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Durante las primeras semanas posteriores a la declaración de hostilidades se produjo una calma pasajera, casi un anticlímax, y de no haber sido por el creciente número de hombres uniformados que desfilaban en ambas direcciones de Chelsea Terrace, Charlie casi habría olvidado que Gran Bretaña se hallaba comprometida en una guerra.

Durante este período sólo se puso a la venta el restaurante, y Charlie ofreció al señor Scallini un precio justo, que el hombre aceptó sin dudarlo, antes de regresar a su Florencia natal. Tuvo más suerte que otros, internados por el simple motivo de poseer un apellido alemán o italiano. Charlie cerró de inmediato el local (pues no estaba seguro de lo que iba a hacer con el edificio). Comer fuera ya no era una prioridad para los londinenses. Una vez transferida la propiedad de Scallini, sólo la librería de viejo y la agrupación presidida por el señor Wrexall seguían en manos de otros comerciantes, pero el significado del bloque de pisos vacíos propiedad de la señora Trentham se hacía más evidente a cada día que pasaba.

El 6 de septiembre de 1940 finalizó la falsa tregua, cuando las primeras bombas cayeron sobre la capital. Después de aquello, los londinenses emigraron en oleadas al campo. Charlie se negó a trasladarse, y llegó a ordenar que se colocaran letreros de «El negocio continúa» en todos los escaparates de sus tiendas. De hecho, las únicas concesiones que hizo a herr Hitler fue cambiar su dormitorio al sótano y encontrar alojamiento en Cambridge para Daniel, con el fin de que no necesitara regresar a Londres para pasar las largas vacaciones.

Dos meses después, en plena noche, un agente de policía despertó a Charlie para comunicarle que la primera bomba había caído en Chelsea Terrace. Corrió en bata y zapatillas a Gilston Road para inspeccionar los daños.

– ¿Han matado a alguien? -preguntó, sin dejar de correr.

– Creemos que no -respondió el agente, intentando no quedarse atrás.

– ¿Sobre qué tienda ha caído la bomba?

– No sabría decírselo, señor Trumper. Sólo sé que todo Chelsea Terrace parece estar ardiendo.

Charlie dobló la esquina de Fulham Road y vio espesas llamaradas rojas y humo negro que se elevaban hacia el cielo. La bomba había caído sobre los pisos de la señora Trentham, destruyéndolos por completo, destrozando al mismo tiempo los escaparates de tres tiendas pertenecientes a Charlie y derrumbando el tejado de «Sombreros y Bufandas».

Cuando los bomberos abandonaron la avenida, sólo quedaba de los pisos un esqueleto humeante y gris, justo en mitad del bloque. A medida que transcurrían los días, Charlie comprendió lo que era obvio: la señora Trentham no tenía la menor intención de hacer nada hasta que la guerra terminara.

En mayo de 1940, el señor Churchill sustituyó a Chamberlain como primer ministro. Charlie cobró más confianza sobre el futuro. Incluso comentó con Becky la posibilidad de alistarse otra vez.

– ¿Hace mucho tiempo que no te miras en el espejo? -preguntó su mujer, lanzando una carcajada.

– Sé que podría ponerme en forma de nuevo -dijo Charlie, metiendo el estómago-. En cualquier caso, no sólo necesitan tropas para la primera línea.

– Serás mucho más útil manteniendo abiertas al público las tiendas.

– Arnold lo haría tan bien como yo. Además, es quince años mayor que yo.

Sin embargo, Charlie llegó de mala gana a la conclusión de que Becky estaba en lo cierto cuando Daphne se presentó para comunicarles que Percy se había alistado en su antiguo regimiento.

– Le han dicho que, esta vez, es demasiado viejo para servir en el extranjero, gracias a Dios -les confió-. Le han destinado a un puesto burocrático en el ministerio de la Guerra.

La tarde siguiente, mientras Charlie inspeccionaba las reparaciones, tras otro bombardeo nocturno, Tom Arnold le avisó de que el comité de Syd Wrexall empezaba a comentar la posibilidad de vender las once tiendas restantes, así como el propio «El Mosquetero».

– No hay prisa -contestó Charlie-. Se las quitarán de encima antes de un año.

– Para entonces, cabe la posibilidad de que la señora Trentham las haya comprado por un precio ridículo.

– No lo hará mientras siga la guerra. De todos modos, esa maldita mujer sabe muy bien que estaré atado de pies y manos mientras ese maldito cráter continúe en mitad de Chelsea Terrace.

– Oh, mierda -exclamó Tom, cuando las sirenas de alarma volvieron a sonar-. Ya vuelven a la carga.

– No lo dudes -dijo Charlie, escudriñando el cielo-. Será mejor que hagas bajar al sótano a los empleados… y rápido.

Charlie salió corriendo a la calle. Un hombre de la ARP [20] pasaba en bicicleta por la calle, gritando que todo el mundo se dirigiera lo antes posible al metro más próximo. Tom Arnold había instruido a sus directores para que cerraran las tiendas y pusieran a salvo a los trabajadores en el sótano en menos de cinco minutos, lo cual trajo reminiscencias a Charlie de la huelga general. Sentados en el almacén del número 1, esperando la señal de que había pasado el peligro, Charlie observó a los conciudadanos londinenses que le rodeaban y se dio cuenta de que sus mejores hombres jóvenes ya se habían ido de «Trumper's» para alistarse, y que le quedaban menos de las dos terceras partes de su plantilla fija, la mayoría mujeres.

Algunas mecían a niños pequeños en sus brazos, otras trataban de dormir. En una esquina, dos empleados proseguían una partida de ajedrez, como si la guerra no fuera más que un inconveniente. En el centro del sótano, un par de muchachas practicaban el último paso de baile, en el estrecho espacio que aún no había sido ocupado.

Todos oyeron las bombas cuando cayeron sobre ellos. Becky aseguró a Charlie que una había caído en las cercanías.

– ¿Sobre la taberna de Syd Wrexall, tal vez? -preguntó Charlie, intentando disimular una sonrisa-. Eso le enseñará a no servir más licor de la cuenta.

La sirena que indicaba la desaparición del peligro sonó por fin. Cuando salieron, cenizas y polvo llenaban el aire nocturno.

– Acertaste respecto a la taberna de Syd Wrexall -dijo Becky, mirando a la esquina más alejada de la manzana, pero los ojos de Charlie no se hallaban fijos en «El Mosquetero».

Becky siguió la mirada de Charlie. Una bomba había caído de lleno sobre su verdulería.

– Los muy cabrones -masculló él-. Esta vez se han pasado. Voy a alistarme.

– ¿Y de qué servirá?

– No lo sé, pero al menos me sentiré más involucrado en esta guerra, en lugar de seguir sentado como un idiota.

– ¿Y las tiendas? ¿Quién se hará cargo de ellas?

– Arnold me sustituirá en mi ausencia.

– Pero ¿y Daniel y yo? ¿Se cuidará de nosotros mientras tú estés fuera? -preguntó Becky, alzando la voz.

Charlie guardó silencio unos instantes, meditando sobre los razonamientos de Becky.

– Daniel es lo bastante mayor para cuidarse de sí mismo, y tú procurarás que «Trumper's» siga a flote. Ni una palabra más, Becky, porque ya he tomado mi decisión.

Nada de lo que dijo o hizo Becky a continuación evitó que Charlie se alistara. Ante su sorpresa, los Fusileros se sintieron encantados por el regreso a sus filas de su antiguo sargento, y le enviaron de inmediato a un campamento de reclutas, cerca de Cardiff.

Charlie, ante la mirada ansiosa de Tom Arnold, besó a su esposa, abrazó a su hijo y estrechó la mano de su director gerente. Después, se despidió de los tres agitando la mano.

Mientras viajaba hacia Cardiff en un tren abarrotado de juveniles reclutas, no mucho mayores que Daniel (la mayoría de los cuales insistían en llamarle «señor»), Charlie se sintió viejo. Un destartalado camión les recogió en la estación, conduciéndoles después a los barracones.

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[20] Anti-raid precautions. (N. del T.)