– Oye, ¿no te parece más aconsejable dejar la cazadora en el coche?
– Ni lo sueñes, colega. Tengo que dar el pego. -Me mostró una pierna, y un pie con una PRO-Ked blanca-. Esto y mis bambas son mi equipo de artista aerosólico.
Consulté mi reloj y vi que pasaban cuarenta y cinco minutos de la hora concertada.
– Llegamos tarde.
– No te preocupes -dijo Junior, caminando a saltitos-. Al juez Celemín le caigo superbién.
El juez nos fulminó con la mirada; sus voluminosas vestiduras negras le daban aspecto de buitre con las alas desplegadas.
– Cuánto nos alegramos de que haya podido usted venir, señor Delgado. Confío en que no haya sido demasiada molestia.
Junior le miró radiante:
– Oh, en absoluto, su señoría.
El magistrado fijó en mí su atención de ave rapaz. Debido a nuestra tardanza, el defensor de oficio había ido a ocuparse de otro caso en otra sala, pero el juez Celemín había exigido la comparecencia «del señor Delgado y quienquiera que sea el responsable de su traslado».
– Ésta es la segunda vez que el señor Delgado, a la tierna edad de catorce años, viola la libertad condicional y es detenido en posesión de botes de pintura al spray. ¿Usted es su Gran Hermano?
Empecé a sudar.
– Culpable de la acusación, su señoría -dije.
– Tal vez le convendría reflexionar sobre la calidad de las enseñanzas éticas que está usted impartiendo.
– A decir verdad, su señoría, últimamente he pensado mucho en ello.
– Imagino que sus recientes experiencias le habrán enseñado algo respecto a la Sexta Enmienda, ¿no es así, señor Danner?
Me quedé en blanco. Solía tener un miedo enorme a no ser tan listo como pensaba que era. Y me había aliviado sobremanera descubrir que no me equivocaba. Con todo, ningún adulto que se precie quiere quedarse a dos velas en un tema que se enseña en Sociales de sexto. Terminas los estudios y al cabo de los años te das cuenta, para tu disgusto, de que eres ese gilipollas inculto que no sabe situar Maryland en un mapa ni enumerar los planetas por orden.
– Supongo que no el derecho a presentarse tarde ante el tribunal.
– Supone correctamente, señor Danner. Bien, el señor Delgado tenía su última oportunidad aquí y ha decidido presentarse tarde, de modo que, sintiéndolo mucho, tendré que…
– Ha sido culpa mía -dije, contrito-. Tenía un… compromiso y me he retrasado un poco.
«¿Un compromiso? Ándate con cuidado, Chandler.»
La cara del juez Celemín no pudo haber expresado mayor repugnancia.
– Muy bien. Vuelva usted mañana a la misma hora con el defensor del señor Delgado y zanjaremos este asunto de una vez por todas.
– Mañana me va a ser un poco difícil, pero estoy seguro de que alguien podrá…
– ¿Algo en lo que acabo de decir le ha hecho pensar que esto está abierto a discusión?
– No, su señoría.
– Necesito que una persona adulta me garantice que este chico va a estar aquí mañana.
– ¿Yo?
– ¿Usted es un adulto?
– Supongo que algunos discreparían de eso, su señoría.
– Yo entre ellos, señor Danner, pero debemos atenernos a nuestro sistema judicial, por defectuoso que sea. Y en cuanto a sus ocupaciones de mañana, mire, siento mucho causarle molestias. Ahora mismo llevo una hora de retraso, de modo que sé muy bien lo difícil que es cuando uno tiene una agenda apretada.
Junior no dejó de reírse mientras íbamos hacia el aparcamiento.
– Suéltalo ya.
– ¿Y si nos vamos al cine, Gran Hermano?
Arranqué con un rechinar de neumáticos y dije:
– El jueguecito ha terminado. Me cuentas lo de ese coche que viste o te echo de aquí ya mismo.
Miró en derredor.
– Bonito barrio. -Pero parecía inquieto-. Vale, tío. Yo estaba pintando el puente ese y entonces vi unos faros. Salí pitando.
– Pero viste el coche…
– Un Volvo marrón. Una ranchera, o como se llame. Tenía una abolladura en el hueco de la rueda de delante. Me fijé porque la pintura estaba saltada.
– ¿En qué lado?
Se miró las manos, formó una L con los pulgares y los índices y dijo:
– El derecho.
– ¿Un Volvo viejo o nuevo?
– Jolín, sólo me fijé en el culo cuadrado. Un Volvo es un Volvo, colega.
– Cierto. ¿Alcanzaste a ver la matrícula?
– Claro.
– ¿Claro?
– Cuando tienes el spray en la mano y aparece un coche, siempre le miras la matrícula, por si es la pasma. Una E con un círculo alrededor al principio de los números quiere decir «exento». Así se conocen los coches de la poli sin identificar. -Sonrió satisfecho-. Pero no, no llevaba ninguna E. Éste empezaba por siete. Es todo lo que puedo decir, colega.
– ¿Viste al conductor?
– Qué va, tío. No me quedé a mirar. Me largué mientras el tipo aparcaba.
– ¿Había alguien más?
– Sí, todo un convento de monjas. A mí me gusta hacer pintadas con cantidad de gente mirando.
– ¿Dónde aparcó el Volvo?
Señaló un punto en el papel.
– Por aquí.
Recordé que en ese lado de la rampa había un trecho de tierra. Y si había tierra, podía haber huellas de neumáticos o de zapatos.
– Quiero que me enseñes dónde. ¿Cómo se va a la rampa desde aquí?
Pusimos música, y Junior empezó a golpear la cabeza rítmicamente contra el reposacabezas.
– Tuerce a la derecha… Izquierda… Ahora a la derecha… Hemos llegado.
Me encontraba frente a una hilera de casas diminutas.
– ¿Dónde diablos estamos? Esto no es la rampa de la autovía.
Junior saltó del coche y fue hacia la puerta más cercana.
– Entra un momento -dijo.
Lo seguí, cubriéndolo de improperios indignos de un Gran Hermano.
Entré por la puerta mosquitera. Junior estaba allí de pie, en la estrecha entrada semioscura.
– Éste es mi primo -dijo.
Un tipo se acercó con andares de pavo real. Traje negro, sombrero negro de ala ancha, corbata negra, zapatos negros; girando un poco el dial étnico, podría haber sido un mercader jasídico de diamantes. Dirigió su tétrico rostro hacia Junior, torciendo la boca.
– Te presento a Héctor -dijo Junior.
– Saca a tu puta perra de aquí -dijo el tal Héctor.
– A eso hemos venido, colega.
– Métete lo de «colega» por el culo, Junior. Déjate de esa jerga de gueto. Todos los niñitos [4] estáis perdiendo el orgullo mulato. -Se dirigió hacia la puerta-. Me marcho. Más vale que esa perra se haya ido para cuando vuelva o la llevo a la perrera. -De un tirón de brazos, mostró sendos puños de la camisa y se marchó.
– Oh, no -dije.
Junior abrió la puerta de atrás y un perro mezcla de dóberman y rottweñer entró arrastrando la correa que colgaba de su cuello de toro.
– Con un perro así, nadie volverá a tocarte los cojones en tu casa. Mírala bien. ¿A que es una preciosidad? Se llama Xena. La princesa guerrera. Una asesina sanguinaria, colega.
– No necesito un perro.
– Mira, mira. -Junior tiró de la correa; Xena gruñó.
– No quiero ninguna Xena. Sólo quiero ver la rampa.
– ¿Te apetece comer algo, colega?
– Nos vamos. Quiero ver esa rampa.
– No pienso enseñarte la rampa si no te llevas a Xena.
– Déjate de Xenas.
– ¿Permitirás que sacrifiquen a este fantástico perro guardián, con la falta que te hace uno?
– A mí no me hace ninguna falta.
– Dijiste que sí.
– ¡Sólo por quedar bien! -exclamé.
Junior dio un paso atrás y se rascó la cabeza.
– No puedo dejarla morir. -Sus ojos se humedecieron.
– ¡Santo Dios! -resoplé.