Posteriormente, los guardias rojos organizaron una asamblea en mi propio curso en la que todos tendríamos que detallar los antecedentes de nuestras familias para que pudiera clasificársenos. Cuando llegó mi turno, anuncié con enorme alivio «funcionario de la Revolución». Tres o cuatro alumnos dijeron «personal de oficinas». En la jerga utilizada entonces, ello era bien distinto a funcionario, ya que estos últimos ocupaban posiciones más elevadas. La división no estaba demasiado clara, pues no existía una definición precisa del significado de «posición elevada». Sin embargo, era preciso emplear aquellas vagas denominaciones para rellenar numerosos formularios, todos los cuales contaban con una casilla en la que había que indicar los antecedentes familiares. Los alumnos cuyos padres fueran personal de oficinas fueron calificados de grises junto con una muchacha cuyo padre tenía el empleo de ayudante en un comercio. Los guardias rojos anunciaron que todos ellos deberían ser mantenidos bajo vigilancia, que habrían de barrer las instalaciones y terrenos de la escuela y limpiar los retretes, que estarían obligados a saludar en todo momento y que soportarían todas aquellas amonestaciones que pudieran recibir de cualquier guardia rojo que optara por dirigirles la palabra. Igualmente, tendrían que presentar diariamente un informe acerca de sus pensamientos y su conducta.
Todos ellos adoptaron de inmediato una actitud humilde y encogida. Todo el vigor y entusiasmo que habían mostrado hasta entonces desaparecieron. Una de las muchachas inclinó la cabeza y las lágrimas corrieron por sus mejillas. Ambas habíamos sido buenas amigas. Concluida la asamblea, me acerqué a ella para reconfortarla, pero cuando alzó la mirada pude ver en sus ojos una expresión de resentimiento, casi de odio. Me alejé sin pronunciar palabra y me puse a vagar apáticamente por las instalaciones. Estábamos a finales de agosto. Los arbustos de jazmín despedían una rica fragancia, pero resultaba extraño poder distinguir aroma alguno.
Avanzado ya el ocaso, emprendía el regreso a mi dormitorio cuando distinguí algo que descendía rápidamente frente a una de las ventanas del segundo piso de un bloque de aulas situado a unos cuarenta metros de distancia y pude oír un golpe sordo procedente de la parte baja del edificio. El difuso ramaje de los naranjos me impedía ver lo que había ocurrido, pero advertí que la gente había echado a correr hacia el punto del que había emanado el sonido. Entre sus exclamaciones confusas y reprimidas, pude distinguir una frase: «¡Alguien se ha arrojado por la ventana!»
Instintivamente, alcé las manos para taparme los ojos y eché a correr hacia mi cuarto. Me sentía terriblemente asustada. Mi mente continuaba fija en la figura rota y desdibujada que había visto caer por el aire. Apresuradamente, cerré las ventanas, pero no pude evitar que el ruido de la gente que comentaba nerviosamente lo ocurrido se filtrara a través del cristal.
Una muchacha de diecisiete años había intentado suicidarse. Antes de la Revolución Cultural había sido una de las líderes de la Liga de Juventudes Comunistas, considerada por todos un modelo en el estudio de las obras del presidente Mao y de las enseñanzas de Lei Feng. Había realizado numerosas buenas obras, tales como lavar la ropa de sus camaradas y limpiar sus retretes, y había pronunciado frecuentes conferencias a los alumnos acerca de la lealtad que procuraba aplicar a la doctrina de Mao. A menudo se la veía paseando y conversando animadamente con algún compañero, su rostro iluminado por una expresión de intensidad y concentración profundas, ocupada en sus obligaciones «directas» con todos aquellos que deseaban unirse a la Liga de las Juventudes. Ahora, sin embargo, se había visto súbitamente clasificada como negra, ya que su padre pertenecía al personal de oficinas. De hecho, trabajaba para el Gobierno municipal y era miembro del Partido, pero algunos de los compañeros de clase de la muchacha no sólo pertenecían a familias de categoría más elevada sino que la consideraban una pesada, por lo que habían decidido clasificarla de aquel modo. Durante los dos últimos días había sido puesta bajo vigilancia en compañía de otros negros y grises y obligada a limpiar de hierbajos el campo de deportes. Para humillarla, sus compañeros habían afeitado sus hermosos cabellos negros, obligándola a lucir una calva grotesca. Aquella misma tarde, los rojos de su curso habían obsequiado con un sermón insultante a ella y a otras víctimas. Ella había respondido que era más leal al presidente Mao que ellos mismos, pero los rojos la habían abofeteado y le habían prohibido que hablara de lealtad alguna hacia Mao dado que no era sino una enemiga de clase. Al escuchar aquello, había corrido hacia la ventana y había saltado.
Aturdidos y atemorizados, los guardias rojos se apresuraron a trasladarla al hospital. No murió, pero quedó paralizada para toda su vida. Muchos meses después, me crucé con ella por la calle: caminaba inclinada sobre sus muletas y mostraba una expresión ausente.
La noche de su intento de suicidio me resultó imposible conciliar el sueño. Tan pronto como cerraba los ojos, sentía cernirse sobre mí una figura nebulosa impregnada de sangre. Me sentía aterrorizada, y no cesaba de temblar. Al día siguiente, solicité que se me diera de baja por enfermedad, petición que me fue concedida. Mi hogar parecía constituir la única vía de escape del horror de la escuela. Deseé desesperadamente no tener que salir nunca más de casa.
17. «¿Acaso quieres que nuestros hijos se conviertan en “negros”?»
Esta vez mi hogar no me sirvió de consuelo. Mis padres parecían ausentes, y apenas repararon en mi presencia. Mi padre caminaba sin cesar de un lado a otro del apartamento o bien se encerraba en su estudio. Mi madre se dedicaba a arrojar un cesto de papeles arrugados tras otro a la estufa de la cocina. También mi abuela parecía esperar la llegada de un desastre inminente. Su mirada intensa y llena de ansiedad permanecía fija en mis padres. Yo, atemorizada, me limitaba a observarles sin atreverme a preguntar qué ocurría.
Mis padres no me dijeron nada acerca de una conversación que habían mantenido pocas tardes atrás. Se habían sentado frente a una ventana abierta junto a la cual un altavoz atado a una farola atronaba con interminables citas de Mao, especialmente una de ellas referente al carácter violento por definición de todas las revoluciones: al «salvaje tumulto de una clase que derroca a otra». Las citas eran entonadas una y otra vez con un tono chillón que a algunos inspiraba miedo y a otros excitación. De vez en cuando se anunciaban nuevas victorias alcanzadas por la Guardia Roja: había asaltado más y más casas de los «enemigos de clase» y había «aplastado las cabezas de sus perros».
Mi padre, contemplando el resplandeciente ocaso, se había vuelto hacia mi madre y había dicho lentamente: «No comprendo la Revolución Cultural, pero estoy seguro de que se está produciendo una espantosa equivocación. No hay principio marxista ni comunista que pueda justificar esta revolución. La gente ha perdido sus derechos básicos y su protección. Todo esto es incalificable. Yo, que soy comunista, tengo el deber de impedir un desastre cada vez mayor. Debo escribir a los líderes del Partido. Debo escribir al presidente Mao.»
En China no existía prácticamente cauce alguno del que la gente pudiera servirse para expresar una protesta o influir con su opinión en la política. La única posibilidad consistía en apelar a los líderes supremos. En aquel caso en particular, tan sólo Mao podía cambiar la situación. Independientemente de lo que mi padre pensara o supusiera acerca del papel de Mao, lo único que podía hacer era escribirle.
La experiencia decía a mi madre que protestar era sumamente peligroso. Tanto aquellos que lo habían hecho como sus familias habían sufrido severas represalias. Durante largo rato, guardó silencio mientras contemplaba el cielo encendido y distante e intentaba controlar la angustia, la ira y la frustración que sentía.
– ¿Por qué quieres ser como la polilla que se precipita al fuego? -preguntó por fin.
Mi padre repuso:
– Éste no es un fuego ordinario. Se trata de la vida y la muerte de mucha gente. Esta vez debo hacer algo.
Mi madre exclamó, exasperada:
– ¡De acuerdo! No temes por ti mismo. No te preocupa tu mujer. Eso puedo aceptarlo, pero, ¿qué me dices de nuestros hijos? Sabes muy bien lo que les ocurrirá si tú tienes problemas. ¿Acaso quieres que se conviertan en «negros»?
Mi padre, hablando con tono reflexivo, como si intentara persuadirse a sí mismo, dijo:
– Todo hombre ama a sus hijos. Sabes bien que antes de abalanzarse sobre su presa, el tigre siempre vuelve la mirada atrás para asegurarse de que sus crías están bien. Si una bestia devoradora de hombres tiene esos sentimientos, imagínate cómo serán los de un ser humano. Pero un comunista tiene que ser algo más que eso. Tiene que pensar en los demás niños. ¿Qué pasa con los hijos de las víctimas?
Mi madre se puso en pie y se alejó. Era inútil. Cuando estuvo sola, rompió a sollozar amargamente.