– Este gilipollas… -Oso agitó la grabadora-. Está usurpando el puesto de la ley, se está arrogando el papel de los mismos que van a echarle el guante. Es posible que su actitud levante ampollas, lo que es comprensible, a mi modo de ver. Si estuviera en el pellejo de este tipo, me andaría con mucho cuidado. Me aseguraría de saber exactamente dónde me he metido.
Tim hizo un aleteo con la mano, se enjugó un poco de sudor de la frente y luego miró el reloj.
– Joder. Llego tarde a… una reunión. -En la fracción de segundo que duró su vacilación vio que se abría otro abismo que luego colmaría de dudas. Le dio la impresión de que la mirada de Oso era fría: otra de las preocupaciones de Tim cuyo poso se iría asentando poco a poco en el vacío.
– ¿Qué reunión? Si no tienes trabajo.
– Exacto. Se trata de una entrevista para un puesto de vigilante privado. -Tim abrió la puerta y bajó al bordillo.
– Eso está bien. -Oso hizo un gesto no muy sutil de advertencia-. Hoy en día hay mucha gente que necesita protección.
Capítulo 27
– Estábamos acabando con el informe sobre las reacciones de los medios, señor Rackley -dijo Rayner cuando Tim entró en la sala de reuniones. Rayner estaba a la cabecera de la mesa con un grueso portafolios de papel manila abierto delante de él sobre el tablero de granito, rebosante de recortes de prensa que asomaban de cualquier manera.
– Si vuelves a hacer una jugarreta como la de esta mañana en televisión sin nuestra aprobación unánime y expresa, te…
– Aquí no estás al mando -respondió Rayner-. ¿Por qué tendría que hacerte caso?
– ¿Recuerdas la destrucción mutua garantizada? Pues por eso. -Tim sostuvo la mirada a Rayner hasta que éste la apartó; luego tomó asiento-. Tus comentarios han sido muy poco sutiles, casi temerarios. No vuelvas a hacer algo así ni nada que se le parezca. Si veo información al respecto en la prensa, sabré si lleva tu marchamo. Antes de pasar a la acción, tiene que haber consenso. Eso es una norma inviolable.
Los otros estaban presentes, pero daba la impresión de que, en ausencia de Dumone, había un desequilibrio. Se había perdido un cierto elemento de solemnidad. Antes constituían una comisión; ahora no eran más que seis personas cabreadas en una sala.
Todos tenían los marcos de las fotografías vueltos hacia sí como si fueran espejos; el Cigüeña era el único que había colocado el suyo de cara al centro. A la derecha de Tim, la mujer de Dumone miraba desde su marco todavía presente el sillón negro vacío delante de ella. Tim pensó -y no por primera vez- lo barato que era el truco efectista de los retratos. Fácil, como uno de los ardides de Rayner en sus apariciones en televisión.
Ananberg observó a Tim en silencio desde el asiento de al lado. Se la veía agotada, sumida en la resaca de un subidón de adrenalina. Todos estaban destrozados, sobre todo Robert. Ni siquiera había levantado la cabeza. Entre la ejecución de Debuffier y la embolia de Dumone, habían sido veinticuatro horas de infarto. Sólo el Cigüeña y Rayner, escudados en sus respectivas superficialidades, inherentes al tiempo que opuestas, se mantenían aparentemente insensibles y alerta.
Rayner tomó un sorbo de agua.
– Me gustaría acabar con el informe sobre los medios ahora. -Barajó unos documentos-. Anoche en CNBC…
– En cuanto caímos en la cuenta de que Debuffier tenía una víctima retenida, nuestro único objetivo tendría que haber sido rescatarla y salvar su vida. -Tim lo dijo con el aplomo y la autoridad de Dumone, y, tal como ocurría al hablar éste, los otros permanecieron en silencio-. La única razón válida para matar a Debuffier habría sido como necesidad táctica para rescatar a la víctima, algo que no ocurrió… Yo le había infligido una herida que no era mortal.
Robert habló en tono pausado y vehemente.
– Le pegué un tiro porque me pareció la manera más rápida de llegar hasta la víctima. -Al cabo, levantó la cabeza y permitió a los demás verle la cara.
– No. Le disparaste porque querías hacerte el héroe.
– Votamos a favor de su ejecución -dijo Mitchell-. Fue ejecutado.
– Ya no había necesidad de ejecutarlo. Estaba cometiendo un crimen por el que habría ido directamente a la cárcel. Podríamos haberlo reducido para luego entregarlo a las autoridades competentes.
– Entonces tendríamos que habernos quedado con él y dejar que nos atrapasen -respondió Robert.
– No matamos gente para evitar que nos atrapen. Si tu objetivo primordial es cubrirte las espaldas, no tienes nada que hacer aquí.
– Venga -dijo Mitchell-. Ese tipo estaba torturando a su víctima en el sótano, por el amor de Dios. ¿Qué posibilidades hay de que volvamos a encontrarnos en semejante situación?
– No nos enfrentamos a situaciones predecibles. Nunca sabemos con qué nos vamos a encontrar -puntualizó Tim.
– Entonces deberías alegrarte de que yo fuera preparado, porque desde luego tú ibas con el culo al aire. Estabas muy ocupado tocándome los cojones por haber llevado la bolsa de detonación. No habríamos tirado la puerta abajo sin los explosivos -replicó Mitchell.
Tim soltó una risotada.
– ¿Te parece que lo que hicimos fue una misión bien planificada y bien ejecutada? ¿Crees que puedes ponerte al mando de las operaciones? ¿Así? -Se volvió hacia Rayner, que lucía una expresión preocupada e insólitamente pasiva; también miró a Ananberg, en busca de apoyo.
– Cumplimos el objetivo de la misión -insistió Mitchell.
– El resultado no es lo único que cuenta -terció Ananberg.
– ¿ Ah, no? ¿No es ése nuestro argumento, que el fin justifica los medios?
Robert tenía la mirada fija en la mesa y tamborileaba con los dedos sobre el granito; Mitchell hacía las veces de portavoz.
– El medio es el fin -replicó Tim-. Justicia, orden, ley, estrategia, control. Si perdemos de vista nuestro modo de actuar, todo se irá al carajo. Los resultados no están por encima de las normas.
– Mira, lo que pasó, pasó. No hay necesidad de seguir dándole vueltas. Robbie se calentó un poco y se le fue el gatillo cuando entramos en el sótano.
– Tuvo un comportamiento impredecible, peligroso, fuera de lugar. -A pesar de lo caldeado de la discusión, Tim aún no había levantado la voz, un rasgo de comedimiento que sacaba de quicio a Dray.
– A veces la gente la caga. -Robert se mostraba intranquilo, sumamente agitado-. Da igual lo que pase, una operación se te puede ir de las manos. Nos ha ocurrido a todos.
– Tranquilo, Robert -saltó Mitchell. Era la primera nota de censura que había oído a un hermano lanzar al otro.
– Ese tipo la estaba agujereando. -A Robert se le estremeció la voz, insólitamente aguda, con sólo recordarlo.
– No podemos dejarnos llevar por las emociones durante una operación -dijo Tim-. Cinco de cada diez entradas inoportunas como ésa acaban mal para el que entra. Perdemos la ventaja, el elemento sorpresa, la táctica, la estrategia, todo.
Mitchell se echó hacia delante, tan tenso que la cazadora le tiraba en los bíceps.
– Me hago cargo.
Tim volvió la mirada hacia Robert.
– Él no.
Robert se incorporó a medias del asiento.
– ¿Qué demonios te pasa, Rackley? Matamos al hijoputa. En vez de tocarme los cojones por haber entrado dos segundos antes, ¿por qué no piensas en lo que logramos? Piensa en el cabrón que quitamos de en medio y que no va a volver a echar el ojo a una hermana, a una madre, a una chavala, en ninguna parada de autobús.
Incluso desde el lado opuesto de la mesa Tim alcanzó a olerle un rastro de alcohol en el aliento.
– El objetivo de esto, lo que nos une, no es el mero asesinato. ¿Lo entiendes? -Tim aguardó impaciente, con la mirada clavada en Robert-. En caso contrario, ya te puedes largar.