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Miré a Singer, que me devolvió la mirada con aire inexpresivo. Obviamente ya estaba acostumbrado a que Sneddon contara sus intimidades a cualquier desconocido. O eso, o bien le tenía sin cuidado.

– Pero aquello sacaba de quicio a su padre. El tipo llegaba borracho a casa y nadie podía decir ni pío. En cuanto Singer chistaba, su padre le daba una paliza como para cagarse. A veces, literalmente. Así, un día llega el viejo con una curda fenomenal. El pequeño Singer está canturreando inocentemente en la cocina con su madre, pero al padre se le ocurre que debería tener un plato en la mesa. Se pone como loco. Agarra a Singer y empieza a darle. La madre se interpone y trata defender al renacuajo. ¿Y sabes lo que hace entonces el tipo?

Me encogí de hombros. Miré a Singer. Yo le sacaba mis buenos diez centímetros, pero él tenía una pinta de duro tremenda. Una pinta despiadada. Y sin embargo, no me gustaba la manera que tenía Sneddon de regodearse en su desgracia.

– Le rebana el cuello a la madre de Singer -dijo Sneddon, respondiendo a su propia pregunta. Había un matiz de admiración en su voz-. Tomó una navaja y le cortó el cuello de oreja a oreja delante del chaval. Y Singer no volvió cantar, ni tampoco a hablar, desde entonces.

– Lo siento -le dije a Singer, porque era la única cosa que se me ocurrió decir. Él me miró, inexpresivo.

– Sí… un hijoputa de primera el padre de Singer. Lo colgaron al muy cabronazo en Duke Street y a él lo metieron en un orfanato, y luego en una especie de granja por el hecho de que no hablara y tal. -Sneddon miró a Singer con complicidad-. Pero tú no estás loco, ¿verdad? Solo eres malo, eso sí, de todas todas. Yo supe de él porque Tam, uno de mis chicos, estuvo encerrado un tiempo a su lado. Compartían celda. ¿Le cuento cuál era tu especialidad, Singer?

Como era de esperar, este no respondió. Pero tampoco asintió ni se movió. Ni siquiera pestañeó.

– Alguien lo denunció a la policía por un robo que había cometido. Pero aparte del testigo no había ninguna prueba. Ahora bien, Singer no mató al cabronazo, no señor. Le cortó la puta lengua. Entera. Una especie de justicia poética, ¿no?

– Sí. -Singer seguía impasible-. Digno de Auden.

– En fin -dijo Sneddon-. Me gusta tenerlo cerca. ¿Sabías que a los antiguos griegos les gustaba tener a unos cuantos mudos en los funerales? Dolientes profesionales de cara triste y patética. Ahora yo cuido de Singer, ¿no es cierto, Singer?

Él asintió.

– Y Singer cuida de mí. Y de mis intereses.

En el trayecto de vuelta hacia la ciudad sentí la ausencia de Deditos en el coche todo el tiempo, como si este hubiera dejado un doble vacío de espacio y de silencio. Saqué un Player’s Navy Blue y le ofrecí el paquete a Singer, que meneó la cabeza sin quitar la vista de la carretera. Era esa clase de tipo: centrado. A mí se me había olvidado dónde había dejado el coche exactamente, pero él encontró el camino a la primera.

– Gracias -le dije al apearme.

Singer iba a arrancar ya cuando, impulsivamente, di unos golpecitos en su cristal. Él lo bajó.

– Oye, solo quería decir… -¿Qué?, ¿qué demonios era lo que quería decir?-. Quería decirte que lamento las bromitas que he hecho antes… ya me entiendes, que si no hablabas y tal. No sabía lo de… bueno… toda esa situación de mierda…

Me quedé callado. Era lo mejor, teniendo en cuenta que parecía haber perdido la facultad de enhebrar una frase coherente.

Singer me miró un momento, con aquel aire suyo frío e inexpresivo; luego hizo un gesto de asentimiento y arrancó. Observé cómo se alejaba el Austin hasta desaparecer por la esquina, preguntándome por qué demonios, después de toda la mierda que había visto y provocado yo mismo en mi vida, me había sentido en la necesidad de disculparme ante un gorila de tres al cuarto de Glasgow. Tal vez fuera porque lo que le había sucedido a Singer había tenido lugar cuando era un crío. Era lo único que encontraba difícil aceptar: las cabronadas que sufrían los niños. En la guerra. En sus propias casas.

No por primera vez reflexioné sobre la pintoresca vida que me había forjado en Glasgow. Y sobre la gente tan interesante que me veía obligado a frecuentar.

Capítulo 3

Es curioso: entonces no pensaba que la semana siguiente al asesinato de Calderilla fuese «la semana siguiente al asesinato de Calderilla». Tenía otras cosas en que pensar, otras cosas que hacer. Con frecuencia solo adviertes el significado de un momento en particular de tu vida retrospectivamente. En el momento en cuestión, se trata de la misma mierda de todos los días y te limitas a avanzar dando tumbos sin pensar que deberías guardar un álbum de recortes o una agenda, o fotografiar las pequeñas minucias cotidianas; conservar algún documento, en fin, que te permita mirar atrás en el futuro y decirte: si al menos hubiera sabido qué coño estaba pasando…

Obviamente, me vi con Lorna todos los días aquella semana. Y obviamente mantuve mis manos alejadas de su ropa íntima. Soy ante todo un caballero y la experiencia me había enseñado, además, que el ardor de las compañeras de cama más entusiastas disminuye con la tristeza. No con la muerte: con la tristeza. Durante la guerra descubrí que la presencia de la muerte y la violencia tienden a ser un poderoso afrodisíaco para ambos sexos. Baste con decir, pues, que me convertí en el más solícito y menos lujurioso de los pretendientes.

Para ser sincero, contaba con otras distracciones.

Dicen que los esquimales tienen cien palabras para describir la nieve. Los glasgowianos deben de tener el doble para los distintos tipos de lluvia que arrecian sobre la ciudad todo el año. En invierno, Glasgow se halla bajo el asalto incesante de unos proyectiles helados que te calan hasta los huesos; en verano la lluvia cae en goterones tibios y grasientos, como si el cielo sudase sobre la ciudad. De modo totalmente atípico, aquel año estábamos sufriendo un verano seco y abrasador. La mitad de la población se pasó las semanas escrutando el cielo e intentando pronunciar la palabra «azul». No tenían la costumbre.

Yo encontraba desconcertante aquel clima bochornoso. Normalmente, cualquier atisbo de luz solar se veía mitigado en Glasgow por el velo de hollín que vomitaban las fábricas y las chimeneas de las casas de vecinos. Pero durante aquel verano había momentos en los que el cielo se despejaba del todo, y el calor y la luz resplandeciente me recordaban los veranos en casa, allá en New Brunswick. Era solo un espejismo fugaz, no obstante, enseguida desbaratado por los gases y las columnas de humo negro que constituían la realidad de Glasgow.

Al menos podía lucir trajes ligeros, que siempre caen mejor. En cuestión de tejidos, los escoceses sienten una preferencia permanente por el tweed, cuanto más rasposo y tupido, mejor. Un escocés intentó tranquilizarme una vez diciéndome que el tweed de la Isla de Harris era menos rasposo debido a la tradición de empaparlo en orina humana. Tal vez se me podría haber tildado de maniático, pero yo prefería un tejido en el que no se hubiera meado un granjero apestoso.

Me había pasado tres días recogiendo toda la información que había podido sobre el boxeador de Sneddon. Bobby Kirkcaldy había nacido en Glasgow, pero se había criado en Lanarkshire, primero en un orfanato y después con una tía. Sus padres habían muerto prematuramente, ambos de ataque cardíaco, cuando Kirkcaldy era muy pequeño. Trágico, pero no infrecuente; si las enfermedades del corazón hubieran sido un deporte, el equipo olímpico británico habría estado integrado exclusivamente por glasgowianos.