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Noah le hizo un par de preguntas más sobre su negocio, y poco después los dos estaban separados de los demás, charlando sobre la cría de ganado.

– No había visto nunca a Eli hablar tanto con un forastero -dijo Dave, complacido.

Los demás hombres del grupo se fijaron y asintieron a modo de confirmación.

– Sé que no lleváis demasiado tiempo aquí -le dijo Steve a Jordan-, pero no parecéis forasteros. Habéis animado mucho la vida del pueblo. ¿Cuándo os iréis de Serenity?

– Mañana -indicó Jordan.

– Ha sido un auténtico placer conoceros -aseguró Dave.

– Creo que ya han contestado bastantes preguntas por hoy -dijo Jaffee a todo el mundo-. ¿Por qué no vais a buscar las bebidas a la barra y ocupáis vuestros asientos?

Mientras la mayoría de los hombres se dispersaba por el local, Dave, Eli y Jaffee se acercaron a Jordan para despedirse de ella.

– Voy a echarte de menos -comentó Jaffee-. Y siento mucho que perdieras los documentos de la investigación. Sé que tuviste que dejarlos en casa del profesor. Te tomaste la molestia de hacer fotocopias para acabar viendo cómo las llamas acababan con ellas.

– Es una verdadera lástima. ¿No nos contaste que habías venido desde Boston para ver esa investigación? -preguntó Dave.

– ¿Se quemó todo? -exclamó Eli en voz alta.

– Tengo las fotocopias -aclaró Jordan, que pudo intervenir por fin-. No estaban en el lugar del incendio, y ya había enviado la mayoría por correo a casa antes de que se destruyeran los originales. Si Joe y los dos agentes encargados de la investigación quieren verlas, tendré que enviárselas de nuevo.

– Qué buena noticia -aseguró Jaffee-. Tu viaje no ha sido en vano. Esta noche invita la casa, y no se te ocurra negarte. Dora y yo agradecemos de todo corazón tu ayuda. Espero que vuelvas algún día a vernos.

La abrazó y le estrechó la mano a Noah para despedirse.

– Si alguno de los dos necesita un coche nuevo, pensad en mí. Os lo llevaré a Boston -se ofreció Dave.

– Lo hará encantado -corroboró Eli mientras se dirigía hacia su mesa.

Noah dejó una generosa propina para Angela y llevó a Jordan hacia la puerta en medio de un coro de despedidas.

Ninguno de los dos dijo una palabra hasta que estuvieron a una manzana de distancia.

– Ummm… -soltó Jordan-. Noche de póquer. No lo he visto venir.

– No había visto nunca esa expresión en tu cara… -rio Noah-. La que has puesto al ver a tanta gente.

– La noche no ha estado tan mal. Hemos tenido una cena estupenda sin interrupciones, y hemos conocido a unos cuantos hombres encantadores -dijo Jordan-. Encantadores… e interesantes -añadió.

– ¿Sabes qué otra cosa es interesante?

– ¿Qué?

– La mitad de esos hombres encantadores estaba en la lista.

Capítulo 31

Jordan cayó en la cuenta cuando estaba en la ducha, librándose del calor del día y enjabonándose el pelo con un champú con fragancia de albaricoque. No quería volver a casa. Borró inmediatamente ese ridículo pensamiento de su mente. Claro que quería volver a casa.

Quería recuperar su organizada vida, ¿no? Cuando vendió su empresa, había obtenido unos beneficios asombrosos, pero ahora tenía que decidir qué hacer con ellos. Había barajado la idea de invertir parte del dinero en el desarrollo de un nuevo procesador informático que fuera tan rápido que permitiera ejecutar varios programas multimedia complejos a la vez. Hasta había imaginado el diseño y el prototipo. Su gran plan para conmocionar de nuevo a los gigantes de Silicon Valley sólo tenía un problema: no quería llevarlo a cabo. Que fuera otra persona quien creara un diseño que hiciese girar el mundo más y más deprisa.

No querer volver a su trabajo no fue la única revelación sorprendente que tuvo. Ya no tenía prisa por salir corriendo a comprar otro portátil y otro móvil. Antes, eran apéndices suyos, pero ya no tenía la sensación de depender del portátil, y le estaba resultando de lo más agradable no tener que contestar al móvil cada cinco minutos. Sin duda, estar ilocalizable tenía sus ventajas.

– Me estoy empezando a asustar a mí misma -susurró.

¿Qué le estaba sucediendo? Era como si se estuviera transformando en una persona totalmente distinta. Quizás estar sentada a más de cuarenta grados mientras esperaba que Noah examinara los restos del incendio le había afectado al cerebro. Tal vez el calor se lo había derretido. O puede que todas las duchas que se había dado desde que había llegado a Serenity le hubiesen diluido las neuronas.

Estaba deshidratada debido a su exposición al sol. Era eso.

Se puso la camiseta y el pantalón corto, y se cepilló los dientes. Con el cepillo en la boca, quitó el vapor del espejo y se miró. Tenía la piel llena de manchas y pecas. Qué pinta tenía, especialmente con ese pijama unisex.

Dejó el cepillo de dientes, tomó un tarro de la loción corporal especial de Kate y abrió la puerta. Jamás le había preocupado su aspecto, pero ahora todo andaba patas arriba.

Sabía cuál era el auténtico problema. Hasta ese momento, se había negado a admitirlo. Noah. Oh, sí, él era el problema. Él lo había cambiado todo, y Jordan no sabía qué hacer al respecto.

Preocuparse no mejoraría la situación. Una mujer inteligente saldría corriendo lo más rápido que pudiera en sentido contrario, pero sospechaba que ella no lo era porque, en aquel momento, lo único en lo que podía pensar era en acostarse otra vez con Noah.

Tenía que quitarse el sexo de la cabeza. Decidió que se acurrucaría en la cama con los papeles de la investigación del profesor y leería otro relato horripilante sobre derramamientos de sangre, decapitaciones, mutilaciones y supersticiones. Eso debería servirle para apartar cualquier imagen de Noah.

¿Dónde estaban sus gafas? Creía haberlas dejado junto al estuche de las lentillas en el cuarto de baño, pero no estaban allí. Cruzó el dormitorio hacia el escritorio y se dio un golpe en el pie con la pata de una silla. Entre gemidos, hurgó en su bolso a la vez que saltaba a la pata coja.

– Noah -preguntó-, ¿has visto…?

– Están en la mesa -dijo él desde el otro lado de la puerta abierta que comunicaba sus dos habitaciones.

¿Cómo había sabido qué quería? ¿Leía el pensamiento? Las gafas estaban donde había dicho.

– ¿Cómo has sabido…?

– Ibas con los ojos entrecerrados -contestó antes de que pudiera terminar la frase-. Y te has tropezado con una silla.

– No miraba por dónde iba.

– No veías por dónde ibas -dijo Noah, divertido.

Jordan notó que tenía las gafas sucias y volvió al cuarto de baño.

Le pareció oír que alguien llamaba a su puerta y gritó:

– Noah, ¿podrías abrir, por favor?

Unos segundos después, oyó la voz de una mujer procedente de la habitación de Noah. La llamada había sido en su puerta, no en la de ella. Llena de curiosidad, limpió rápidamente las gafas, se las puso y salió a su cuarto. Oh, estupendo. Noah estaba recibiendo servicio personalizado: le estaban abriendo la cama, y Amelia Ann hacía los honores. Noah estaba apoyado en la puerta mirándola, pero cuando oyó a Jordan, volvió la cabeza hacia ella y le guiñó el ojo. Le encantaba el trato preferente. A Jordan, no.

No podía dejar de contemplar a Amelia Ann a través de la puerta abierta. Iba vestida como una cabaretera. Llevaba unos diminutos pantalones cortos, zapatos de tacón de aguja rojos y una blusa escotada que, al parecer, había olvidado abrochar. No había duda de que se estaba ofreciendo. La forma en que se agachaba hacia la cama cuando alisaba las sábanas resultaba cómica, pero Jordan no se reía. La conducta de Amelia Ann era escandalosa.

Jordan se giró murmurando entre dientes y retiró la colcha de su cama. La dejó en el rincón, depositó un montón de papeles en medio de la cama, tomó una botella de agua y se sentó a leer.