Sullivan asentía con la cabeza.
– Está todo dispuesto.
– Despéjelo todo. No deben encontrar aquí los cadáveres. ¿Está claro? Cuando termine, venga inmediatamente detrás de nosotros. Le necesito allí.
– Y no se olvide de los documentos del tal Gelfort -dijo Zoe Purcell-. No debe quedar nada aquí. Ni una sola hoja.
Sullivan la ignoró a ella y miró hacia Thornten.
– Ahora mismo, ya lo están preparando todo. Tanto en California como en Boston. Usted puede decidir qué laboratorio va a utilizar.
– Procure que todos los de aquí mantengan la boca cerrada.
– Hank, ¡deberíamos partir ya! -Zoe Purcell trasladaba el peso de su cuerpo sin sosiego de un pie a otro.
– ¡No te rompas mi cabeza, Zoe! -le advirtió rabioso Hank Thornten a su jefa de finanzas-. ¿Andrew ya lo ha guardado todo? ¡Venga, Zarrenthin, suba!
– Andrew acaba de entrar de nuevo a buscar otra cosa. Él va adelante, vigila los ratones, las pruebas y los huesos en persona -ella se reía entre dientes con malicia-. ¡Como Gollum, el anillo!
– Bruja.
– ¡Hank! El se está apropiando de todo.
– Él es el científico, no tú.
– ¿Por qué estás tan distante? El héroe no es Andrew, soy yo. Fui yo quien atrapó a Snider. Folsom y Dufour son unos fracasados. Y tú sabes lo que quiero…
– Sí, Zoe. Quieres ser la directora ejecutiva. Déjalo ya.
Un breve silbido quebró el aire.
– Maldita sea, ¿qué ha sido eso? -Thornten echó una ojeada delante del furgón.
Un vehículo de la Gendarmería ascendía por el acceso y se detuvo al lado del convoy.
– ¿Precisamente ahora? ¡Me lo temía! -jadeaba Zoe Purcell.
Durante varios segundos no pasó nada, pero a continuación se abrieron muy lentas, infinitamente lentas, las puertas. Se apearon dos gendarmes en uniformes azul oscuros: grandes, sosegados y con la autoconfianza de unos gobernantes supremos. Permanecieron de pie junto a su vehículo a la vez que sus miradas se posaban una y otra vez en el convoy.
– Soluciónelo, Sullivan -espetó Thornten-. Hemos de salir de aquí; no importa cómo.
En un principio, Sullivan permaneció de pie sin moverse, pero al instante hizo un ademán con la cabeza hacia el guardaespaldas. Juntos se encaminaron hacia los dos gendarmes.
– Se trata de una coincidencia o fueron alertados, ¿pero por quién?
– Cierra esa bocaza, Zarrenthin -Thornten se mordía el labio inferior-. Si hace un solo movimiento en falso, le mando al otro barrio.
Uno de los policías levantó el brazo en señal de defensa. Sullivan y el guardaespaldas se detuvieron.
Los gendarmes comenzaron a adelantar lentamente un pie detrás de otro. Se acercaron con el mismo sigilo que suelen emplear dos leones al acechar una manada de antílopes. Ambos se acercaron de forma paralela a los vehículos, y a una distancia entre sí de diez metros, al tiempo que mantenían la mano derecha posada sobre la cartuchera del cinturón. El que iba adelante sostenía con la mano izquierda el aparato de radio delante de la boca.
A la altura del segundo furgón fijaron de repente su rumbo en dirección al vehículo.
– Se acabó -se reía Chris.
– Solo son dos -murmuró Thornten mientras seguía atónito con la mirada a los dos policías.
Chris dio un paso hacia atrás y se encontró entonces al lado de Sparrow.
– ¡Sospechan algo! -murmuró mientras aprovechó para retroceder de nuevo otro paso más.
De repente, un grito estridente rompió el silencio por completo. Era un sonido que se dilataba, aupándose por encima de cualquier tonalidad sin querer detenerse, y que se prolongaba cada vez más.
– ¡Es Anna! -gritó Jasmin desde el furgón al mismo tiempo que estiraba la cabeza.
Los dos gendarmes se detuvieron, sacaron sus armas y centraron ahora su atención en el furgón delantero.
Sullivan, por su parte, se puso en marcha y se acercaba lentamente en dirección a los dos gendarmes. Tras levantar el brazo, sus hombres le siguieron.
– ¡Freídles! -espetó Zoe Purcell al lado de Thornten.
El furgón comenzó a balancearse de pronto debido a que Jasmin se había levantado para arrojarse de él. Durante la acción, ella se dio un porrazo contra Sparrow, quien sorprendido, se dobló y cayó de bruces contra el asfalto. Jasmin aterrizó encima de él y comenzó a dar golpes a diestro y siniestro. Sparrow intentó controlarla, pero ella se deshizo de él deslizándose hacia un lado.
Chris se agachó y golpeó con sus manos atadas la caja torácica de Sparrow. El aire abandonó con un silbido la boca de Sparrow, quien retorcía los ojos a la vez que su cabeza caía a un lado.
– ¿Qué pasa…? -Zoe Purcell se giró-. ¡Hank!
El presidente observaba pasmado cómo los hombres de Sullivan rodeaban a los dos gendarmes.
Chris arrancó el arma de la mano entreabierta de Sparrow.
Jasmin se puso de pie y comenzó a correr.
Chris se abalanzó sobre Zoe Purcell y la empujó hacia un lado. Acto seguido colocó a Thornten el cañón del arma en la parte posterior de la cabeza. Thornten se puso rígido tan pronto como sintió la presión.
– Ahora seguiremos mis reglas -Chris aumentó la presión-. Vayamos al primer furgón.
Los gendarmes entre tanto ya habían sido rodeados por los hombres de Sullivan mientras las palabras volaban de un lado para otro. La escena le proporcionaba tiempo a Chris.
– ¡Rápido! ¡Rápido! ¡Rápido!
Arribaron a la parte trasera del primer furgón. Jasmin se encontraba ya en el interior y abrazada a Anna, que continuaba gritando de forma chillona. En la parte izquierda había una camilla con un delgado cuerpo debajo de la manta. Jacques Dufour permanecía sentado y apático en el banco de enfrente mientras miraba al vacío.
Debajo de la camilla reposaba un maletín diplomático de tamaño mediano en cuyo interior se guardaron los huesos, el suero, las pruebas de tejido y las tablillas de arcilla. Al lado se encontraba una pequeña jaula portátil en la que se escondían cuatro angustiados ratones.
Chris atizó la parte posterior de la cabeza de Thornten con la empuñadura del arma. El presidente se derrumbaba lentamente y Chris aprovechó para propinarle un empujón en la espalda haciendo caer a Thornten con la cabeza hacia delante y al suelo del vehículo.
– ¡Sentaos!
Chris elevó el cuerpo inmóvil de Thornten hacia la cabina interior y cerró las puertas de un golpe con las manos atadas.
– ¡Cerdo!
Zoe Purcell le abordó de un salto procedente desde atrás y hundió acto seguido en su cara las uñas, arañándole y levantándole la piel. Los arañazos quemaban como si le arrojaran ácido en las heridas.
Chris pudo sentir primero su caliente respiración en la nuca, y a continuación piel blanda. Ella le mordió mientras colgaba como una vampiresa en su nuca. Él desplazó con un rápido movimiento las manos atadas hacia atrás por encima de la cabeza. El cañón del arma impactó en la parte posterior de la cabeza de Zoe, y la mordedura comenzó a aflojarse. Ella resbaló por su espalda hasta caer en el asfalto.
Chris abrió de nuevo la puerta trasera con un manotazo y zarandeó a Zoe hasta meterla en el vehículo, arrojándola simplemente encima de Thornten. En la furgoneta se estaba estrecho como en una lata de sardinas.
– ¡Aquí! -él le tendía el arma a Jasmin-. Si se mueven, ¡dales sencillamente un porrazo! -ella meneaba la cabeza.
Sonó un estruendoso disparo, y Chris giró. Como hienas, los hombres de Sullivan se arrojaron sobre los dos gendarmes.
– ¡Vámonos de aquí!
Él cerró la puerta trasera y se lanzó hacia la del conductor. Delante del furgón traqueteante se encontraba la limusina en cuya ventanilla posterior colgaba una pegatina con un llamativo anuncio: «Pizzeria Cactus» rezaba sobre un verde y fino árbol de Josué [66].
Vaciló un instante, pero luego disparó a la rueda trasera izquierda del Citroën antes de subirse al asiento del conductor del furgón. Acto seguido, arrojó el arma en el asiento del acompañante y metió la primera marcha, agarró el volante desde la parte inferior e hizo rápidos y continuos movimientos para poder conducir con las manos amarradas.