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Los criados eran su único contacto con el mundo exterior, puesto que su secretario se había retirado a los más saludables alrededores de Londres y todavía no había llegado un sustituto.

– Es un maldito contratiempo no tener un secretario… discúlpeme, señora, por mi imprecación… pero maldita sea todo lo que se mueve, ¡estoy intentando traducir a Heródoto! ¡No tengo tiempo para asuntos de estado!

Por lo visto había dejado que el servicio local hiciera lo que le diera la gana durante demasiado tiempo y requirió no poco esfuerzo para convocarlos en su presencia.

Cuando por fin consiguió reunir a un grupo numeroso, resultó ser de poca utilidad. Niños y ancianos, pasando por todas las edades intermedias, respondieron a las preguntas con una mirada vacía o encogiéndose de hombros.

– ¡Maldito atajo de embaucadores… malditos todos vosotros! -gritó el cónsul Handley. El color de su cara se volvió granate a medida que el interrogatorio no prosperaba. Se dio la vuelta y agitó el dedo en dirección a un hombre alto y de nariz estrecha-. ¡Ismail, te ordeno que encuentres a estos ingleses!

– Efendi [6], eso no es posible -la voz de aquel hombre era extremadamente suave en contraste con el estridente tono de su patrón, sus ojos un poco entornados-. A estas alturas, la ciudad los debe haber engullido.

– ¡Encuéntralos o expulsaré a todos tus parientes dentro de una hora, maldita sea!

– Haré todo lo que esté en mis manos, efendi, pero no puedo prometerle nada…

– ¡Hazlo! -espetó el cónsul Handley-. ¡Fuera, fuera todos! Tienes una hora, Ismail, o tu abuela dormirá en la calle esta noche. -El cónsul chasqueó los dedos, despidiendo el descabellado surtido de criados que se dispuso a salir arrastrando los pies con el mismo estilo pausado con que habían entrado.

Ismail, que parecía ocupar el puesto de mayordomo y de benefactor familiar, cerró las manos, palma contra palma, se las llevó a la frente e hizo una reverencia.

– Como usted mande, efendi. Estoy a sus órdenes.

– Sí, claro -masculló el cónsul-. Necesitaremos té para la señora y brandy del bueno. Deprisa, por favor. -Cuando Ismail abandonó la logia, Handley puso los ojos en blanco y se quejó-: Como pueden comprobar, es muy discutible quién lleva aquí el mando. Hasta que mi nuevo secretario no desembarque en esta incivilizada costa, estoy a merced de Ismail. Pero vengan, siéntense. Con un poco de suerte, pronto llegará el té -y dirigió una sonrisa expectante a sus invitados-. Porque no creo que les interese Heródoto, ¿verdad?

El pequeño arranque violento de Handley debió surtir efecto porque Ismail volvió a la logia, perfumada de jazmín con vistas a la bahía, antes de que terminaran el té y el brandy. Después de consultar en primer lugar a sus parientes, ahora estaba en disposición de ofrecerle la información que, poco más o menos, era de dominio público en la ciudad:

– Un barco inglés atracó en el puerto hace algunas semanas para desembarcar a unos enfermos. Todavía viven dos de los bárbaros, efendi -les informó Ismail-. Los demás murieron. ¿Desea ver las tumbas?

Elspeth, de repente, palideció. Darley cogió al instante la taza de té de su temblorosa mano y la dejó sobre la mesa, se inclinó hacia delante y le dijo en un susurro:

– Tal vez no sabe lo que dice -levantó la vista y preguntó a Ismail en un tono normal-. ¿Dónde están los dos hombres que siguen vivos?

– En una taberna del puerto que dirigen unos bárbaros.

– Llévanos hasta allí -Darley le tendió una moneda de oro que le arrancó de la mano y desapareció en el djellabah [7] de Ismail con la velocidad del rayo.

– Por supuesto, yo les acompañaría si fuera menester -dijo el cónsul con una evidente falta de sinceridad, puesto que no se molestó en esperarse para coger el libro en el que estaba absorto-. Pero supongo que quieren ocuparse de esta tragedia en privado -añadió, hojeando el libro para encontrar la página por la que se había quedado.

Sin tener en cuenta aquella falsa cortesía, si el cónsul fuera una persona útil, Darley habría insistido en que les acompañara. Pero estaba claro que no dominaba el idioma autóctono e ignoraba lo que acontecía de puertas afuera. Además, sus insinuaciones acerca de una tragedia no eran las más adecuadas para tranquilizar a Elspeth.

– No queremos abusar de su tiempo -observó Darley, poniéndose de pie-. Pero necesitaremos que su criado nos acompañe a la taberna.

El cónsul alzó la mirada.

– Sí, sí… ves con el marqués, Ismail. Y quédate con él hasta que te den permiso para retirarte -el señor Handley sacudió el dedo apuntando al mayordomo en señal de aviso-. Y no quiero que salgas corriendo. ¿Me entiendes, malandrín?

– Sí, efendi.

– Me temo que los nativos son un grupo aparte -dijo el cónsul con exasperación-, en los que no se puede confiar. Si en este lugar salvaje no pudiera recurrir a mis libros, me volvería loco de remate -añadió después, subscribiendo la opinión aristocrática de que los sirvientes son sordos e invisibles-. Les deseo buena suerte en su búsqueda y un agradable viaje de regreso a casa. Ojalá pudiera abandonar este infierno -dijo el cónsul con un suspiro, ajustándose las gafas.

Su comentario sobre un agradable viaje de regreso sugería que el cónsul prefería no volverles a ver, interpretó Darley. Y aunque había sido de ayuda sólo de nombre, era evidente por qué el señor Handley estaba destinado en Tánger y no en Whitehall [8], donde se hallaba concentrado el poder del mundo diplomático.

El cónsul, sin embargo, se zambulló de nuevo en la lectura y olvidó a los visitantes y sus inferencias.

Darley se ahorró un adieu que habría sido en balde y ayudó a Elspeth a levantarse de la silla. Estaba pálida como un fantasma, de modo que deslizó el brazo alrededor de su cintura para tranquilizarla mientras salían de la habitación y recorrían los serpenteantes pasillos dé la residencia. Cuando llegaron al carruaje que habían alquilado, Darley subió a aquella figura silenciosa al interior, tomó asiento a su lado y la acercó hacia él con delicadeza. No podía levantarle el ánimo diciendo tonterías u ofreciéndole falsas esperanzas durante el callado paseo en coche hasta el puerto. Tenían muy pocas probabilidades.

Elspeth mantenía la entereza por pura determinación, no se permitía pensar en lo que les acechaba, o mejor dicho… lo que les podría estar esperando en la taberna del puerto. En lugar de eso, se concentró en las escenas que se sucedían en el exterior, observaba las casas y las personas, el alboroto y el trajín cotidiano sin prestar mucha atención, recurriendo a la simulación de que se encontraban en Tánger por los caballos de Darley.

Y así intentó disimular hasta que no aguantó más.

Finalmente detuvieron el carruaje delante de una construcción antigua y destartalada. Por fuera, la puerta había desaparecido, las ventanas no eran más que unas aberturas hechas en el adobe -aquella mezcla de tierra, cal y paja secada al sol-, y en el interior flotaba un hedor más fétido que los desperdicios que llenaban las calles.

Ismail les advirtió desde el asiento del copiloto: -Efendi, éste es un antro de vicio y perversión. -Quédate aquí -murmuró Darley, apretando con delicadeza la mano de Elspeth-. Entraré y haré algunas preguntas.

– No. Voy contigo.

– No es un lugar seguro.

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[6] Tratamiento de respeto que se emplea para dirigirse a los hombres en el Oriente Próximo, equivalente a Sir. (N. de la T.)

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[7] Largo manto o túnica de entalladura holgada que visten los hombres en el norte de África, especialmente en Marruecos. (N. de la T.)

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[8] Nombre de la calle de Londres donde se encuentra la administración central británica. (N. de la T.)