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Fue capaz de aferrarse con ambos antebrazos sobre el borde de la fosa y tiró de su cuerpo con todas las fuerzas hacia arriba, elevando a su vez su pierna derecha. Entre sofocos hizo palanca con los brazos y se elevó por encima del borde hasta rodar hacia un lado.

Chris dio un salto y corrió hacia la parte frontal de la fosa, le sacó la pistola de la cartuchera al del cabello rojizo y continuó corriendo al lugar en el que habían estado de pie Marvin y Barry. Su teléfono móvil seguía descansando sobre la silla.

* * *

Chris alcanzó entre jadeos la puerta, detrás de la cual se bifurcaba el túnel. A la derecha conducía hacia las celdas. Una y otra vez se escuchaban disparos aislados; en otras ocasiones incluso el fuego graneado de armas automáticas. Bajo tierra sonaba todo tan extrañamente sordo…

Corrió sobre el suelo rocoso y, tras recorrer unos cien metros, alcanzó otra puerta más. La abrió de un manotazo y se deslizó a través de pasadizos y puertas hasta alcanzar una gran sala, en cuyo lado opuesto unas escaleras llevaban hacia arriba.

Por encima de él una voz masculina tronaba órdenes, enviaba hombres para fuera, quería saber cómo estaba la entrada. La entrada principal, según había entendido Chris, había sido tomada por un vehículo blindado contra el que ni siquiera las armas automáticas de los sitiados tenían ninguna posibilidad.

El estruendoso fuego graneado parecía acercarse cada vez más, pero al rato volvió a alejarse, y la profunda voz gritaba una y otra vez preguntando por Marvin y Barry. Sin embargo, de repente hubo silencio.

Chris esperó durante medio minuto y continuó a hurtadillas hacia arriba.

Estaba claro que se encontraba en el edificio principal. Desde una imponente entrada con cristalografías, esculturas y suelos de mármol, partían diferentes pasillos en ambas direcciones.

¿Dónde estaban los huesos? ¿Y las tablillas?

«¡Este cabrón de Marvin! -Chris, en su interior, estaba a punto de ebullición-. ¡Son míos!».

Se apresuró en continuar por el ala derecha y abrió las puertas de golpe. Las habitaciones estaban decoradas con estilo y de forma ostentosa con muebles de siglos pasados. A continuación, corrió por el pasillo de la otra ala, abrió de nuevo las puertas de un manotazo para registrar también aquí las habitaciones.

¿De cuánto tiempo dispondría todavía? ¿Debía registrar también las habitaciones de la planta superior? ¿Con qué probabilidades contaba para que las tablillas y los huesos estuvieran tirados por ahí?

Detrás de la siguiente puerta se escucharon caerse objetos. Chris agarró la pistola con mayor fuerza, presionó el picaporte con la mano izquierda hacia abajo y empujó la puerta.

Una clara sotana rodeaba la fuerte espalda. Marvin se encontraba de pie junto a la vitrina de cristal y jadeaba embargado por la impaciencia. Estaba cogiendo presuroso las hojas de pergamino desde los pequeños atriles y los colocaba en una carpeta forrada.

– ¿No hay nada capaz de conmocionarle, eh?

Marvin se giró y escudriñó a Chris con ojos centelleantes.

– ¡Mira quién está aquí, si es Zarrenthin! ¿Creerá usted que voy a temblar de miedo? ¿Cree acaso que no estaría preparado?

Chris apenas le prestó atención. Su mirada recayó en la mesa al lado de los ventanales. Las tablillas de arcilla y los huesos descansaban limpios y ordenados sobre una base oscura y lisa en un maletín metálico plateado, listos para su transporte. Al lado había una linterna y su mochila estaba en el suelo.

Chris clavó su mirada en Marvin.

– ¡La palabra de Dios! -gritó Marvin mientras continuaba guardando hojas procedentes de la vitrina en el archivador acolchado-. ¿Ve aquello? -Marvin señalaba las estanterías-. ¡La palabra de Dios! Documentada y salvaguardada con honor. Copias procedentes de los siglos y las culturas más diversos. ¡Una joya!

– Vaya nervios tiene usted…

Los ojos de Marvin resplandecían fanáticos.

– ¡Dios está conmigo! Como en Vietnam. Allí se me presentó, regalándome la vida, cuando penetraba en la tierra como una rata -la voz de Marvin constituía un susurro apenas perceptible que transportaba una inquebrantable veneración-. ¿Cree que me privará de su favor ahora que le estoy sirviendo? ¡Oh no, Zarrenthin! ¡Él observa mis actos con placidez, me entiende y me protege!

Chris calló. Marvin parecía estar completamente convencido de sus palabras.

– ¿Sabe lo que aún me falta? -Marvin acababa de cerrar nuevamente el acceso a lo más profundo de su alma y su voz sonaba relajada y serena como antes-. Me encantaría tener un fragmento de la Genizá [61] de la sinagoga de El Cairo. Los hallazgos descubiertos allí en un oculto depósito se remontan al siglo VI… O un resto de la Hexapla [62]: la Biblia griega de las seis columnas con sus seis traducciones.

– En la biblioteca del trullo encontrará seguramente solo una traducción estándar.

– No se interponga en mi camino, mocoso. Venga conmigo y sirva al Señor; o si no, desaparezca.

Marvin continuó empaquetándolo todo.

– ¡Está loco! -la mirada de Chris sobrevolaba las paredes cubiertas de estanterías. Al otro lado de la habitación descubrió una parte entre las estanterías que sobresalía varios centímetros hacia la habitación. Marvin se incorporó de repente. Su rostro estaba tenso. Chris se acercó a la pared y tiró. La estantería continuó deslizándose hacia la habitación y quedó a la vista una escalera que descendía hacia abajo-. ¿Hacia dónde lleva el pasadizo? ¿Ha venido desde allí?

– Es el camino hacia la libertad, Zarrenthin.

Chris reflexionó un breve momento para apresurarse a continuación hacia la mesa, levantar la mochila del suelo y colocarla sobre la mesa al lado del maletín metálico. Abrió la mochila con la mano izquierda mientras continuaba apuntando con el arma a Marvin, y metió las tablillas y los huesos dentro. La linterna la guardó en el bolsillo del pantalón.

– ¿Adónde lleva ese pasadizo? ¿Al infierno?

Marvin calló, pero se rio a continuación entre dientes.

– … Al final saldrá por un cobertizo en medio del bosque. Huyamos juntos…

– ¿Por qué debería ayudarle?

– Aunque todavía no sepa reconocerlo, ¡usted es un instrumento de Dios! ¡Al igual que yo! -Marvin lo decía absolutamente en serio-. Por eso Él elige nuestro destino -el editor colocó tranquilo la última hoja en su archivador, la cerró y giró hacia Chris-. ¿No lo entiende? ¡Él elige nuestro destino!

– ¡Apártese de mi camino! Yo soy el que tiene el arma, no usted.

– ¿Cree usted que eso me da miedo? -los ojos de Marvin brillaban iracundos-. He luchado contra los Vietcong durante la guerra del Vietnam en su propio laberinto de cuevas. Fue Dios quien me hizo sobrevivir en esos túneles repletos de trampas debajo de la tierra. ¿De verdad piensa que una pistola me va a dar miedo? ¡Si está temblando!

Marvin marchó hacia Chris.

– Yo voy a desaparecer, y usted se pudrirá aquí, ¡usted va a pagar por sus pecados! -Chris levantó el arma.

– Usted no conoce a Dios. Incluso aunque hubiera pecado, pues en su piedad dice el Señor: Yo no deseo la muerte del pecador… -Marvin se reía a carcajadas-. Zarrenthin, ¿sabe usted quién es? ¿No? San Benito.

Marvin se reía de nuevo.

– No podemos escapar de los designios del Señor. Nuestros destinos están fuertemente ligados entre sí: eso lo habrá entendido ya…

La mano de Chris salió despedida hacia arriba aporreando con la empuñadura de la pistola la sien del Pretoriano que se le estaba abalanzando encima.

Marvin lanzaba entre quejidos:

– Zarrenthin, usted tampoco escapará de los designios del Señor -hasta que se derrumbó diciendo-: Esto no ha acabado todavía…