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– No los veo por ningún sitio -dijo Percy, describiendo un lento círculo en mitad del jardín.

– Ni yo -contestó Daphne-, pero sigue mirando. Tienen que estar en alguna parte.

– Buenas tardes, señorita Harcourt-Browne.

Daphne se giró en redondo.

– Ah, hola, señora Salmon, me alegro de verla. Qué sombrero tan encantador, señorita Roach. Percy, te presento a la madre de Becky, la señora Salmon, y a su tía, la señorita Roach. Mi prometido…

– Encantada de conocerle, señoría -dijo la señora Salmon, preguntándose si se lo iban a creer en el Círculo Femenino de Romford cuando lo contara.

– Debe estar muy orgullosa de su hija -dijo Percy.

– Sí, lo estoy, señoría.

La señorita Roach se mantenía tiesa como una estatua, sin dar su opinión.

– Y ahí tenemos a nuestra pequeña erudita -dijo Daphne, extendiendo los brazos.

– Daphne, por fin. ¿Dónde te habías metido? -dijo Becky, separándose de un grupo de recién graduados.

– Te estaba buscando.

Las dos muchachas se fundieron en un abrazo.

– ¿Has visto a mi madre? -preguntó Becky.

– Estaba aquí hace un momento -dijo Daphne, mirando a su alrededor.

– Creo que ha ido a buscar unos emparedados -indicó la señorita Roach.

– Muy típico de mamá -rió Becky.

– Hola, Percy -saludó Charlie-. ¿Cómo va todo?

– Bien -tosió Percy-. Te felicito, Becky.

La señora Salmon volvió con una amplia bandeja llena de emparedados.

– Becky ha heredado el sentido común de su madre, señora Salmon -dijo Daphne, mientras cogía un emparedado de pepino para Percy-, se desenvolverá bien en el mundo real, pues sospecho que no quedarán muchos de éstos dentro de quince minutos. -Cogió uno de salmón ahumado para ella-. ¿Estabas muy nerviosa cuando subiste al escenario? -preguntó, volviendo su atención a Becky.

– Desde luego, y cuando el rey me puso la muceta sobre la cabeza, mis piernas casi me fallaron. Después, para colmo, volví a mi sitio y descubrí que Charlie estaba llorando.

– Eso no es verdad -protestó su marido.

Becky, sin decir nada, le cogió por el brazo.

– Me gusta esa cosa púrpura -dijo Percy-. Creo que quedaré muy guapo si me pongo una en el baile de Cazadores del año que viene. Daphne, ¿qué opinas?

– Se supone que has de trabajar muy duro antes de que te den permiso para embellecerte con ese sombrero, Percy.

Todos se volvieron para ver quién había hablado.

Percy bajó la cabeza.

– Su Majestad está en lo cierto, como siempre. Debo añadir, señor, que mucho me temo, a la vista de mi expediente actual, que jamás seré merecedor de esa distinción.

– La verdad, Percy -sonrió el rey-, que me sorprende un poco encontrarte en esta reunión.

– Una amiga de Daphne -explicó Percy.

– Daphne, querida, me alegro mucho de verte -dijo el rey-. Aún no había tenido la oportunidad de felicitaros por vuestro compromiso.

– Ayer mismo recibí una amable nota de la reina, Majestad. Es un honor para nosotros que ambos acudan a la boda.

– Sí, verdaderamente encantados -dijo Percy-, ¿Me permitís presentaros a la señora Trumper, a la que habéis entregado su título?

Becky le estrechó la mano al rey por segunda vez.

– Su marido, el señor Charles Trumper. La madre de la señora Trumper, la señora Salmon. Su tía, la señorita Roach.

El rey estrechó las manos de los cuatro.

– La felicito, señora Trumper. Confío en que utilice su título adecuadamente.

– Voy a trabajar en Sotheby's, Majestad, como aprendiza en el departamento de bellas artes.

– Excelente. Le deseo, pues, que continúen sus éxitos. Encantado de haberla conocido, señora Trumper. Espero verte el día de la boda, si no antes, Percy.

El rey saludó con la cabeza y se dirigió hacia otro grupo.

– Un buen tipo -dijo Percy-. Acercarse para saludarnos ha sido todo un detalle.

– No tenía ni idea de que conocías… -empezó Becky.

– Bueno, para ser sincero, mi tata tata tata tatarabuelo intentó asesinar a su tata tata tata tatarabuelo. De haber tenido éxito, habríamos intercambiado los papeles. Siempre ha sido muy comprensivo acerca del asunto.

– ¿Y qué le ocurrió a tu tata tata tata tatarabuelo? -preguntó Charlie.

– Fue condenado al exilio, y con mucha razón, debería añadir. De lo contrario, el muy bellaco lo habría intentado de nuevo.

– Santo Dios -rió Becky.

– ¿Cuál es el problema? -preguntó Charlie.

– Acabo de descubrir quién era el tata tata tata tatarabuelo de Percy. [15]

Daphne no consiguió ver a Becky antes de la boda. Las últimas semanas de preparativos transcurrieron volando. Sin embargo, averiguó cómo marchaba todo en Chelsea Terrace, después de encontrarse con el coronel y su esposa en la recepción ofrecida por lady Denham en Onslow Square. El coronel la informó, sotto voce, que Charlie había saldado todas sus deudas con el banco, por no mencionar a los acreedores pendientes. Daphne sonrió al recordar que Charlie le había devuelto, con su estilo habitual, el último plazo de la deuda meses antes de lo convenido.

– Y ya le ha puesto el ojo encima a otra tienda.

– ¿Cuál es esta vez?

– La panadería… El número 145.

– El antiguo negocio del padre de Becky -dijo Daphne-. ¿Confían en hacerse con ella?

– Sí, yo diría que sí, aunque me temo que, esta vez, Charlie tendrá que pagar más de lo acostumbrado.

– ¿Por qué?

– La panadería está al lado de la verdulería, y el señor Reynolds conoce muy bien las intenciones de Charlie. Sin embargo, Charlie ha tentado al señor Reynolds, ofreciéndole el puesto de director, más una parte de los beneficios.

– Ummm. ¿Cuánto tiempo cree que durará ese acuerdo?

– El que tarde Charlie en dominar de nuevo el negocio de la panadería.

– ¿Y Becky?

– Ha empezado a trabajar en Sotheby's. Como empleada en el mostrador.

– ¿Empleada en el mostrador? -se extrañó Daphne-, ¿Para qué sirve esforzarse tanto por obtener un título, si luego terminas de empleada en el mostrador?

– Por lo visto, todo el mundo empieza igual en Sotheby's, independientemente de los títulos que aporte. Becky me lo explicó. Tanto da que seas hijo de un presidente, que hayas trabajado durante varios años en alguna galería de arte importante del West End, que poseas un título o ninguno; siempre empiezas en el mostrador. Cuando descubren que eres bueno te ascienden a un departamento especializado. Muy parecido al ejército, ¿verdad?

– ¿Qué departamento le apetece a Becky?

– Por lo visto, quiere trabajar con un anciano llamado Pemberton, reconocido experto en pinturas renacentistas.

– Apuesto a que no durará más de dos semanas en el mostrador.

– Charlie no comparte esa opinión.

– ¿Cuánto tiempo le concede él?

– Diez días a lo sumo -sonrió el coronel.

Capítulo 15

Siempre que el correo matutino llegaba a Lowndes Square, Wentworth, el mayordomo, depositaba las cartas en una bandeja de plata y las llevaba al estudio del general de brigada, donde éste apartaba las dirigidas a él antes de devolver la bandeja al mayordomo. Wentworth, a continuación, entregaba las cartas restantes a las señoras de la casa.

Sin embargo, desde que el compromiso de su hija había sido anunciado en el Times, con el consiguiente envío de unas quinientas invitaciones a la inminente boda, al general de brigada le aburría el proceso de selección, y había dado instrucciones a Wentworth en el sentido de que recorriera la ruta a la inversa, a fin de que sólo le entregara las cartas dirigidas a su nombre.

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[15] La broma se refiere, obviamente, a Ricardo Corazón de León y Juan sin Tierra. (N. del T.)