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»Sois la nueva generación -siguió Charlie, mirando a sus empleados-, y por primera vez nos hallamos todos reunidos bajo el mismo techo. Esta noche, fijaremos la fecha en que todos trabajaremos bajo el mismo techo, el «Trumper's» de Chelsea Terrace. Se la voy a decir: 1940.

Todos los empleados se levantaron como un solo hombre, gritaron «1940» y vitorearon al nuevo presidente. Cuando Charlie se sentó, el director de orquesta alzó la batuta para indicar que el baile iba a empezar.

El coronel se puso en pie y pidió a Becky que bailara con él el primer vals. La acompañó a la pista de baile vacía.

– ¿Se acuerda de la primera vez que me invitó a bailar? -preguntó Becky.

– Por supuesto. Para emplear las palabras del señor Hardy, «en menudo lío nos metió».

– La culpa es de él -dijo Becky, cuando Charlie sacó a Elizabeth Hamilton a bailar.

El coronel sonrió.

– Menudo discurso harán cuando Charlie se retire -comentó con aire melancólico-. No sé quién se atreverá a sucederle.

– Tal vez una mujer.

Capítulo 27

Todos los empleados de «Trumper's» celebraron las bodas de plata del rey Jorge V y la reina María en 1935. Se colgaron fotos y carteles de la pareja real en todos los escaparates, y Tom Arnold organizó un concurso para premiar al expositor más imaginativo que conmemorara la ocasión.

Charlie se encargó del número 147, al que todavía consideraba su feudo y, ayudado por la hija de Tom Arnold, que cursaba el primer año en la Escuela de Arte de Chelsea, construyeron un modelo del rey y la reina con todas las frutas y verduras procedentes del imperio británico.

Charlie se quedó pálido cuando los jueces, el coronel y los marqueses de Wiltshire, relegaron al segundo puesto al número 147, detrás de la floristería, que hacía un buen negocio vendiendo ramos de crisantemos rojos, blancos y azules. Sin embargo, ganó el primer premio por un enorme mapa del mundo hecho de flores, con el imperio británico compuesto de rosas rojas.

Charlie concedió el día libre a todo el personal. Se marchó al Mall a las cuatro y media de la mañana, acompañado de Becky y Daniel, para presenciar desde un puesto privilegiado el recorrido de los reyes desde el palacio de Buckingham a la catedral de San Pablo, donde se iba a celebrar la ceremonia de acción de gracias.

Llegaron al Mall y descubrieron que miles de personas ocupaban ya cada centímetro cuadrado de la acera con sacos de dormir, mantas e incluso tiendas de campaña. Algunas estaban desayunando o permanecían clavadas en su sitio, sin moverse un milímetro.

Las horas de espera transcurrieron con rapidez, pues Charlie se puso a trabar amistad con visitantes llegados de todas partes del imperio. Cuando el desfile comenzó, Daniel se quedó maravillado al ver los diferentes soldados de la India, África, Australia, Canadá y treinta y seis otras naciones. Cuando el rey y la reina pasaron en la carroza real, Charlie se puso firmes y se quitó el sombrero, repitiendo el gesto cuando desfilaron los Fusileros Reales a los acordes de su himno. Una vez desaparecieron de la vista, pensó con envidia en Daphne y Percy, que habían sido invitados a asistir a la ceremonia en San Pablo.

Cuando el rey y la reina regresaron al palacio de Buckingham -justo a tiempo de comer, como explicó Daniel a todos los que le rodeaban -, los Trumper volvieron a casa. Pasaron de camino por Chelsea Terrace. Daniel reparó en la enorme inscripción «2. ° Premio» en el escaparate del 147.

– ¿Qué quiere decir eso, papá? -quiso saber al instante.

A su madre le complació en extremo explicar a su hijo el mecanismo del concurso.

– ¿Tú cómo quedaste, mamá?

– La decimosexta entre veintiséis -dijo Charlie-, y gracias a que los tres jueces son amigos suyos desde hace mucho tiempo.

El rey murió ocho meses más tarde. Charlie creyó que una nueva era daría comienzo con el ascenso al trono de Eduardo VIII, y decidió que había llegado el momento de peregrinar a Estados Unidos.

Anunció su intención al consejo durante la siguiente asamblea.

– ¿Algún problema en perspectiva? -preguntó el presidente a Arnold.

– Sigo buscando un nuevo director para la joyería y un par de dependientas para la tienda de ropa femenina; por lo demás, ningún problema.

Confiando en que Tom Arnold y el consejo se encargarían del trabajo durante el mes de ausencia, Charlie se convenció por fin de que debía marcharse cuando leyó los preparativos para botar el Queen Mary. Reservó un camarote doble para el viaje inaugural.

Becky pasó cinco días gloriosos en el Queen durante la travesía, y observó con satisfacción que su marido empezaba a relajarse, una vez consciente de que no tenía forma de comunicarse con Tom Arnold o con Daniel, que se hallaba por primera vez en un internado. De hecho, en cuanto Charlie comprendió que no podía molestar a nadie pareció aceptar el hecho, y se divirtió al ir descubriendo las diferentes distracciones que el transatlántico ofrecía a un hombre maduro, de salud delicada y cierto exceso de peso.

El gran Queen entró en el puerto de Nueva York el lunes por la mañana; allí fue recibido por miles de personas. Charlie pensó en cuán diferente habría sido para los pioneros, a bordo del Mayflower, sin comité de bienvenida y sin saber qué esperar de los nativos. En el fondo, Charlie tampoco estaba muy seguro de qué le depararían los nativos.

A instancias de Daphne, había reservado habitación en el hotel Waldorf Astoria, pero en cuanto deshicieron las maletas decidieron que no había motivos para sentarse y relajarse. Se levantó a las cuatro y media de la mañana siguiente y, mientras leía por encima los periódicos de la mañana, se fijó por primera vez en el nombre de la señora Simpson. [18] Devorados los diarios, salió del hotel y paseó por la Quinta Avenida, examinando los escaparates de las tiendas. La inventiva y originalidad que desplegaban los comerciantes de Manhattan, comparadas con lo que se veía en la calle Oxford, le fascinaron.

Las tiendas abrieron a las nueve y tomó nota de todos los detalles. Paseó por los pasillos de los almacenes de moda, situados sobre todo en las esquinas, examinó las existencias, observó a los dependientes y siguió a algunos clientes por el almacén para saber qué compraban. Las tres primeras noches que pasó en Nueva York llegó a la cama exhausto.

No fue hasta la cuarta mañana, después de terminar con la Quinta Avenida y Madison, cuando Charlie se desplazó a Lexington, donde descubrió «Bloomingdales», y Becky comprendió en aquel momento que había perdido a su marido por el resto de su estancia.

Charlie se concentró las cuatro primeras horas en subir y bajar por las escaleras automáticas, hasta hacerse una idea global de la distribución del edificio. Procedió después a estudiar cada planta, departamento por departamento, tomando copiosas notas. Compraron perfumes, artículos de piel y joyas en la planta baja; bufandas, sombreros, guantes y objetos de escritorio en la primera planta; prendas para caballero en la segunda, y para señora en la tercera. Artículos de hogar en la cuarta, y continuaron subiendo hasta descubrir que las oficinas de la empresa se hallaban en la duodécima planta, ocultas discretamente tras un letrero de «Prohibido entrar». Charlie ardía en deseos de conocer la distribución de aquella planta, pero carecía de medios para averiguarlo.

El cuarto día llevó a cabo un detenido estudio de la ubicación de los mostradores, y empezó a dibujar los planos individuales. Aquella mañana, cuando se encaminó a la escalera automática, que conducía a la tercera planta, dos fornidos jóvenes le cerraron el paso.

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[18] Se refiere a Walllis Simpson, futura esposa plebeya del rey, que abdicó para casarse con ella (N. del T.)