»Imaginemos ahora que solo unas pocas líneas masculinas, por la razón que fuera, hubieran sido agraciadas desde el comienzo con este segundo cromosoma Y; esta estructura especial del ADN pudo haber desaparecido con bastante rapidez de este mundo.
Chris permaneció observando incrédulo al presidente.
– ¡Zarrenthin, so trato de la teoría de la herencia! Pero existe otro factor que quizás habría que tener en cuenta: las células se componen del núcleo y el citoplasma. El ADN del núcleo contiene todas las informaciones hereditarias con todas nuestras peculiaridades individuales que nos caracterizan como personas. El citoplasma contiene a su vez las mitocondrias, las cuales poseen su propio ADNmt [65]. Estas mitocondrias son las responsables de producir la energía de las células. Ellas se encargan en todo momento de que funcionen las células: ¡ellas son las responsables! Sin las funciones de las mitocondrias, las informaciones de los núcleos del ADN serían como una fórmula escrita en una hoja escondida en un cajón, que está ahí, pero que no se aprovecha.
»Sin embargo, las responsables de la energía de las células son femeninas, pues cada persona hereda solo la información de su madre. ¿Lo entiende? Debido a que esta se encuentra en el núcleo celular del ADN de un cromosoma Y, esta no es utilizada, pues las mitocondrias poseen su propio ADN. Es como si la fórmula estuviera en el cajón equivocado, el cual ya no se abre desde hace infinidad de tiempo.
Chris meneaba la cabeza a la vez que miraba escéptico a los rostros de los demás.
– ¿Eso no se lo creerá ni usted, verdad?
– Creer no está catalogado científicamente. Yo no creo. Yo solo me permito explicar mi opinión, a reflexionar sobre un modelo explicativo que incluye hechos científicos ya conocidos. Muchos de los grandes descubrimientos, en sus comienzos, se basaban en meras especulaciones.
– ¿Dónde está el indicio que sea capaz de mostrarnos, al menos, la posibilidad de que podría ser así? ¿Dónde hay mamíferos… personas que puedan apoyar de alguna forma su teoría?
– ¿Personas? Solo hombres, Zarrenthin. Ninguna mujer -Thornten arrancó divertido una carcajada.
– ¿Qué quiere decir con eso?
– A pesar de ser científico, en este caso debo hacer referencia a la Biblia.
Thornten miró ligeramente divertido hacia las caras sorprendidas de los demás, mientras Andrew Folsom meneó incrédulo la cabeza al mismo tiempo que Zoe Purcell abrió recelosa los ojos de par en par.
– No te preocupes, Zoe. Aún no me han convertido -Thornten se levantó, caminó unos pasos y después giró diciendo-: en cualquier caso, la Biblia constituye un oportuno testigo. En ella se dice: «Abraham vivió ciento setenta y cinco años. Adán murió a los novecientos treinta años, Matusalén vivió novecientos sesenta y nueve años. Noé murió a los novecientos cincuenta años».
LIBRO QUINTO.LA CRUZ
«El Pontificado significa la cruz, mas es la mayor posible».
Cardenal Reginald Pole
Capítulo 38
Saint Benoît-sur-Loire,
noche del martes
El papa Benedicto se santiguó e hizo por última vez acopio de todos sus pensamientos.
Le estaba agradecido por sus estrictas reglas a la comunidad benedictina de Saint-Benoît-sur-Loire, la cual fue fundada nuevamente en 1944, después de que la Revolución Francesa hubiera destruido hasta los cimientos la vida monástica en este lugar de peregrinación.
Pero como en muchas otras ocasiones anteriores, los creyentes no se dejaron amedrentar por servirle al Señor en el lugar en el que los restos mortales de San Benito habían encontrado su último descanso.
Los modernos edificios del convento de la comunidad benedictina se situaban al sur de la basílica y constituían una zona prohibida para cualquier persona ajena. El abad había ofrecido hacer una excepción con el invitado del papa, pero Benedicto prefirió elegir para la reunión una celda al lado de la zona de entrada, lo suficientemente lejos del núcleo de la piadosa vida monacal.
El papa se había pasado toda la tarde indeciso y rezando en la cripta de la basílica delante del relicario metálico sin saber si debía o no recibir al invitado.
Calvi estiró dudoso la cabeza por la puerta. Tras un gesto del papa con la cabeza, se hizo a un lado y Marvin entró en la celda. Este se arrodilló y besó el Anillo del Pescador.
– Usted y sus Pretorianos le están provocando enormes problemas a la Iglesia -comenzó el Santo Padre la conversación una vez que hubieron tomado asiento en dos sencillas sillas-. Según los comentarios que he escuchado hoy, se le culpa de los mayores pecados.
Marvin se deslizó de la silla, dejándose caer de rodillas. Sumiso, agachó la cabeza.
– Santo Padre, los Pretorianos y yo, a través de la fe, estamos fuertemente ligados a la Iglesia. Nadie, absolutamente nadie podrá decir que nosotros traicionamos a nuestra fe. Quieren desacreditar a los Pretorianos.
Marvin tejió una historia sobre vanidades, egoísmos, falsas convicciones y traición.
– Si recuerda, Santo Padre, fui yo quien reconoció el peligro de estos textos blasfemos y se apresuró a Roma, cuando Su Santidad todavía era Prefecto para la Congregación de la Doctrina de la Fe. Reconozco que fue un error haber mencionado en ese momento el deseo de los Pretorianos de ser reconocidos como prelatura personal. Si surgió la impresión de que aquí se han impuesto condiciones, entonces… -Marvin agachó aún más la cabeza y continuó diciendo en voz baja-. El hermano Jerónimo en su día no habrá interpretado bien algunas cosas…
– No lo creo -respondió el papa.
– Puede que así sea, pero no hay nada capaz de sustituir una conversación en privado, y por eso le estoy agradecido al Señor porque al fin así sea.
El papa Benedicto calló y clavó su mirada en el cabello oscuro del arrodillado. Sin previo aviso, la cabeza de Marvin se estiró de repente hacia arriba.
– Santo Padre, los Pretorianos necesitan ayuda. Nosotros nos ponemos bajo su protección para que la arbitrariedad terrenal no nos despedace a los creyentes, que solo anhelamos la protección de las Sagradas Escrituras y la palabra de Dios. Las mentiras no deben destruir la verdad de las Sagradas Escrituras.
– ¿Usted distingue la verdad de la mentira?
– Yo he visto las tablillas, las he sostenido con horror en la mano. El hedor del diablo está impregnado en ellas. Cada sola palabra es una difamación, una profanación contra nuestras Sagradas Escrituras. Es una decisión acertada que Su Santidad las quiera enterrar para siempre.
– ¿Quién dice eso?
Los ojos de Marvin centellearon. Él se levantó y se sentó de nuevo en la silla.
– He hablado con el ladrón y asesino italiano, y he leído el texto de las doce tablillas. También sé que falta una tablilla; y esa está en poder de Su Santidad.
Marvin disfrutó del silencio tras sus palabras, pues le mostraba que había acertado plenamente en la diana.
El papa Benedicto mantenía las manos fuertemente entrelazadas en el regazo y esperó.
– Pero todavía sé más -Marvin sonreía satisfecho. El papa no le había desalojado todavía de allí-. El ladrón y asesino italiano intentó venderle las tablillas a Su Santidad.
– Usted va demasiado lejos, Henry Marvin.
Marvin agachó devoto la cabeza, pero su voz resultaba ronca y afilada.
– Su Santidad es un habilidoso y táctico estratega con visión para lo posible. Mi deseo por su protección para mí y los Pretorianos me parece una aspiración justa a cambio de lo que le puedo ofrecer.