– Puede que no piense eso -dijo ella, pero no lo creía.
– Sí, lo hará, y tendría que hacerte un buen chupetón en el cuello y mojarte el pelo sólo para asegurarme de que piense justo eso. -Se apoyó sobre la barandilla-. Depende de ti. Pero si saltamos es mejor que lo hagamos antes de que oscurezca más. No quiero quedarme sin luz. -Se irguió, la miró y sonrió ampliamente, como si estuviera pasándolo en grande-. ¿Preparada? -preguntó como si no le hubiera dado a elegir entre un chupetón o saltar hacia la muerte.
– ¡No!
– ¿Estás asustada?
– ¡Sí! Cualquier persona con dos dedos de frente estaría aterrorizada.
Él sacudió la cabeza, y pasó una pierna y luego la otra sobre la barandilla.
– No me digas que tienes vértigo. -Estaba de pie sobre el borde exterior de la terraza de cara a ella agarrado a la barandilla metálica.
– No. Tengo miedo de saltar derechita a la muerte.
– Lo más probable es que no mueras. -Joe miró al suelo y después otra vez a ella-. Aunque puede que te rompas una pierna.
– Eso no me hace sentir mejor.
Su sonrisa se hizo más amplia.
– Era una broma.
Ella se inclinó un poco más hacia delante y miró hacia abajo.
– No es un buen momento para bromear.
– Tienes razón. -Le colocó una mano bajo la barbilla para que lo mirara a los ojos-. No dejaré que te pase nada, Gabrielle. No dejaré que te hagas daño.
Ambos sabían que no podía prometer tal cosa, pero mientras miraba sus intensos ojos castaños, casi creyó que él tenía el poder de mantenerla a salvo.
– Confía en mí.
«¿Confiar en él?» No se le ocurría ni una sola razón por la que debería confiar en él, pero allí apoyada en la barandilla por encima de la ciudad, mirando la altura desde la terraza del jacuzzi descubrió que confiaba en él.
– Está bien.
– Esa es mi chica -dijo él sonriendo ampliamente. Deslizó las manos hacia la parte inferior de la barandilla descolgándose lentamente hasta que todo lo que pudo ver de él fueron sus grandes manos. Luego desaparecieron también, a continuación oyó un ruido pesado.
Gabrielle miró hacia abajo, a la parte superior de su cabeza y él alzó la vista hacia ella.
– Tu turno -dijo él, levantando la voz lo justo para que lo oyera.
Inspiró profundamente. Podía hacerlo. Podía pasar por la barandilla que estaba a tres metros del suelo y dejarse caer confiando que aterrizaría en la terraza correcta. Sin problemas. Se pasó la correa del bolso por encima de la cabeza y el hombro, y lo desplazó hacia la región lumbar. Intentó no pensar que aquel salto podía ser mortal.
– Puedo hacerlo -susurró ella y levantó una pierna sobre la barandilla-. Estoy tranquila. -Mantuvo a raya el pánico mientras pasaba la otra pierna sobre la barandilla. Un golpe de aire hinchó la falda mientras se balanceaba en el borde de la terraza con los talones en el aire. La barra metálica estaba fría bajo sus manos.
– Eso es -la animó Joe desde abajo.
Sabía que era mejor no mirar por encima del hombro, pero no pudo evitarlo. Miró las luces de la ciudad debajo y se quedó helada.
– Venga, Gabrielle. Vamos, cariño.
– ¿Joe?
– Estoy justo debajo.
Ella cerró los ojos.
– Estoy asustada. No creo que pueda hacerlo.
– Claro que puedes. Eres la misma mujer que me pateó el culo en el parque. Puedes hacer cualquier cosa.
Ella abrió los ojos y miró abajo, hacia Joe, pero estaba oscuro; él quedaba oculto por las sombras de la casa y sólo alcanzó a ver su perfil gris.
– Agáchate un poco y agárrate a la barra de la parte inferior.
Lentamente hizo lo que él le decía, hasta que estuvo agachada en el borde con el trasero colgando sobre la ciudad. Nunca en su vida había estado tan asustada.
– Puedo hacerlo -susurró-. Estoy tranquila.
– Date prisa, antes de que te suden las manos.
Señor, no había pensado en manos sudorosas hasta ese momento.
– No puedo verte. ¿Me ves tú?
Su risa suave llegó hasta ella que seguía encorvada y aferrada a la barandilla.
– Tengo una vista excelente de esas bragas blancas que llevas.
En aquel momento, que Joe Shanahan le mirara debajo de la falda, era el menor de sus problemas. Deslizó un pie fuera de la terraza.
– Venga, cariño -la animó desde abajo.
– ¿Y si me caigo?
– Te agarraré. Te lo prometo, sólo tienes que dejarte caer antes de que oscurezca tanto que deje de verte las bragas.
Lentamente, deslizó el otro pie fuera de la terraza y quedó completamente descolgada sobre el vacío oscuro.
– Joe -gritó ella mientras su pie daba contra algo sólido.
– ¡Joder!
– ¿Qué era eso?
– Mi cabeza.
– Ah, lo siento. -Sus manos fuertes le agarraron los tobillos, luego se deslizaron por detrás de las pantorrillas hasta las rodillas.
– Te tengo.
– ¿Estás seguro?
– Suéltate.
– ¿Estás seguro?
– Sí, suéltate.
Ella inspiró profundamente y contó hasta tres, luego soltó la barra. Y cayó, deslizándose dentro del círculo de sus poderosos brazos. La apretó contra él y el pichi se le enrolló en torno a la cintura mientras seguía bajando por su pecho. Joe deslizó las manos por sus piernas, sujetando los muslos desnudos. Gabrielle miró hacia abajo, a su cara oscura a sólo un centímetro de la de ella.
– Lo hice.
– Lo sé.
– Tengo la falda enrollada en la cintura -dijo.
Sus dientes se vieron muy blancos cuando sonrió.
– También lo sé.
Con lentitud, la fue soltando hasta que sus pies tocaron el suelo. Las palmas de las manos de Joe se detuvieron en su trasero.
– No sólo eres guapa, además tienes un par de cojones [2]. Me gusta eso en una mujer.
Gabrielle podía decir sinceramente que nunca ningún hombre había escogido aquellas palabras para halagarla. Normalmente eran fieles a la adulación común y hacían comentarios sobre sus ojos o sus piernas.
– Estabas muerta de miedo, pero saltaste de todos modos. -Sus cálidas manos le quemaron la piel a través de la ropa interior-. ¿Recuerdas que anoche me dijiste que no te besara más?
– Lo recuerdo.
– ¿Querías decir en los labios?
– Por supuesto.
Él bajó la boca y le besó un lado de la garganta.
– Eso deja un montón de lugares muy interesantes -dijo, mientras le apretaba el trasero con las manos.
Gabrielle abrió la boca, pero volvió a cerrarla. ¿Qué podía decir a eso?
– ¿Quieres que los encuentre ahora o más tarde?
– Esto… Probablemente sea mejor más tarde. -Tiró del dobladillo de la falda, pero Joe tenía atrapada la tela contra su espalda.
Su voz era baja y ronca cuando preguntó:
– ¿Estás segura?
En absoluto. Estaba sobre la escalonada ladera de la montaña, con el culo al aire y sin estar completamente segura de no querer estar exactamente allí. Envuelta en la oscuridad, aprisionada contra el sólido pecho de Joe.
– Sí.
Él bajo la bastilla del vestido y lo alisó sobre la curva de su trasero.
– Avísame cuando lo estés, ¿vale?
– Lo haré. -Se alejó de la tentación de su voz y del calor de su abrazo-. ¿Cómo está tu cabeza?
– Viviré.
Giró y comenzó a subir los niveles de las terrazas de contención. Ella miró alrededor, él le cogió la mano y la hizo subir detrás de él. Subieron tres terrazas más y todo resultó muy fácil.
La noche se había tornado realmente fría cuando llegaron al viejo Chevy y Gabrielle estaba deseando llegar a casa para darse un largo baño caliente. Pero quince minutos más tarde se encontraba sentada en el sofá beis de Joe, los brillantes ojos amarillos y negros de su loro la mantenían inmóvil en el asiento. Joe paseaba por la sala de estar de un extremo a otro con el soporte del teléfono colgando de una mano y el receptor en la otra. Hablaba lo suficientemente bajo para que no lo oyera, luego entró en el comedor con el largo cordón deslizándose detrás de él.