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Aun así, decidió ir. En la expedición había otra mujer, asimismo embarazada. Una tarde, el equipo decidió hacer un alto para almorzar en un patio desierto. Presumían que el dueño habría huido, ahuyentado probablemente por su presencia. Los muros de barro de apenas un metro de altura que rodeaban el recinto cubierto de hierbajos se habían derrumbado en varios sitios. La verja de madera estaba entreabierta y crujía mecida por la brisa de primavera. Mientras el cocinero del grupo preparaba el arroz en la cocina abandonada, apareció un hombre de mediana edad. Su aspecto era el de un campesino: calzaba sandalias de paja y llevaba unos pantalones holgados y un gran trozo de tela a modo de delantal enfundado en uno de los costados de una faja de algodón. Su cabeza aparecía cubierta por un sucio turbante. Les dijo que una banda de hombres pertenecientes a un célebre grupo de bandidos conocidos como la Brigada del Sable se encaminaba en aquella dirección, y que se hallaban especialmente interesados en capturar a mi madre y a la otra mujer del grupo porque sabían que se trataba de esposas de funcionarios comunistas.

El hombre no era un campesino corriente. Con el Kuomintang, había sido el cacique del municipio local que gobernaba una serie de pequeñas aldeas, incluida aquella en la que se encontraban los miembros de la expedición. Al igual que hacía con todos los terratenientes y antiguos miembros del Kuomintang, la Brigada del Sable había intentado obtener su colaboración. Él se había unido a la brigada, pero quería mantener abiertas sus opciones y había optado por avisar a los comunistas para asegurar su futuro. Así pues, les reveló la mejor ruta de escape.

Inmediatamente, el grupo se dispuso a emprender la huida. Sin embargo, mi madre y la otra mujer no podían desplazarse a mucha velocidad, por lo que el cacique las condujo a través de una oquedad del muro y las ayudó a ocultarse en un almiar cercano. El cocinero se entretuvo en la cocina para envolver el arroz ya cocinado y verter agua fría sobre el wok [7]con objeto de enfriarlo y poder llevarlo consigo. El arroz y el wok eran demasiado preciosos para abandonarlos, y un wok de hierro era difícil de conseguir, especialmente en tiempo de guerra. Dos de los soldados permanecieron en la cocina ayudándole y apremiándole. Por fin, el cocinero cogió el arroz y el wok y los tres partieron a la carrera en dirección a la puerta posterior. Los bandidos, sin embargo, entraban ya por la verja frontal y los alcanzaron al cabo de pocos metros. Cayeron sobre ellos y los apuñalaron. Sin embargo, andaban cortos de municiones, por lo que no pudieron disparar al resto del grupo, aún visible a cierta distancia. Mi madre y la otra mujer, ocultas en la paja del almiar, no fueron descubiertas.

Poco después, la banda fue capturada junto con el cacique, quien era a la vez uno de los jefes de la misma y una de las «serpientes en sus antiguas guaridas», lo que le convertía en candidato a ser ejecutado. Sin embargo, había avisado al grupo y había salvado la vida de las dos mujeres. En aquella época, las condenas a muerte debían ser ratificadas por un consejo de revisión formado por tres hombres. Casualmente, el presidente del tribunal no era otro que mi padre. El segundo miembro era el marido de la otra mujer embarazada, y el tercero era el jefe local de policía.

Los miembros del tribunal se enfrentaban por dos contra uno. El marido de la otra mujer había votado perdonar la vida al cacique. Mi padre y el jefe de policía habían votado por ratificar la condena a muerte. Mi madre intercedió frente al tribunal para que dejaran vivir al hombre, pero mi padre se mostró inflexible. Dijo a mi madre que aquello era exactamente con lo que había contado éclass="underline" había elegido avisar precisamente a aquella expedición porque sabía que en ella se encontraban las esposas de dos importantes funcionarios. «Tiene demasiada sangre en las manos -dijo mi padre. Mientras, el marido de la otra mujer mostraba vehementemente su desacuerdo-. Pero -continuó mi padre, descargando el puño sobre la mesa-, si no podemos ser indulgentes se debe precisamente al hecho de que se trataba de nuestras mujeres. Si dejamos que los sentimientos personales influyan en nuestras decisiones, ¿qué diferencia habrá entre la nueva China y la vieja?» El cacique fue ejecutado.

Mi madre no pudo perdonar a mi padre por aquello. Pensaba que el hombre no debía morir debido a la gran cantidad de vidas que había salvado y a que mi padre, en particular, le «debía» una. En su opinión que, sin duda, habría sido compartida por la mayor parte de la gente, el proceder de mi padre constituía la prueba de que no la atesoraba, a diferencia de lo que había demostrado el marido de la otra mujer.

Apenas había concluido el juicio cuando el grupo de mi madre fue enviado a una nueva expedición. Aún se sentía sumamente mal debido a su estado, y vomitaba y se fatigaba constantemente. Había estado experimentando dolores abdominales desde que tuviera que correr a buscar refugio en el almiar. El marido de la otra mujer embarazada decidió que no iba a permitir a ésta que fuera de nuevo. «Protegeré a mi mujer embarazada -dijo- y a todas aquellas mujeres que lo estén. A ninguna mujer embarazada debería permitírsele arrostrar tales peligros.» Sin embargo, hubo de enfrentarse a la feroz oposición de la jefa de mi madre, la señora Mi, una campesina que había luchado con la guerrilla. Ninguna campesina -decía- hubiera soñado con permitirse un descanso por el hecho de estar embarazada. Aquellas mujeres, por el contrario, trabajaban hasta el momento del parto, y circulaban innumerables historias acerca de algunas que se habían cortado el cordón umbilical con una hoz y habían proseguido a continuación su labor. La señora Mi había parido a su propio hijo en un campo de batalla y se había visto obligada a abandonarlo allí mismo, ya que el llanto de un niño podría haber puesto en peligro a toda la unidad. Así, tras haber perdido a su hijo, parecía desear que las demás hubieran de correr una suerte parecida. Insistió en enviar de nuevo a mi madre, y para ello esgrimió un argumento notablemente persuasivo. En aquella época no se permitía la boda de ningún miembro del Partido, con la excepción de oficiales de rango relativamente superior (aquellos que alcanzaban la categoría de «28-7-regimiento-1»). Por ello, cualquier mujer embarazada debía necesariamente ser miembro de la élite. Si ellas no iban, ¿cómo podía el Partido convencer a las demás para que fueran? Mi padre se mostró de acuerdo con ella, y dijo a mi madre que debía ir.

A pesar del temor que sentía de abortar de nuevo, mi madre aceptó aquella decisión. Se sentía preparada para morir, pero había confiado en que mi padre se opondría a su partida… y en que así lo diría. De ese modo, habría sentido que había antepuesto su seguridad a otras consideraciones. Sin embargo, advirtió que mi padre, antes que nada, sentía lealtad hacia la revolución, lo que le produjo una amarga decepción.

Pasó varias semanas dolorosas y agotadoras caminando por colinas y montañas. Las escaramuzas eran cada vez más frecuentes. Casi todos los días llegaban noticias de otros grupos cuyos miembros habían sido torturados y asesinados por los bandidos. Se mostraban especialmente sádicos con las mujeres. Un día, el cadáver de una de las sobrinas de mi padre fue arrojado a las puertas de la ciudad: había sido violada y apuñalada, y tenía la vagina destrozada y ensangrentada. Otra joven fue asimismo capturada por la Brigada del Sable durante una escaramuza. Rodeados por los comunistas, los bandidos habían atado a la mujer y la habían ordenado gritar a sus camaradas que les permitieran escapar. Ella, por el contrario, había gritado: «¡Adelante, no os preocupéis por mí!» A cada uno de sus gritos, uno de los bandidos le había cortado un trozo de carne con un cuchillo. Había muerto horriblemente mutilada. Tras varios incidentes de aquel tipo, se decidió que las mujeres no debían volver a ser enviadas en expediciones de aprovisionamiento.

En Jinzhou, entretanto, mi abuela no había cesado de preocuparse por su hija. Tan pronto como le llegó carta de ella diciendo que había llegado a Yibin, decidió acudir para comprobar si se encontraba bien. En marzo de 1950, completamente sola, inició su Larga Marcha particular a través de China.

No sabía nada del resto de aquel inmenso país, e imaginaba que Sichuan no sólo era una región montañosa y aislada sino que también carecería de las necesidades cotidianas para la vida. Su primer instinto le impulsó a llevar consigo una gran cantidad de bienes de primera necesidad. Sin embargo, en el país continuaban las revueltas, y la ruta que había de seguir continuaba asolada por las luchas; se dio cuenta de que iba a tener que transportar su propio equipaje y, probablemente, caminar durante gran parte del trayecto, lo que resultaba sumamente difícil si se tenían los pies vendados. Por fin, decidió transportar tan sólo un pequeño petate que pudiera acarrear por sí misma.

Sus pies habían crecido desde que contrajera matrimonio con el doctor Xia. Tradicionalmente, los manchúes no eran dados al vendaje de pies, por lo que mi abuela se había despojado de sus ligaduras y había visto cómo sus pies crecían ligeramente. Aquel proceso fue casi tan doloroso como el vendaje inicial. Evidentemente, los huesos rotos no podían soldarse de nuevo, por lo que los pies no recuperaron su forma original sino que continuaron encogidos y tullidos. Mi abuela quería que tuvieran un aspecto normal, por lo que solía rellenar sus zapatos con algodón.

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[7]Wok: sartén china de metal con fondo convexo utilizada para freír, hervir o cocer los alimentos al vapor. (N. del T.)