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En medio de toda esta fabulosa exhibición danzaban grupos de rameras con togas de color fuego, acompañadas de enanos saltarines con capotes de retazos de muchos colores llamados centunculi, músicos de toda clase, hombres que sacaban fuego por la boca, magos y fenómenos. No se exhibían coronas de oro ni guirnaldas, ya que los galos no habían ofrecido ninguna a César, pero en las carretas con el botín resplandecían los tesoros de oro. En Atuatuca, César había encontrado las riquezas acumuladas de los cimbrios germánicos y los teutones, y también había reunido preciosas ofrendas votivas guardadas por los druidas en Carnuto durante siglos.

Luego vinieron las víctimas sacrificiales: dos bueyes blancos que se ofrecerían a Júpiter óptimo Máximo cuando el triunfador llegara al pie de la escalinata de su templo en el Capitolio, un destino situado a unos cinco kilómetros de distancia de aquella procesión que recorría el velabro y el Foro Boario, luego entraba en el Circus Maximus, daba una vuelta, salía por el extremo de Capena a la Via Triunfalis y finalmente recorría todo el Foro romano hasta el pie del monte Capitolino, donde se detenía. Allí los prisioneros de guerra condenados a muerte fueron conducidos al Tuliano, donde los estrangulaban; allí las carretas y los participantes secundarios se dispersaron; allí el oro fue devuelto al erario; y allí las legiones entraron en el Vicus lugarius para marchar de regreso hacia el Campo de Marte a través del Velabro, donde celebrarían un banquete y esperarían el reparto de dinero por parte de los pagadores de las legiones. Sólo el Senado, los sacerdotes, los animales sacrificiales y el triunfador ascendieron por el monte Capitolino hasta el templo de Júpiter óptimo Máximo, acompañados ahora por unos músicos especiales que tocaban el tibicen, una flauta hecha con la espinilla de un enemigo muerto.

Los dos bueyes blancos iban adornados con guirnaldas y flores y llevaban los cascos y los cuernos dorados; los guiaban el popa, el cultarius y sus acólitos, que realizarían expertamente el sacrificio.

Les seguían el colegio de pontífices y el colegio de augures con sus togas multicolores de rayas escarlata y púrpura, cada augur con su lituus, un bastón con arabescos que lo distinguía de los pontífices. Detrás caminaban los otros colegios sacerdotales menores con sus túnicas específicas, el flamen Martialis con un aspecto muy extraño envuelto en su pesada capa circular, con sus coturnos de madera y su yelmo apex de marfil. En la celebración de los triunfos de César no habría flamen Quirinalis, ya que Lucio César desfilaba en calidad de augur jefe y no en su otra función, ni tampoco había flamen Dialis, ya que ese sacerdote de Júpiter en particular era de hecho César, exento desde hacía mucho de sus obligaciones.

La siguiente sección del desfile era siempre muy bien recibida por la multitud, ya que la formaban los prisioneros. Cada uno iba vestido con sus mejores galas, oro y joyas, la viva imagen de la salud y la prosperidad; Roma, en la celebración del triunfo, no exhibía prisioneros maltratados o apaleados. Por esta razón los hospedaban en la mansión de algún potentado mientras aguardaban aquel momento. La Roma de la República no encerraba a nadie en prisiones.

El rey Vercingetorix era el primero; sólo él, Coto y Lucterio morirían. Vercasivellauno, Eporedorix y Biturgo -y todos los demás, prisioneros de guerra menos importantes- regresarían ilesos junto a sus pueblos. En otro tiempo, muchos años atrás, Vercingetorix se había maravillado ante la profecía que decía que pasarían seis años entre su captura y su muerte; en ese momento sabía que se cumpliría. Gracias a la guerra civil y otros problemas, César había tardado seis años en celebrar su triunfo sobre la Galia Trasalpina.

El Senado había decretado un privilegio muy especial para César: lo precederían sesenta y dos lictores en lugar de los habituales veinticuatro propios de un dictador. Cantores y danzarinas especiales acompañarían a los lictores, entonando loas al triunfador César.

Así pues, cuando llegó el turno a César, el desfile llevaba ya en marcha dos largas horas de verano. Iba montado en el carro triunfal, un vehículo de cuatro ruedas extremadamente antiguo más parecido a la carroza ceremonial del rey de Armenia que a la cuádriga de dos ruedas; tiraban de él cuatro caballos grises idénticos con crines y colas blancas, elegidos por César. Éste lucía las vestiduras triunfales, que consistían en una túnica bordada con hojas de palma y una toga púrpura bordada profusamente en oro. En la cabeza llevaba una corona de laurel, en la mano derecha una rama de laurel, y en la izquierda el cetro retorcido de marfil propio del triunfador, coronado por un águila de oro. Su cochero vestía una túnica púrpura, y en la parte trasera del espacioso carruaje un hombre con túnica púrpura sostenía una corona de hojas de roble doradas sobre la cabeza de César y de vez en cuando entonaba la advertencia que se daba a todos los triunfadores: «Respice post te, hominem te memento». *

Aunque Pompeyo Magno había sido demasiado vanidoso para seguir la antigua costumbre, César sí lo hizo. Se pintó la cara y las manos con minim de vivo color rojo, imitando el rostro y las manos de terracota de la estatua de Júpiter óptimo Máximo en su templo. Sólo el triunfo permitía que un romano imitara hasta tal punto a un dios.

Detrás del carro triunfal iba el caballo de guerra del César, el famoso Génitor (en realidad el actual era uno de los varios que había tenido a lo largo de los años, que César criaba a partir del Génitor original, un regalo de Sila), cubierto con el paludamentum escarlata del general. Para César, habría sido inconcebible celebrar el triunfo sin que Génitor, el símbolo de su legendaria suerte, disfrutara de su propia pequeña celebración.

En pos de Génitor venía la muchedumbre de hombres que consideraba que la campaña gala de César los había liberado de la esclavitud; todos llevaban el gorro de la libertad en la cabeza, un tocado cónico que identificaba a los libertos. A continuación desfilaban aquellos de sus legados en la guerra de las Galias que en ese momento estaban en Roma, todos con armadura y montados en sus Caballos Públicos.

Y en último lugar el ejército, cinco mil hombres de once legiones que mientras marchaban gritaban: "¡Io triunfe!" Las canciones obscenas vendrían más tarde, cuando hubiera más gente para oírlas y reír.

Cuando César subió al carro triunfal, se desprendió la rueda izquierda delantera, lanzándolo contra el adral frontal y haciendo caer al hombre que sostenía la corona de hojas de roble y provocando los nerviosos relinchos y espantadas de los caballos.

Una ahogada exclamación colectiva surgió de entre los espectadores.

– ¿Qué ocurre? ¿Por qué está la gente sorprendida? -preguntó Cleopatra a Sexto Perquitieno, que había palidecido.

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* «Vuelve la vista atrás, recuerda que eres un mortal.»