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– Los dos son oficiales -Darley miró a Elspeth-. ¿Acaso reconoces el sastre de alguno de ellos? -las caras estaban tan demacradas que cualquier anterior parecido se habría alterado drásticamente.

– Los uniformes de Will eran de York. Los hizo una costurera.

Una costurera no habría dejado su firma, pensó Darley, dando la vuelta a la solapa.

– Bond Street -murmuró Darley, pasando el dedo pulgar por encima de la etiqueta bordada-. Schweitzer and Davidson -Él sí reconoció el sastre.

La mano de Elspeth temblaba mientras seguía limpiándole la cara. Que fuera de Bond Street significaba que quedaba descartado que ese hombre fuera su hermano. Buscó, frenética, algún indicio en el rostro de aquel joven que estaba socorriendo… cualquier pista remota de que esa figura cadavérica pudiera ser su hermano.

El cuerpo postrado sufrió una contracción abrupta.

Elspeth chilló de sorpresa y cayó hacia atrás.

Darley la cogió… justo antes de que fuera a dar de bruces contra la suciedad de la calle.

– Gracias -murmuró Elspeth, recobrando el equilibrio-. No esperaba que se moviera.

Los párpados del hombre se abrieron.

Darley y Elspeth se intercambiaron una mirada. Aquel hombre, ¿estaba consciente o había sido un acto reflejo?

– Hemos venido para ayudarle -comentó Darley, con delicadeza, acercándose-. Somos ingleses. Le llevaremos a casa.

Observaron cómo el hombre concentraba fuerzas para abrir los ojos, parpadeó las pestañas, enarcó las cejas un poco… incluso un esfuerzo tan ínfimo parecía sobrepasar sus fuerzas, porque acto seguido volvió a perder el conocimiento.

– Ahora ya está a salvo -murmuró Elspeth, su voz, alentadora, el intento doloroso de aquel hombre para responderles, conmovedor-. Nos ocuparemos de usted.

Un sonido gutural emergió de sus deshidratados labios y, con un esfuerzo sobrehumano que le arrugó la cara y le sacudió con fuerza el delgado pecho, abrió los párpados lo suficiente para mostrar el azul de sus ojos.

– Her…

Apenas fue un susurro… un movimiento de labios más que un sonido.

Luego cerró otra vez los ojos y perdió el conocimiento… al igual que su hermana.

En cambio Darley sonreía mientras cogía a su desvanecida compañera.

Todavía sonreía cuando la tomó entre sus brazos y la llevó al carruaje. Colocó con cuidado el cuerpo inconsciente de Elspeth en el asiento, cerró la puerta del carruaje y se fue a pagar al tabernero y a la numerosa clientela.

Al poco rato, Ismail regresó con un carruaje y un cochero. Los dos hombres enfermos fueron cargados con cuidado sobre una cama provisional de paja que improvisó el tabernero, y el pequeño grupo se esfumó. Le siguió la ovación de los parroquianos de la taberna, cuyas fortunas había prosperado gracias al oro de Darley.

Pero fue dinero bien empleado, pensó Darley con Elspeth en sus brazos, y el carruaje abandonó lentamente el puerto. Sin embargo, como jugador que era, no hubiera apostado ni seis peniques por el éxito de esa aventura. De hecho, las apuestas estaban tan exageradamente en contra que consideró seriamente la posibilidad de una intervención divina.

Darley era el hombre menos indicado para dar alas a sentimientos de esa naturaleza.

Pero allí estaba.

En esa tierra remota, en ese lugar de iniquidad que, al parecer, había acabado con la vida de un buen número de compañeros de Will, habían tenido el golpe de suerte más fortuito del azar más aleatorio del universo. Podría tener la tentación de ofrecer una oración de gracias cuando los dos hombres estuvieran a bordo del Fair Undine.

Darley frunció el ceño.

A menos que sobrevivieran.

Cuando Elspeth recobró la conciencia, Darley borró rápidamente la arruga que le surcaba la frente y le sonrió.

– Tienes mucha suerte -susurró Darley.

– ¡Will! -exclamó Elspeth con un sobresalto.

– Will está bien. Está en el coche que va delante de nosotros. Por eso circulamos tan despacio.

– Dime, ¿se pondrá…?

– Se pondrá bien -respondió Darley con suavidad-. Totalmente bien -añadió, jurando en falso sin el menor reparo. Haría cualquier cosa que estuviera en su mano para probar que su afirmación era cierta-. Había pensado, sin embargo, que Gibraltar sería un lugar más adecuado para su convalecencia. No queda lejos. La guarnición contará con un doctor. Y cuando Will se haya recuperado, volveremos a Inglaterra.

– Consigues que te crea cuando pareces tan seguro.

Pero Elspeth sonreía, ya no estaba asustada. Darley, por su parte, estaba contento de haberla tranquilizado.

– Tu hermano es joven y fuerte. Se recuperará en poco tiempo.

– No sé cómo agradecértelo, todo… tu confianza, tu apoyo y tu postura tan amedrentadora dentro de la taberna -añadió Elspeth con una amplia sonrisa.

– Ha sido un placer, querida.

Le habría gustado mucho ser su «querida», pero todavía se interponían demasiadas cosas entre la realidad y el deseo.

– ¿Cuánto dura la travesía hasta Gibraltar? -le preguntó, desviando la conversación hacia temas más seguros.

– Unas horas, no más… allí deberíamos disfrutar todos de unas merecidas vacaciones.

Elspeth sonrió.

– Haces que todo sea posible, ¿no?

– Hacemos lo que podemos -dijo Darley arrastrando las palabras. Una declaración comedida de un hombre que siempre había doblegado al mundo para satisfacer sus deseos. Y en este caso, sus esfuerzos se dirigían a hacer feliz a cierta Elspeth Wolsey, tanto como fuera posible.

Un gesto no del todo desinteresado.

Esperaba una recompensa a su debido momento.

* * *

Capítulo 32

Mientras el Fair Undine zarpaba rumbo a Gibraltar, Lord Grafton estaba sentado en el despacho del presidente del Tribunal Supremo en Lincoln Fields. Le acompañaba su asesor jurídico, aunque él y Kenyon eran viejos amigos, y ya se habían puesto de acuerdo por correspondencia de que la petición de divorcio de Grafton sería aceptada con presteza por Lord Canciller [10].

– ¡Que esa mujerzuela no consiga nada de mí, ni un penique! -dijo Grafton, colérico -¡Y quiero una sentencia que declare ilegítimo a cualquier hijo que tenga! ¡Los bastardos de Darley no heredaran ni mis tierras ni mi título!

– Se tomarán las disposiciones oportunas, se lo aseguro -respondió Kenyon. Era un hombre de inquebrantables principios chovinistas en lo referente a las mujeres. Además, coincidía totalmente con los principios moralistas de Lord Canciller Thurlow de que las mujeres adúlteras debilitaban el carácter moral de la nación-. Insertaremos una cláusula que declare ilegítimo a cualquier hijo concebido por su mujer. También pediremos que sea requerida para que suba al estrado de la Cámara de los Comunes y sea interrogada.

– ¡Y su infame amante también! ¡Quiero que Darley sea humillado públicamente!

Kenyon alzó la mano en un gesto disuasorio.

– No voy a poder complacerle al respecto. El duque de Westerlands goza de una considerable influencia, incluida su amistad con el rey. Por lo que respecta a su esposa, sin embargo, tendrá que presentarse ante la corte y será condenada ante todo el mundo por su comportamiento inmoral. -Que Grafton tuviera fama de seductor no tenía mucha importancia para Kenyon, que era partidario del anticuado doble rasero.

Un hombre podía hacer lo que quisiera, mientras que la mujer tenía que mostrarse sumisa. Así es como siempre había sido y así es como debería seguir siendo.

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[10] Jefe de la administración de la justicia en Inglaterra y Gales, y presidente de la Cámara de los Lores. (N. de la T.)