—Son más de las seis. Y ya he de irme a casa. Porque esta noche tengo clase de contabilidad. A las siete.
—Sí, Megan. ¿En qué puedo ayudarte?
—Como ya he dicho, debo ir a casa.
—Muy bien —contesté, con el deseo de satisfacer su deseo a través del teléfono y mandarla a casa.
—Pero los niños… Quiero decir, su mujer no ha venido a recogerlos. Están aquí. No puedo irme y dejarlos solos.
Me pareció una buena norma, sobre todo porque significaba que Cody y Astor se encontraban bien, y no en las garras de Weiss.
—Voy a buscarlos. Estaré ahí en veinte minutos.
Cerré el teléfono y vi que Coulter me miraba expectante.
—Mis chicos. Su madre no ha ido a recogerlos, y he de hacerlo yo.
—Ahora.
—Sí.
—¿Vas a buscarlos?
—Exacto.
—Aja. ¿Aún quieres salvar a tu mujer?
—Creo que eso sería lo mejor.
—Ve a buscar a los niños, y luego iremos por tu mujer. Y no intentes salir del país, o algo por el estilo.
—Detective, quiero rescatar a mi mujer.
Coulter me miró un largo rato. Después, asintió.
—Estaré en el Centro de Convenciones. Dio media vuelta y salió por la puerta.
35
El parque al que Cody y Astor iban cada día después de clase estaba a tan sólo unos minutos de casa, pero se encontraba al otro lado de la ciudad desde mi oficina, de modo que tardé algo más de veinte minutos en llegar. Como había tráfico de hora punta, supongo que pude considerarme afortunado por poder llegar. No obstante, tuve cantidad de tiempo para reflexionar sobre lo que le estaría pasando a Rita, y descubrí sorprendido que confiaba en que estuviera bien. Estaba empezando a acostumbrarme a ella. Me gustaba que cocinara cada noche, y yo no podía encargarme de los niños todo el rato y al mismo tiempo gozar de tiempo libre para florecer en la carrera que había elegido. Todavía no; aún faltaban unos cuantos años, cuando hubiera entrenado a los dos.
Por eso confiaba en que Coulter, con apoyos dignos de confianza, hubiera neutralizado a Weiss y Rita estuviera sana y salva, tal vez bebiendo café y envuelta en una manta, como en la televisión.
Pero eso me inspiró un pensamiento interesante, que me embargó de auténtica preocupación durante el, por lo demás, agradable trayecto entre la multitud homicida que regresaba a casa. ¿Y si encontraba a Weiss esposado, tras haberle leído sus legítimos derechos? ¿Qué pasaría cuando empezaran a hacerle preguntas importantes? Cosas como, ¿por qué lo hiciste? Y más importante todavía, ¿por qué se lo hiciste a Dexter? ¿Y sí tenía el mal gusto de decir la verdad? Hasta el momento, había exhibido una atroz disposición a hablar a todo el mundo de mí, y aunque no soy muy tímido, preferiría ocultar mis auténticos logros a la atención del público.
Y si Coulter sumaba lo que Weiss podía soltar a lo que ya sospechaba tras haber visto el vídeo, las cosas podrían ponerse muy feas en Dexterville.
Habría sido mucho mejor que yo me ocupara de plantar cara a Weiss (resolver el problema de una manera cordial, mano a mano, o tal vez cuchilla a cuchilla), y acabar con las ganas de Weiss de comunicarse alimentando a mi Pasajero. Pero no podía elegir. Coulter lo había oído todo, y tenía que seguirle la corriente. Al fin y al cabo, yo era un ciudadano respetuoso de la ley, desde un punto de vista técnico. O sea, todo el mundo es inocente hasta que se demuestra lo contrario en un tribunal, ¿no?
Y cada vez daba más la impresión de que el asunto terminaría en los tribunales, con Dexter de protagonista en mono naranja y con cadenas en los tobillos, cosa que me desagradaba profundamente. El naranja me sienta fatal. Además, una acusación de asesinato significaría un gran obstáculo para mi verdadera felicidad. No me hago grandes ilusiones sobre nuestro sistema legal. Lo veo en el trabajo cada día, y estoy seguro de que podría burlarlo, a menos que me pillaran in fraganti, inmortalizado en película, delante de un autobús lleno de senadores y monjas. Pero hasta una acusación directa me colocaría bajo el tipo de escrutinio que pondría un triste final a mis actividades juguetonas, aunque me declararan inocente. Pensad en el pobre OJ[11]: durante sus últimos años de libertad ni siquiera podía jugar al golf sin que alguien le acusara de algo.
Pero ¿qué podía hacer al respecto? Mis opciones eran muy limitadas. Podía permitir que Weiss hablara, en cuyo caso tendría problemas, o impedir que hablara, en cuyo caso el resultado sería el mismo. No había vuelta de hoja. Dexter estaba hundido, y la marea estaba subiendo. Por lo tanto, fue un Dexter muy pensativo el que aparcó por fin delante del parque. La buena de Megan seguía allí, sujetando de la mano a Cody y a Astor, dando saltitos de impaciencia por librarse de ellos y largarse al excitante mundo de la clase de contabilidad. Todos parecieron muy contentos de verme, cada uno a su manera, algo muy gratificante pues me olvidé de Weiss durante unos tres o cuatro segundos.
—¿Señor Morgan? —dijo Megan—. He de marcharme.
Me alegré de oír una frase completa que no fuera una pregunta. Me limité a asentir y le arrebaté de las manos a Cody y a Astor. La mujer se alejó correteando hacia un baqueteado Chevy y se perdió entre el tráfico nocturno.
—¿Dónde está mamá? —pregunto Astor.
Estoy seguro de que existe una manera cariñosa, sensible y muy humana de comunicar a los niños que su madre se halla en las garras de un monstruo homicida, pero no sabía cuál era.
—El malo la ha secuestrado. El que se estrelló contra vuestro coche.
—¿El que apuñalé con el lápiz? —preguntó Cody.
—Exacto.
—Yo le pegué en la entrepierna —recordó Astor.
—Tendrías que haberle pegado con más fuerza. Ha secuestrado a tu mamá.
Hizo una mueca para demostrarme que estaba muy decepcionada por mi gilipollez.
—¿Vamos a ir a buscarla?
—Vamos a ayudar. La policía está allí.
Ambos me miraron como si estuviera loco.
—¿La policía? —preguntó Astor—. ¿Has enviado a la policía?
—Tenía que venir a buscaros —repuse, sorprendido de encontrarme a la defensiva tan de repente.
—¿Vas a permitir que este tipo sólo vaya a la cárcel? —insistió la niña.
—Tuve que hacerlo —dije, y de repente experimenté la sensación de estar siendo juzgado y ya condenado—. Un policía lo descubrió, y tuve que venir a buscaros.
Intercambiaron una mirada silenciosa, pero muy significativa.
—¿Nos vas a llevar contigo? —preguntó Astor.
—Hum —dije, y no me pareció justo que, primero Coulter y ahora Astor, redujeran al persuasivo y gallardo Dexter a monosílabos idiotas en el mismo día, pero eso era lo que estaba pasando. Tal como estaban las cosas (de lo más desagradables e inseguras), no había meditado a fondo. Pero no me los podía llevar para acorralar a Weiss. Sabía que toda esta representación era en mi honor, y no empezaría hasta que yo llegara, si él podía evitarlo. No podía estar seguro de que Coulter le tuviera acorralado, y sería demasiado peligroso.
—Ya le hemos vencido una vez —dijo Astor, como si hubiera leído mis pensamientos.
—Pero no se lo esperaba en aquel momento —razoné—. Esta vez, sí.
—Esta vez tendremos algo más que un lápiz —contestó Astor, y lo dijo con tal ferocidad y frialdad que conmovió mi corazón…, pero eso estaba descartado.
—No. Es demasiado peligroso.
—Promete —murmuró Cody.
Astor puso los ojos en blanco a su manera épica y expulsó aire.
—No paras de repetir que no podemos hacer nada. Hasta que nos enseñes. Y nosotros decimos que vale, enséñanos, y no hacemos nada. Y ahora, cuando tenemos la oportunidad de aprender algo real, dices que es demasiado peligroso.
11
O. J. Simpson, famoso actor estadounidense, que fue juzgado, y declarado inocente, del homicidio de su esposa