– No lo he dicho -repliqué-, pero creo que su padre era un comerciante del East, y la próxima semana iré a tomar el té con su madre.
– ¿Singapur, [14] tal vez? -dijo papá-. Se hacen gran cantidad de negocios por allí, caucho y todas esas cosas.
– No, no creo que se dedicara al caucho, papá.
– Bien, sea lo que sea, trae a esa chica una tarde -insistió mi madre-, o incluso un fin de semana. ¿Le gusta cazar?
– No, creo que no, mamá, pero la invitaré a tomar el té dentro de poco, para que puedas repasarla de pies a cabeza.
– Debo confesar que la idea de tomar el té con la madre de Becky, para darle la oportunidad de comprobar que yo era la clase de chica apropiada para su hija, también me divertía. Al fin y al cabo, yo estaba completamente segura de que no lo era. Por lo que yo podía recordar, nunca había ido más al este de Aldwych, y la idea de ir a Romford me excitaba más que viajar al extranjero. Por fortuna, el viaje a Romford transcurrió sin incidentes, en especial porque Hoskins, el chófer de mi padre, conocía bien el camino. Resultó que había nacido en un lugar llamado Dagenham, todavía más hundido en el corazón de la selva de Essex.
Hasta aquel momento ignoraba que existiera ese tipo de gente. No eran criados, ni profesionales liberales, ni miembros de la nobleza, y no voy a fingir que me extasiara Romford, que se hallaba a un tiro de piedra de Lowndes Square. Sin embargo, la señora Salmon y su hermana, la señorita Roach, fueron de lo más amables. La señora Salmon era una mujer práctica, sensata y temerosa de Dios, capaz de sacar una mermelada excelente para el té, de modo que no fue un viaje desaprovechado del todo.
Becky se trasladó a mi piso la semana siguiente, y me quedé horrorizada al descubrir que trabajaba como una loca. Se pasaba todo el día en Bedford, volvía a casa para comer un emparedado, bebía un vaso de leche y seguía estudiando hasta caer dormida, mucho después de que yo me hubiera marchado a la cama. Nunca conseguí entender de qué le servía aquel despliegue de energías.
Cuando Becky ya se había acostumbrado a la rutina, la invité a ir a la ópera -La Bohème- junto con dos chicos. Hasta el momento no había salido nunca conmigo, pero en esta ocasión le rogué que engrosara nuestro grupo, porque una amiga mía se había descolgado en el último minuto, y yo necesitaba desesperadamente una chica libre.
– Pero no tengo nada que ponerme -dijo.
– Elige cualquier cosa mía que te guste -respondí, acompañándola a mi dormitorio.
Comprendí que le resultaba difícil rechazar esta oferta. Salió una hora después, ataviada con un vestido largo de color turquesa que me hizo recordar el aspecto que tenía cuando lo exhibió la modelo por primera vez.
– ¿Quiénes son tus otros invitados? -preguntó Becky.
– Algernon Fitzpatrick. Es el amigo más íntimo de Percy Wiltshire; ya sabes, el hombre que todavía ignora que voy a casarme con él.
– ¿Y quién completa el grupo?
– Guy Trentham. Es un capitán de los Fusileros Reales, un regimiento simplemente aceptable. Acaba de llegar del frente occidental, donde se dice que hizo un buen papel. Cruz Militar y todo eso.
Nacimos en el mismo pueblo de Berkshire y crecimos juntos, aunque confieso que no tenemos mucho en común. Muy atractivo, pero con reputación de mujeriego, así que ve con cuidado.
Yo diría que La Bohème fue un gran éxito, a pesar de que Guy no paró de sonreír impúdicamente a Becky durante todo el segundo acto, aunque ella no parecía demostrar el menor interés por él.
No obstante, para mi sorpresa, Becky no dejó de darme la tabarra con el hombre en cuanto llegamos al piso. Sus miradas, su sofisticación, su encanto… Caí en la cuenta, sin embargo, de que en ningún momento habló de su carácter. Conseguí irme a la cama por fin, pero no antes de asegurar a Becky, para su satisfacción, de que sus sentimientos, sin duda, eran correspondidos.
De hecho, me convertí sin querer en la celestina del romance en ciernes. Al día siguiente, Guy me pidió que invitara a la señorita Salmon a acompañarle a ver una obra en el West End. Becky aceptó, por supuesto, pero yo ya le había dicho a Guy que lo haría.
Después de esta salida, me topé con ellos en varias ocasiones, y empecé a temer que si la relación adquiría mayor seriedad sólo podía terminar, como decía mi niñera, en llantos. Empecé a arrepentirme de haberles presentado. Había dado por sentado que Becky era demasiado sensata para caer en las garras de alguien como Guy Trentham, pero contra gustos no hay nada escrito.
La primera vez que oí hablar de Charlie Trumper y de sus ambiciones fue después de la insensata visita de Becky a John D. Wood. Tanto follón, sólo porque había vendido su carretón sin consultarle. Consideré mi deber puntualizar que dos de mis antepasados habían sido decapitados por intentar apoderarse de condados, y uno enviado a la Torre por alta traición. Bien, reflexioné, al menos tenía un pariente que había terminado sus días en las cercanías del East End.
Como siempre, Becky sabía que tenía razón.
– Pero si sólo son cien libras -me aseguró.
– Que tú no tienes.
– Tengo cuarenta, y estoy segura de que no me costará conseguir las otras sesenta, porque es una inversión muy buena. Al fin y al cabo, Charlie sería capaz de vender bloques de hielo a los esquimales.
– ¿Y cómo piensas encargarte de la tienda en su ausencia? ¿Entre clase y clase?
– Oh, no seas tan frívola, Daphne. Charlie se hará cargo de la tienda en cuanto vuelva de la guerra. Ya no puede faltar mucho.
– Hace semanas que la guerra ha terminado -le recordé-, y ni rastro de tu Charlie.
– Su regreso está previsto para el veinte de enero. Guy me lo ha dicho.
De todos modos, no le quité el ojo de encima a Becky durante aquellos treinta días en que confiaba hacerse con el dinero. Era obvio para cualquiera que no lo iba a conseguir, pero era demasiado orgullosa para admitirlo ante mí. Decidí que había llegado el momento de visitar otra vez Romford.
– Es un placer inesperado, señorita Harcourt-Browne -dijo la madre de Becky cuando aparecí sin previo aviso en su casita de Belle Vue Road.
Debo señalar, en mi descargo, que habría informado a la señora Salmon de mi inminente llegada si ella hubiera tenido teléfono. Como yo buscaba cierta información que sólo ella podía proporcionarme antes de que finalizara el plazo de treinta días (información que no sólo salvaría el buen nombre de su hija, sino también sus finanzas), no quería confiar en el servicio de correos.
– Espero que Becky no se haya metido en ningún lío -fue la primera reacción de la señora Salmon al verme de pie en el umbral.
– Por supuesto que no -la tranquilicé-. Nunca he visto una chica más resuelta.
– Es que desde la muerte de su padre me preocupo mucho por ella -explicó la señora Salmon.
Cojeó un poco mientras me guiaba a la sala de estar, tan inmaculada como el primer día que había aceptado su amable invitación a tomar el té. Recé para que la señora Salmon nunca apareciera en el número 97 sin avisarme con un año de antelación.
– ¿En qué puedo ayudarla? -preguntó la señora Salmon, en cuanto envió a la señorita Roach a la cocina para preparar el té.
– Estoy pensando en invertir una pequeña cantidad en una verdulería de Chelsea. John D. Wood me ha garantizado que se trata de una propuesta inteligente, a pesar del actual racionamiento y los crecientes problemas que suscitan los sindicatos… Lo principal es contratar a un responsable de primera clase.
Una expresión de perplejidad sustituyó a la sonrisa de la señora Salmon.
– Becky no ha cesado de recomendarme a alguien llamado Charlie Trumper, y el propósito de mi visita es preguntarle su opinión sobre el caballero en cuestión.
– No es un caballero, desde luego -contestó sin vacilar la señora Salmon-. Un patán inculto sería una descripción más precisa.