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– Dios mío, no -dijo ella, a punto de desmayarse-. Usted dijo que las noticias eran excelentes.

– Pues sí -dijo el doctor Gould-. Di por sentado que usted se alegraría.

– Hay un problema, doctor -intervino su amiga-. No está casada.

– Ah, ya entiendo -dijo el doctor en tono preocupado-. Lo siento, no lo sabía. Si me lo hubiera dicho durante nuestra primera entrevista…

– No, la culpa es toda mía, doctor Gould. Había confiado en que…

– No, no, el culpable soy yo. Qué falta de tacto tan enorme. -El doctor Gould hizo una pausa y reflexionó-. Aunque en este país es ilegal, me han asegurado que en Suecia hay médicos excelentes que…

– Eso no es posible -dijo la mujer embarazada-. Es contrario a lo que mis padres consideran un «comportamiento aceptable».

– Buenos días, Hadlow -dijo el coronel, entrando en el banco.

Tendió al director su abrigo, sombrero y bastón.

– Buenos días, sir Danvers -replicó el director, pasando el abrigo, sombrero y bastón a un empleado-. Nos sentimos muy honrados de que haya pensado en nuestro humilde establecimiento como digno de su consideración.

Becky pensó que la habían recibido de manera muy diferente cuando visitó, semanas atrás, otro banco de similar categoría.

– ¿Sería tan amable de acompañarme a mi despacho? -preguntó el director, extendiendo el brazo como un guardia de tráfico.

– Por supuesto, pero antes permítame que le presente al señor Trumper y a la señorita Salmon, mis socios en este negocio.

– Es un placer.

El director se acomodó las gafas sobre la nariz antes de estrecharles las manos.

Becky reparó en que Charlie estaba mucho más callado de lo habitual y tiraba del cuello de la camisa sin cesar, como si fuera demasiado estrecho. Sin embargo, después de pasar toda una mañana de la semana anterior en Savile Row, padeciendo que le midieran de pies a cabeza para la confección de un traje nuevo, se negó a esperar un segundo más cuando Daphne insinuó que le tomaran medidas para una camisa. Daphne tuvo que adivinar a ojo su talla.

– ¿Café? -preguntó el director, una vez en su despacho.

– No, gracias -dijo el coronel.

A Becky sí le apetecía, pero comprendió que el director había dado por sentado que sir Danvers hablaba por los tres. Se mordió el labio.

– Bien, ¿en qué puedo servirle, sir Danvers?

El director se tocó el nudo de la corbata con un gesto nervioso.

– Mis socios y yo poseemos una propiedad en Chelsea Terrace, el número 147. Un negocio pequeño que progresa satisfactoriamente. -La sonrisa del director no se alteró ni un segundo-. Compramos la propiedad hace unos dos años por cien libras, y esta inversión ha conseguido este año unos beneficios de cuarenta y tres libras.

– Muy satisfactorio -dijo el director-. He leído su carta y las cuentas que, con tanta gentileza, me envió mediante un mensajero.

Charlie estuvo tentado de revelarle quién había sido el mensajero.

– Sin embargo, consideramos que ha llegado el momento de expandirnos -prosiguió el coronel-, y a tal efecto necesitamos un banco que muestre un poco más de iniciativa que el establecimiento con el que hemos tratado hasta el presente, un banco que tenga los ojos puestos en el futuro. A veces nos da la impresión de que nuestros actuales banqueros viven en el siglo diecinueve. Francamente, son simples tenedores de depósitos, mientras que nosotros buscamos los servicios de un banco auténtico.

– Entiendo.

– Me tiene preocupado… -dijo el coronel, interrumpiéndose de súbito y fijando el monóculo en su ojo izquierdo.

– ¿Preocupado?

El señor Hadlow se reclinó ansiosamente en su silla.

– Su corbata.

– ¿Mi corbata?

El director volvió a manosear el nudo con nerviosismo.

– Sí, su corbata. No me lo diga… ¿Los Buffs? [13]

– Está usted en lo cierto, sir Danvers.

– ¿Participó en alguna acción, Hadlow?

– Bien, no exactamente, sir Danvers. La vista, sabe usted.

El señor Hadlow se puso a juguetear con sus gafas.

– Mala suerte, camarada -dijo el coronel, dejando caer el monóculo-. Bien, prosigamos. Mis colegas y yo tenemos en mente ampliar nuestro negocio, pero creo mi deber informarle de que el próximo jueves por la tarde tenemos una cita con un establecimiento rival.

– El próximo jueves por la tarde -repitió el director, después de mojar la pluma de ave en el tintero del escritorio y añadir este dato a las otras notas.

– Pero, como sin duda habrá percibido, hemos preferido acudir antes a ustedes.

– Me siento muy halagado. Sir Danvers, ¿qué condiciones que nosotros no podamos ofrecer piensa que le ofrecerá este banco?

El coronel guardó silencio unos instantes y Becky le miró alarmada, pues no recordaba si le había dado instrucciones acerca de las condiciones. Ninguno de los tres pensaba que llegarían tan lejos en la primera entrevista.

El coronel carraspeó.

– Si trasladamos nuestro negocio a su banco, y conscientes de las implicaciones a largo plazo, esperamos condiciones competitivas, por supuesto.

La respuesta pareció impresionar a Hadlow. Revisó las cifras que tenía frente a él.

– Bien, veo que solicitan un préstamo de doscientas cincuenta libras para adquirir los números 131 y 135 de Chelsea Terrace que, recordando su estado de cuentas, exigiría un adelanto de… -hizo una pausa, como si estuviera calculando-… ciento setenta libras, como mínimo.

– Correcto, Hadlow. Veo que ha comprendido nuestra situación de una forma admirable.

El director se permitió una sonrisa.

– Dadas las circunstancias, sir Danvers, creo que podríamos avanzarles ese préstamo, y un interés del cuatro por ciento sería aceptable para el banco.

El coronel volvió a vacilar, aunque Becky captó su media sonrisa.

– Nuestros actuales banqueros nos imponen un interés del tres y medio por ciento, como sin duda sabrá -dijo el coronel.

– Pero no corren ningún riesgo -señaló el señor Hadlow-, pues se niegan a concederles ningún otro préstamo. Sin embargo, pienso que en este caso concreto también podríamos ofrecerles el tres y medio por ciento. ¿Qué opina?

El coronel no respondió enseguida, sino que examinó la expresión del rostro de Becky. Exhibía una amplia sonrisa.

– Creo que hablo en nombre de mis socios, señor Hadlow, al decir que consideramos su proposición muy aceptable, francamente aceptable.

Becky y Charlie asintieron con la cabeza.

– En ese caso, procederemos de inmediato a preparar la documentación. Tardará unos días, por supuesto.

– Por supuesto -dijo el coronel-. Le aseguro, Hadlow, que deseamos una larga y provechosa asociación con su banco.

El director consiguió levantarse y hacer una reverencia al mismo tiempo, algo que, en opinión de Becky, hasta a sir Henry Irving le hubiera costado lograr.

El señor Hadlow acompañó a sus nuevos clientes hasta el vestíbulo.

– ¿Todavía cuentan entre sus filas con el viejo Chubby Duckworth? -preguntó el coronel.

– Lord Duckworth es el presidente de nuestra junta directiva -respondió el señor Hadlow, casi con veneración.

– Un buen hombre. Serví con él en Suráfrica. En los Fusileros Reales. Si me lo permite, Hadlow, mencionaré nuestra entrevista de hoy al noble lord cuando le vea en el club.

– Muy gentil de su parte, sir Danvers.

Al llegar a la puerta, el director dispensó a su ayudante y ayudó al coronel a ponerse el abrigo. Después, le tendió el sombrero y el bastón, antes de despedirse de sus nuevos clientes.

– No dude en llamarme en cualquier momento -fueron sus últimas palabras, acompañadas de otra reverencia, y esperó hasta que los tres se perdieron de vista.

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[13] Regimiento de East Kent. (N. del T.)