– Qué pena -fue la inmediata reacción de mi mujer-. Ojalá hubiera hablado antes conmigo. Ahora, es posible que el número 1 nunca sea nuestro.
Repitió esta idea antes de irse a la cama. Cerré la luz de gas, pensando que Becky podía tener razón. Empezaba a adormecerme cuando sonó el timbre de la puerta.
– Son más de las once y media -dijo Becky-. ¿Quién será?
– ¿Tal vez un hombre que sabe lo que son los ultimátums? -sugerí, mientras encendía de nuevo la luz.
Salí de la cama, me puse la bata y bajé a abrir.
– Acompáñeme al estudio, Peregrine -dijo, después de dar la bienvenida al señor Fothergill.
– Gracias, Charles -respondió él.
Me detuve un momento para reír y aparté el ejemplar de Matemáticas, Segunda Parte del escritorio, para coger el talonario de la empresa.
– Cinco mil quinientas libras, si no me equivoco -dije, destapando la pluma y mirando el reloj que descansaba sobre la repisa de la chimenea.
A las once y treinta y siete entregué al señor Fothergill la cantidad definitiva, a cambio de la propiedad de Chelsea Terrace, I.
Nos estrechamos la mano para cerrar el trato y me despedí del antiguo subastador. Subí al dormitorio y me quedé sorprendido al ver a Becky sentada ante su escritorio.
– ¿Qué haces? -pregunté.
– Redacto la carta de dimisión para Sotheby's.
Tom Arnold limpió a fondo el número 1, preparando el momento en que Becky se convertiría, un mes después, en director gerente de «Subastadores y Especialistas en Bellas Artes Trumper». Me di cuenta de que consideraba ya nuestra nueva adquisición como el buque insignia de todo el imperio Trumper…, a pesar de que los gastos empezaban a competir con los de un navío de guerra.
Becky anunció su despedida de Sotheby's el viernes 16 de julio de 1926. Entró en «Trumper's», antes «Fothergills's», a las siete de la mañana del día siguiente para asumir la responsabilidad de restaurar el local, mientras al mismo tiempo liberaba a Tom Arnold para que regresara a sus tareas habituales. Transformó de inmediato el sótano del número 1 en un almacén; la recepción continuó en la planta baja, y la sala de subastas en el primer piso.
Becky y su equipo de especialistas ocuparon la segunda y tercera plantas; el último piso, en el que había vivido antes el señor Fothergill, se convirtió en las oficinas administrativas de la empresa, y aún quedó un despacho libre para las futuras asambleas del consejo.
La asamblea plenaria se celebró por primera vez en Chelsea Terrace, I, el 17 de octubre de 1926.
Al cabo de tres meses de dejar Sotheby's, Becky había «robado» siete de los empleados que quería, y sacó otros cuatro de Bonham's y Phillips. En la primera asamblea general nos advirtió que podríamos tardar cuatro años en pagar las deudas producidas por la compra y la remodelación del número 1, y tal vez pasarían otros tres antes de que la nueva adquisición contribuyera de una forma seria a los beneficios del grupo.
– No será como mi primera tienda -informé a la asamblea-. Logró beneficios a las tres semanas, como usted ya sabe, presidente.
– Deja de parecer tan complacido contigo mismo, Charlie Trumper, y trata de recordar que no vendo manzanas y peras -me recordó mi mujer.
– Ah, no lo sé -repliqué, y el 21 de octubre de 1926, para celebrar nuestro sexto aniversario de boda, le regalé a mi mujer un óleo de Van Gogh llamado Los comedores de patatas.
El señor Reed, de la galería Reed-Léfevre, que había sido amigo personal del artista, aseguró que era casi tan bueno como el que colgaba en el Rijksmuseum. Le di la razón, aunque consideré el precio algo excesivo. Pero tras un cierto regateo, fijamos un precio de seiscientas guineas.
Durante mucho tiempo no hubo novedad en el frente Trentham. Esta situación me preocupaba, porque intuía que no significaba nada bueno. Cuando una tienda salía a la venta siempre esperaba que ella me hiciera la competencia, y si surgía algún problema en la avenida me preguntaba quién lo alentaba. Becky le dio la razón a Daphne y afirmó que me estaba volviendo paranoico, hasta que Arnold me dijo que, tomando una copa en la taberna, el señor Wrexall recibió una llamada de la señora Trentham. No pudo contarnos nada significativo, porque el tabernero respondió a la llamada desde el piso de arriba. Después de esto, mi mujer admitió que el paso del tiempo no había mitigado el deseo de venganza de la mujer.
En marzo, Joan nos informó de que su anterior patrona había pasado dos días haciendo las maletas antes de partir hacia Southampton, donde embarcaría con destino a Australia. Daphne lo confirmó, cuando fue a cenar a Gilston Road la semana siguiente.
– Debemos concluir, queridos, que ha ido a visitar a ese espantoso hijo suyo.
– Antes siempre hacía lo posible por informar a diestro y siniestro sobre los progresos de ese maldito. ¿Por qué no ha dicho nada esta vez?
– A mí que me registren -dijo Daphne.
– ¿Crees que Guy proyecta volver a Inglaterra, ahora que las cosas se han calmado un poco?
– Lo dudo. -Daphne frunció el ceño-. De lo contrario, el barco navegaría en otra dirección, ¿no? En cualquier caso, si debo fiarme de los sentimientos de su padre, cuando se atreva a presentarse en Ashurst Hall no le tratarán como al hijo pródigo.
– Algo no marcha bien -le dije -. Este secreto que la rodea últimamente me preocupa.
Tres meses después, en junio de 1927, el coronel llamó mi atención sobre el anuncio de la muerte de Guy Trentham, aparecido en el Times.
– Una horrible forma de morir -fue su único comentario.
Daphne asistió al funeral en la iglesia parroquial de Ashurst porque, como explicó después, quería ver cómo sepultaban el ataúd para convencerse de que Guy Trentham ya no estaba en el mundo de los vivos.
Percy me confesó más tarde que apenas había podido reprimir sus ansias de ayudar a los sepultureros a llenar el agujero de buena tierra inglesa. No obstante, Daphne nos dijo que mantenía sus dudas sobre las causas de su muerte, a pesar de la ausencia de pruebas que demostraran lo contrario.
– Al menos, ese sujeto ya no te causará más problemas -fueron las palabras finales de Percy sobre el asunto.
– Tendrán que enterrar a la señora Trentham con él antes de que me lo crea -contesté, frunciendo el ceño.
Capítulo 26
Los Trumper se mudaron a un a casa más grande de Little Boltons en 1929. Daphne les aseguró que, a pesar de ser en «Little» [17], habían dado un paso adelante.
– De todos modos -añadió, mirando a Becky-, todavía está muy lejos de ser Eaton Square, queridos.
La fiesta de inauguración tuvo un doble significado para Becky, porque al día siguiente iba a recibir el título de doctorada en Arte. Cuando Percy bromeó sobre el tiempo que había tardado en terminar la tesis sobre su amor no correspondido, Bernardino Luini, ella dijo que Charlie tenía tanta culpa como ella.
Charlie no intentó defenderse; le sirvió otro coñac a Percy y cortó el extremo de un puro.
– Hoskins nos llevará en coche a la ceremonia -anunció Daphne-, así que nos veremos allí, suponiendo que se nos conceda el honor de sentarnos en las primeras treinta filas.
Charlie se sintió complacido al descubrir que Daphne y Percy se hallaban en la fila de atrás; estaban lo bastante cerca del escenario como para no perderse ni un detalle de la ceremonia.
– ¿Quiénes son ésos? -preguntó Daniel, cuando catorce dignos caballeros de avanzada edad subieron al estrado, ataviados con togas negras y mucetas púrpuras, y se acomodaron en las sillas correspondientes.
– El senado -explicó Becky a su hijo de ocho años-. Proponen a los nuevos doctores, pero no debes hacer demasiadas preguntas, Daniel, porque molestarás a la gente que está sentada a nuestro alrededor.