Todos excepto un documento. McCaleb se lo quedó mirando unos segundos, con el dedo posado sobre el botón del ratón.
McCaleb.doc
Hizo clic con el ratón y el documento pronto llenó la pantalla. McCaleb empezó a leerlo como quien lee su propio obituario. Las palabras lo llenaron de pánico, porque sabía que cambiarían su vida para siempre. Le arrancaron el alma, robaron el significado de sus éxitos y se mofaron de éstos de la forma más horrenda.
Hola, agente McCaleb:
Eres tú, supongo.
Voy a asumir eso. Supondré que has estado a la altura de esa excelente reputación que llevas con tanta nobleza.
Me pregunto… ¿Estás solo? ¿Estás huyendo de ellos ahora que eres un fugitivo? Por supuesto, ahora tienes lo que necesitas para salvarte de ellos. Pero estoy preguntando por antes, ¿qué se siente al ser el hombre a cazar? Quería que conocieras esa sensación. Mis sentimientos… Es terrible vivir con miedo, ¿no?
El miedo nunca duerme.
Lo que quería por encima de todo era un lugar en tu corazón, agente McCaleb. Siempre he querido estar contigo. Caín y Abel, Kennedy y Oswald, la oscuridad y la luz. Dos dignos oponentes encadenados juntos a través del tiempo…
Podría haberte matado. Tenía el poder y la oportunidad de hacerlo. Pero habría sido demasiado fácil, ¿no crees? El hombre del muelle, preguntándote una dirección. Tu paseo matinal, el hombre en la ensenada con la caña de pescar. ¿Me recuerdas?
Ahora sí. Yo estaba allí. Pero hubiera sido demasiado fácil, ¿no crees? Demasiado fácil.
Necesitaba algo más que la venganza de derrotar al enemigo. Esos son los objetivos de los idiotas. Yo quería -no, necesitaba, ansiaba- algo diferente. Primero ponerte a prueba convirtiéndote en lo que yo soy. El villano. El fugitivo.
Luego cuando emergieras de ese fuego con la piel chamuscada pero el cuerpo indemne me revelaría como tu más ardiente benefactor. Sí, fui yo. La seguí. La estudié. La elegí para ti. Era mi regalo de San Valentín para ti.
Eres mío para siempre, agente McCaleb. Cada aliento que tomas me pertenece. Cada latido de ese corazón robado es el eco de mi voz en tu cerebro. Siempre. Todos los días.
Recuérdalo…
Cada aliento…
McCaleb cruzó los brazos ante el pecho y se sostuvo como si lo acabaran de desollar con una cuchilla. Un profundo escalofrío le recorrió el cuerpo, un gemido escapó de su garganta. Empujó la silla para apartarla del escritorio, lejos del horrible mensaje que permanecía en la pantalla, y se dobló hacia delante hasta adoptar la posición de seguridad. Su avión caía en picado.
41
Sus pensamientos eran de color rojo sangre y negro. Se sentía como si estuviera en un permanente vacío, rodeado por una cortina de terciopelo de oscuridad, con las manos siempre buscando la grieta por la que escapar, pero sin encontrarla nunca. Vio las caras de Graciela Rivers y de Raymond como imágenes distantes que retrocedían en la oscuridad.
De repente, sintió una mano fría en el cuello y saltó; de su garganta escapó un chillido como el del prisionero que colocan ante el paredón. Se levantó. Era Winston. Su reacción la había asustado a ella tanto como ella a él.
– Terry, ¿estás bien?
– Sí, quiero decir no. Es él. Noone es el Asesino del Código. Los mató a todos. A los tres últimos por mí. Lo hizo hasta que le salió bien. Mató a Gloria Torres por su corazón. Por mí. Para que pudiera vivir y ser el testamento de su gloria.
La coincidencia del nombre y el propósito de Noone de repente golpeó a McCaleb.
– Espera un momento -dijo Winston-. Calma. ¿De qué estás hablando?
– Es él. Está todo ahí. Mira los archivos, el ordenador. Los mató a todos y luego decidió salvarme. Matar por mí.
Señaló la pantalla del ordenador, donde aún se leía el mensaje a McCaleb. Él esperó a que Winston lo leyera, pero finalmente no pudo contenerse.
– Todas las piezas han estado aquí desde el principio.
– ¿Qué piezas?
– El código. Era tan simple. Usaba todos los dígitos menos el uno. No one. [1] ¿Entiendes? Yo soy nadie. Era lo único que estaba diciendo.
– Terry, hablemos de esto más tarde. ¿Cuéntame cómo llegaste aquí? ¿Cómo supiste que era Noone?
– Por la cinta. La sesión que hicimos con él.
– ¿La hipnosis? ¿Qué ocurre?
– ¿Recuerdas que te pedí que no hablaras para que el sujeto no se confundiera?
– Sí. Me dijiste que sólo deberías hacerle preguntas a Noone, que cualquier cosa entre nosotros tenía que ser mediante señales o por escrito.
– Pero al final, cuando supe que todo se iba a la mierda, me frustré. Te dije: «¿Algo más?», y tú negaste con la cabeza. Yo pregunté: «¿Estás segura?», y tú negaste con la cabeza otra vez. Rompí mi propia regla al hablar contigo. La cuestión es que planteé esas preguntas en voz alta, así que Noone debería haberme contestado. Si hubiera estado en un auténtico trance hipnótico debería haberme contestado, porque no habría sabido que las preguntas estaban dirigidas a ti. Pero no lo hizo y eso muestra un conocimiento de la situación. Sabía, por la dirección de mi voz, o por la inflexión, que estaba hablando contigo y no con él. No debería haberlo sabido. No en un auténtico trance. Debería haber contestado a todas las preguntas que se formularan en aquella sala a no ser que estuvieran dirigidas a otra persona de forma específica. Yo nunca usé tu nombre.
– Estaba fingiendo.
– Sí. Y por eso sus respuestas eran falsas. Él era parte de la trampa. He llevado los vídeos a comparar antes de venir aquí. Tengo la impresión en mi coche. James Noone y el buen samaritano son la misma persona. El asesino.
Winston negó con la cabeza como para dar a entender que su cerebro estaba saturado. Sus ojos buscaron por el garaje un lugar donde sentarse. Sólo estaba el catre.
– ¿Quieres sentarte aquí? -le dijo McCaleb, levantándose.
– Quiero sentarme, pero no aquí. Tenemos que salir de aquí, Terry. He de llamar al capitán Hitchens y a los otros, al departamento de policía y al FBI. Será mejor que ponga una orden de busca y captura de Noone, también.
McCaleb estaba sorprendido de que ella todavía no hubiera hecho encajar todas las piezas.
– No me estás escuchando. No hay ningún Noone. No existe.
– ¿Qué quieres decir?
– El nombre va con todo lo demás. Noone. Rómpelo y tienes no one. Yo soy nadie. Las piezas estaban ahí todo el tiempo… -Sacudió la cabeza y se dejó caer de nuevo en la silla. Puso la cara entre las manos-. ¿Cómo… cómo voy a vivir con esto?
Winston volvió a poner su mano en el cuello de McCaleb, pero esta vez él no se sobresaltó.
– Vamos, Terry, no lo pienses ahora. Vamos al coche a esperar. Tengo que traer a la policía científica y buscar huellas para ver si podemos identificar a ese tipo.
McCaleb se levantó, rodeó el escritorio y se encaminó hacia la puerta. Habló sin volverse hacia ella.
– Nunca ha dejado una huella en ningún sitio. Dudo que vaya a empezar ahora.
Dos horas más tarde, McCaleb estaba sentado en el Taurus, aparcado en Atoll, detrás de la cinta amarilla que la policía había tendido entre los garajes de los almacenes. Unos cien metros más abajo veía el racimo de actividad que entraba y salía del garaje brillantemente iluminado. Había varios detectives, algunos de los cuales McCaleb los reconoció por haber formado parte del grupo de investigación del caso del Asesino del Código: técnicos, cámaras de vídeo de al menos dos de las agencias del orden involucradas, y media docena de agentes uniformados.
Mariposas en torno a la luz, pensó. Los miró a todos con una extraña indiferencia. Sus pensamientos estaban en otras cosas. Graciela y Raymond. Y Noone. No podía dejar de pensar en el hombre que se llamaba a sí mismo Noone. Había estado con él en la misma habitación. Había estado tan cerca.