. Algunos comenzaron a murmurar entre sí, pero guardaron silencio cuando mi madre les pidió que dijeran lo que tuvieran que decir en voz alta. A continuación, les dijo que era ilegal detener a alguien sin autorización, y que no debían maltratar a sus profesores, ya que éstos eran merecedores de su gratitud y respeto. La puerta del aula se abrió y los prisioneros fueron puestos en libertad.
Aquel modo de enfrentarse a la corriente que entonces imperaba constituyó un acto de notable valentía por parte de mi madre. Muchos otros equipos de trabajo se dedicaban a convertir en víctimas a personas completamente inocentes para así salvar su propia piel. De hecho, ella misma tenía más motivos de preocupación que la mayoría. Las autoridades provinciales habían castigado ya a numerosos chivos expiatorios, y mi padre tenía el poderoso presentimiento de que él habría de ser el siguiente. Un par de colegas suyos le habían comentado discretamente que en algunas de las organizaciones a su cargo la gente comenzaba a decir que convendría considerarle sospechoso.
Mis padres nunca nos decían nada de todo aquello a mis hermanos y a mí. El pudor que hasta entonces les había impedido hablar de política aún lograba evitar que nos abrieran su mente. Ahora, además, les resultaba aún más difícil hablar. La situación era tan complicada y confusa que ni siquiera ellos mismos la comprendían. ¿Qué podrían habernos dicho para que la entendiéramos nosotros? ¿Y de qué hubiera servido, en cualquier caso? Nadie podía hacer nada. Es más, la propia información resultaba peligrosa. Como resultado, mis hermanos y yo no nos hallábamos en absoluto preparados para la Revolución Cultural, aunque sí intuíamos vagamente la proximidad de una catástrofe.
Bajo aquella atmósfera llegó el mes de agosto y, súbitamente, como una tormenta que asolara China a su paso, surgieron millones de guardias rojos.
16. «Remóntate hacia el cielo y perfora la tierra»
Con Mao, toda una generación de adolescentes creció a la espera de lanzarse a la lucha contra los enemigos de clase, ya que los vagos llamamientos a la Revolución Cultural que aparecían en la prensa habían llegado a crear la sensación de una «guerra» inminente. Algunos jóvenes políticamente perspicaces intuían que su ídolo, Mao, poseía una implicación directa en ello, y el adoctrinamiento recibido no les daba otra opción que ponerse de su lado. A comienzos de junio, unos cuantos activistas procedentes de una escuela de enseñanza media dependiente de una de las universidades chinas de mayor prestigio -la de Qinghua, en Pekín- se habían reunido en diversas ocasiones para discutir la estrategia de la inminente batalla y habían decidido llamarse a sí mismos la Guardia Roja del Presidente Mao. A la hora de buscar un lema propio, recurrieron a una cita de Mao recientemente aparecida en el Diario del Pueblo: «La rebelión está justificada.»
Aquellos primeros guardias rojos eran hijos de altos funcionarios. Sólo ellos podían sentirse lo suficientemente seguros como para dedicarse a actividades de este tipo. Asimismo, se habían educado en un ambiente político, por lo que se mostraban más interesados en la intriga política que la mayoría de los chinos. Tan pronto como advirtió su existencia, la señora Mao les concedió audiencia para el mes de julio. El 1 de agosto, Mao realizó un gesto desacostumbrado: les escribió una carta abierta en la que les ofrecía su «más cálido y vigoroso apoyo». Aprovechaba, además, la carta para modificar sutilmente sus palabras anteriores, indicando que «La rebelión contra los reaccionarios está justificada». Para unos jovenzuelos fanáticos, aquello fue como si se les hubiera aparecido Dios. Después de aquello, surgieron grupos de guardias rojos por todo Pekín y, posteriormente, por toda China.
Mao quería que la Guardia Roja constituyera su fuerza de choque. Podía advertir que el pueblo no estaba respondiendo a sus repetidos llamamientos para atacar a los seguidores del capitalismo. El Partido Comunista poseía un número considerable de simpatizantes y, lo que es más, la lección de 1957 aún seguía fresca en las mentes de todos. También entonces, Mao había solicitado a la población que expresara sus críticas hacia los funcionarios del Partido, pero aquellos que habían aceptado su invitación habían terminado siendo calificados de derechistas y consecuentemente purgados. La mayoría de la gente sospechaba que se estaba repitiendo aquella misma táctica de «sacar a las serpientes de sus madrigueras para cortarles la cabeza».
Si quería que la población entrara en acción, Mao debería quitar autoridad al Partido y concentrar en sí mismo una lealtad y obediencia absolutas. Para lograr esto necesitaba crear terror, un terror tan intenso que paralizara cualquier otra consideración y neutralizara cualquier otro temor. Veía en los muchachos y muchachas adolescentes sus agentes ideales. Todos ellos se habían criado bajo un fanático culto a la personalidad de Mao y en la doctrina militante de la lucha de clases. Poseían todas las cualidades de la juventud: eran rebeldes, intrépidos, deseosos de luchar por una causa justa, sedientos de acción y aventura. También eran irresponsables, ignorantes, fáciles de manipular… e inclinados a la violencia. Sólo ellos podrían proporcionar a Mao la inmensa fuerza que necesitaba para aterrorizar a toda la sociedad y crear un caos que sacudiera -y luego destrozara- los cimientos del Partido. Una de las consignas resumía a la perfección la misión de la Guardia Roja: «¡Declaramos una guerra sangrienta contra cualquiera que ose oponerse a la Revolución Cultural o al Presidente Mao!»
Hasta entonces, todas las políticas y las órdenes se habían transmitido a través de un sistema estrechamente controlado y situado enteramente en manos del Partido. Mao dejó de lado aquella vía y se dirigió directamente a la juventud en masa. Para ello, combinó dos métodos completamente distintos: por un lado, una retórica rimbombante difundida abiertamente por la prensa; por otro, una manipulación y agitación conspiratorias por parte de la Autoridad de la Revolución Cultural y, especialmente, por su esposa. Ambas eran quienes proporcionaban el auténtico significado de dicha retórica. Ciertas frases, tales como «rebelión contra la autoridad», «revolución en la educación», «destrucción del viejo mundo para permitir el nacimiento de un mundo nuevo» y «creación de un nuevo hombre» -expresiones, todas ellas, por las que muchas personas del mundo occidental se sintieron atraídas durante los años sesenta-, se interpretaron como llamadas a una acción violenta. Mao era consciente de la violencia que latía en los jóvenes, y afirmaba que al estar bien alimentados y no tener que preocuparse por sus estudios resultaría sencillo agitarlos y servirse de su energía sin límites para causar estragos.
Para despertar una violencia colectiva controlada entre los jóvenes era necesario disponer de víctimas. Los objetivos más evidentes de cualquier colegio eran los profesores, algunos de los cuales ya habían estado en el punto de mira de los equipos de trabajo y las autoridades académicas a lo largo de los últimos meses. Ahora, se abalanzaron sobre ellos los jóvenes rebeldes. Los profesores constituían mejor objetivo que los padres, a los que únicamente hubiera podido atacarse de un modo individual y aislado. Además, representaban en la cultura china una figura de autoridad más importante que la de los progenitores. Así, apenas hubo escuela china en la que los profesores no se vieran insultados y golpeados, a veces con consecuencias fatales. Algunos alumnos organizaron prisiones en las que sus maestros eran torturados.