Debería de estar satisfecho.
Feliz.
Pero no lo estaba.
Estaba atrapado por los recuerdos, unos recuerdos de cabellos dorados y ojos azules, y una sonrisa que le proporcionaba una felicidad inconmensurable.
Mientras la necesidad de acariciar a Elspeth por todo el cuerpo… dentro y fuera… le nublaba el juicio con la fuerza de una gigantesca ola. Y cualquier compensación o felicidad a la que pudiera aspirar se había atado a aquella exuberante belleza de Yorkshire, que amaba tanto los caballos y las carreras como él.
Sin ella -Darley profirió un leve suspiro dentro del vaso de brandy- no era feliz.
– Vayamos al combate de boxeo -propuso Charlie, interrumpiendo las lúgubres ensoñaciones de Darley-. Nos vendrá bien un cambio de aires.
– Nos encontramos allí -Darley era incapaz de moverse.
El vizconde se levantó, balanceándose, se ladeó un momento, recuperó el equilibrio y se quedó mirando a Julius con ojos bizcos-. ¿Estás seguro?
– Seguro.
– No pareces seguro.
– Caramba, Charlie, vas tan borracho que no ves nada, pero si no lo estuvieras verías que estoy completamente seguro -masculló Darley-. Me quedaré para tomar unas copas más y luego iré a buscarte.
– No te olvides. Te voy a presentar a una bonita muchacha esta noche, Kelly. Es nueva en el escenario del Drury, y tan fresca como el rocío, casi puedes sentir el aroma del campo cuando estás cerca de ella.
El marqués dirigió a su amigo una sonrisa cínica.
– ¿Fresca como el rocío? Vaya, una novedad a escena.
– Y lo más interesante en este caso en particular -le dijo Charlie con una gran sonrisa-, te gustará.
– Nos vemos en una hora.
– ¿En el gimnasio de Broughton?
– Exacto.
Pero después de que se marchara Charlie, Darley dio dos rápidos tragos, como si la salida de su amigo le hubiera desatado un catastrófico sentimiento de ansiedad. Después, poco a poco, se fue tranquilizando y se bebió una tercera copa. A punto de servirse una cuarta, vaciló, dejó en el suelo la botella y pidió pluma y papel.
Cuando el lacayo le entregó lo que había pedido, garabateó unas líneas, dobló la hoja, puso la dirección de sus padres, se la dio al lacayo y salió de la sala de juego a grandes zancadas. Bajó corriendo las escaleras, cruzó la puerta que le abrió un sirviente a su paso, se dio la vuelta y ordenó enérgicamente al portero:
– Consígueme un coche de alquiler. Uno que sea rápido. Tengo prisa.
Capítulo 28
La tripulación del Fair Undine trabajaba a destajo para desplegar las velas. El capitán y el primer oficial supervisaban la frenética actividad desde la cubierta de popa, cuando Darley subió a bordo de un salto… justo cuando la pasarela se levantaba literalmente detrás de él.
Charlie fue el primero en verlo desde su posición elevada, en la barandilla de estribor.
– Tenemos otro pasajero -susurró Charlie, y le dio a Sophie, que se le había aproximado por detrás, una palmadita en la espalda.
– Que Dios nos coja confesados -musitó Sophie entendiendo el significado del comportamiento de Darley. Él sabía que el viaje que estaban emprendiendo sería largo.
– Nuestra señora pronto estará sonriendo. Le está diciendo al capitán que no equilibre el barco con las velas desplegadas.
La brisa, en efecto, comenzó a henchir las velas. El barco se movía lento y despacio por el río. Vieron a Darley intercambiando algunas palabras más con el capitán. Parecía como si estuviera dándole órdenes. Después el marqués se dio la vuelta y se dirigió a la escalera de cámara.
– ¿No te gustaría estar allí dentro para ver qué pasa? -dijo Charlie con una gran sonrisa.
– Cállate -le dijo Sophie, arrugando el ceño-. Lo que haga la señora no es asunto nuestro.
– No lo dije con mala intención. Quería decir que se pondrá más contenta de lo que está ahora.
Darley no llamó a la puerta cuando llegó al camarote, estaba demasiado impaciente después de pasar muchas horas esperando y bebiendo.
Demasiado irreprimible.
Pero un momento después se encontró quieto en el umbral de un camarote vacío.
– ¡Elspeth! :-su voz resonó en aquel espacio pequeño, un matiz de inquietud subyacía en aquella palabra. Según el capitán, se suponía que estaba allí. Imágenes inverosímiles de mujeres ahogándose por la melancolía inundaron su mente. Consecuencia del brandy, sin duda, con todo muy vivido.
Inquieto, se giró para ir en su búsqueda y, cuando puso un pie en el pasillo, oyó una voz somnolienta.
– Has cambiado de idea.
Se dio la vuelta hacia aquel sonido familiar y la ansiedad dio paso a la dicha. Allí estaba Elspeth, en la entrada del vestidor, ligeramente aturdida.
– He debido de quedarme dormida. -Todavía somnolienta, la felicidad de verle era poco expresiva.
Darley volvió a entrar en la habitación, cerró la puerta de forma egoísta, inmune a los matices de su entonación cuando había encontrado el trofeo que perseguía, sano y salvo.
Darley sonrió.
– Pensé que te gustaría tener compañía para ir a Tánger.
¡El barco se movía?, advirtió Elspeth y un arrebato de desproporcionada alegría causado por las palabras de Darley la abrumó. Sin embargo sabía cómo expresar su vertiginoso placer por las páginas de The Tatler, su modelo -aunque pudiera ser equivocado- en las maneras que se debían observar entre la alta sociedad.
– Estaría encantada de disfrutar de algo de compañía -le dijo Elspeth, esperando que sonara a una despreocupación indistinta. En cambio, pasó por alto decirle que le encantaría de todo corazón disfrutar de la suya-. Aunque también aprecio mucho la ayuda de Malcolm -añadió después, no fuera a ser que él pensara que era una desagradecida, después de toda la ayuda que le había brindado-. Es un hombre encantador.
– ¿Encantador? -gruñó Darley y, dándose cuenta al instante de que su pregunta parecía la de un pretendiente celoso, rectificó-. Perdóname. He hablado fuera de lugar. He tomado una copa o dos esta mañana.
– Espero que no quieras dar media vuelta cuando te hayas despejado -le dijo Elspeth con los pies en la tierra. Después de terciar durante meses con las borracheras de su marido, no se molestó por el carácter de Darley, limitándose a comentar temas más pertinentes-. Me retrasaría inútilmente si tuviéramos que volver a Londres, y también pondría en peligro la vida de mi hermano.
Darley le puso buena nota en compostura. Elspeth no se estremecía fácilmente.
– No tienes que preocuparte -le previno Darley con una voz deliberadamente suave-. No haré que te retrases. Necesito un cambio de aires y Tánger es un sitio igual de bueno que cualquier otro.
– Pensé que alguien te estaba persiguiendo -dijo Elspeth. Su precipitada aparición le recordaba la famosa ilustración de Rowlandson [5], en la que Darley aparecía acosado por un grupo de mujeres. Se había ganado fama de huir cuando una amante se encariñaba demasiado de él.
– He saldado todas mis deudas -contestó Darley con suavidad, haciendo ver que no entendía su comentario. No iba a admitir que él era el perseguidor-. Creo que por el momento estoy a salvo.
Como si un hombre de la fortuna de Darley pudiera tener acreedores. Pero ella no insistió en ese punto.
– Una última advertencia, si me permites -dijo Elspeth, temerosa de que pudiera comprometer sus planes cuando estuviera más sobrio-. No quiero que te despiertes mañana y cambies de parecer…
– No soy tu marido -le interrumpió Darley bruscamente-. Sé lo que me hago.
– Ahora soy yo quien tiene que pedirte disculpas. No quise ofenderte.
– No podrías -le respondió, afable-. No hay nada que pueda ser ofensivo en ti -añadió, moviéndose hacia el sillón y colocando su cuerpo con elegancia en una postura más relajada, como si se acomodara para el largo viaje que tenían por delante-. Eres mi cielo -le sonrió él desde la corta distancia que les separaba-, la criatura más perfecta que hay sobre la tierra.