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– Sin duda Antonio habrá enviado algunas partidas de caballería en busca de fugitivos -explicó Bruto-. Si pasamos la noche en estas alturas rocosas, por la mañana veremos mejor el camino.

– Si dejamos a alguien de guardia, podremos encender una fogata -dijo Volumnio, tiritando-. Está demasiado nublado para ver sin antorchas, de modo que sólo tendremos que apagar el fuego cuando nuestro vigilante vea acercarse la luz de unas teas.

– El cielo está despejándose -observó Estatilo, desolado.

Se apiñaron en torno a una viva hoguera de ramas secas y descubrieron que tenían demasiada sed para comer; pero nadie se había acordado de llevar agua.

– El Harpeso debe de estar cerca -dijo Rascupolis, levantándose-. Me llevaré dos caballos de reserva y traeré agua, si es que consigo vaciar el grano de estas ánforas y meterlo en sacos.

Bruto, tan abstraído que percibía la actividad a su alrededor como si la viera a través de una espesa niebla y la oyera con los oídos tapados, apenas se enteró de la propuesta del rey tracio.

Éste es el final de mi camino, el final de mi tiempo en este horrible y atormentado mundo. Nunca he tenido madera de guerrero, no lo llevo en la sangre. Ni siquiera conozco cómo funciona la mente militar. De lo contrario, habría comprendido mejor a Casio. ¡Tenía un espíritu tan entregado y agresivo! Por eso mi madre siempre lo prefirió a él, porque ella es la persona más agresiva que conozco. Más orgullosa que las torres de Ilium, más fuerte que Hércules, más dura que el adamas. Está destinada a sobrevivirnos a todos: a Catón, César, Silano, Porcia, Casio y yo. Nos sobrevivirá a todos menos, quizás, a esa serpiente de Octaviano. Fue él quien obligó a Antonio a perseguir a los Libertadores. De no ser por Octaviano, todos viviríamos en Roma, y habríamos sido cónsules a su debido tiempo. Este mismo año.

Octaviano posee la astucia de un hombre cuatro veces mayor. ¡El heredero de César! La tirada de dados de la Fortuna que ninguno de nosotros tomó en consideración. César, que fue quien inició todo esto cuando sedujo a mi madre, me avergonzó a mí, me arrebató a Julia para casarla con un viejo. César el interesado. Estremeciéndose, recordó una frase de la Medea de Eurípides y la pronunció en voz alta:

– «¡Zeus todopoderoso, recuerda quién es la causa de tanto dolor!»

– ¿Qué quieres decir con eso? -preguntó Volumnio, intentando grabárselo todo en la memoria hasta que tuviera ocasión de anotarlo en su diario.

Bruto no contestó, así que Volumnio tuvo que dar vueltas a la cita hasta que Estratón de Épiro lo ilustró. Pero Volumnio supuso que Bruto se refería a Antonio y no consideró siquiera que pudiera tratarse de César.

Rascupolis regresó con el agua. Excepto Bruto, todos bebieron ansiosamente, sedientos como estaban. Después comieron.

Un rato más tarde oyeron un ruido a lo lejos y apagaron precipitadamente la fogata. Permanecieron tensos mientras Volumnio y Dárdano iban a investigar. Una falsa alarma, dijeron al regresar.

De pronto Estatilo se levantó de un brinco y empezó a darse palmadas por el cuerpo para entrar en calor.

– ¡No lo soporto más! -exclamó-. Voy a volver a Filipos para ver qué ocurre. Si encuentro desierta la colina del campamento, encenderé la gran hoguera de señales. Desde esta altura la veréis bien. Al fin y al cabo, fue pensada para advertir a los vigilantes de estos dos pasos si los triunviros atacaban Neapolis. ¿Qué distancia hay, ocho kilómetros? Si me doy prisa, la veréis dentro de una hora. Entonces sabréis si los hombres de Antonio duermen o nos persiguen.

Se marchó, y los demás se apretujaron para ahuyentar el frío. Sólo Bruto se quedó aparte, sumido en sus pensamientos.

Éste es el final de mi camino, y todo ha sido en vano. Estaba convencido de que si César moría, recuperaríamos la República. Pero no ha sido así. Su muerte sólo ha servido para dar rienda suelta a enemigos aún peores. Mi corazón está ligado a la República; es lógico que yo muera.

– ¿Quiénes han muerto hoy? -preguntó de repente.

– Hemicilo -contestó Rascupolis desde la oscuridad-. El joven Marco Porcio Catón, peleando con gran valor. Pacuvio Labeo, quitándose la vida él mismo, creo.

– Livio Druso Nerón -añadió Volumnio.

Bruto se echó a llorar en silencio mientras los demás permanecían muy quietos, deseando estar en otra parte. Bruto no supo cuánto tiempo duró su llanto, pero cuando se secaron sus lágrimas, tuvo la sensación de haber salido de un sueño para entrar en otro sueño más hermoso y fascinante. Ya de pie, se dirigió al centro del claro y alzó la cabeza para mirar el cielo, donde las nubes se habían disipado y las estrellas brillaban a miles. Sólo Homero tenía las palabras adecuadas para describir el imponente espectáculo que contemplaban sus ojos:

– «Hay noches -dijo- en las que el viento no mueve el aire y las estrellas del firmamento lucen con todo su esplendor en torno a la brillante luna; noches en que las cumbres de las montañas, los cabos y los desfiladeros quedan a la vista a la vez que las infinitas profundidades del cielo se abren al firmamento.» *

Aquellas palabras ponían fin a una transición, todos lo supieron. Tensos y abriendo mucho los ojos ya perfectamente adaptados a la oscuridad, siguieron la sombra de Bruto que regresaba hacia ellos. Se acercó a los fardos que contenían sus pertenencias, cogió su espada y la desenvainó. Se la tendió a Volumnio.

– Hazlo, viejo amigo -dijo.

Sollozando, Volumnio negó con la cabeza y retrocedió.

Bruto ofreció la espada a todos ellos uno por uno, y todos se negaron a empuñarla. El último fue Estratón de Épiro.

– ¿Lo harás tú? -preguntó Bruto.

Todo acabó en un instante. Estratón de Épiro cogió el arma con un rápido movimiento y, como si prolongara ese mismo gesto, asestó una súbita estocada. La hoja penetró, hasta la empuñadura en forma de águila, bajo la caja torácica de Bruto por el costado izquierdo. Un golpe perfecto. Bruto murió antes de que sus rodillas tocaran la tierra cubierta de hierba.

– Me voy a casa -dijo Rascupolis-. ¿Quién viene conmigo?

Nadie, al parecer. El tracio se encogió de hombros, fue a por su caballo, montó y desapareció.

Cuando la herida dejó de sangrar -y de hecho sangró muy poco-, una lengua de fuego iluminó el oeste: Estatilo había encendido la hoguera del campamento. Así que esperaron allí mientras las constelaciones se desplazaban por el cielo y Bruto yacía plácidamente en la fragante hierba, con los ojos cerrados y la moneda en la boca: un denario de oro con su propio perfil en el anverso.

Finalmente Dárdano, el escudero, se movió.

– Estatilo no vuelve -dijo-. Llevémosle el cuerpo de Marco Bruto a Marco Antonio. Es lo que él habría deseado.

Cuando despuntaba ya el alba, cargaron el cadáver en el caballo de Bruto, e iniciaron el regreso hacia el campo de batalla de Filipos.

Les salió al paso un escuadrón de caballería que los escoltó hasta la tienda de Marco Antonio, donde el vencedor de Filipos estaba ya en pie, su robusta salud intacta tras el festejo de la noche anterior.

– Dejadlo ahí-ordenó Antonio señalando un triclinio.

Dos soldados germanos llevaron el pequeño fardo hasta el triclinio y lo depositaron en él con delicadeza, extendiendo los miembros hasta que de nuevo presentó forma humana.

– Mi paludamentum, Marsias-dijo Antonio a su ayuda de cámara.

El criado le llevó la capa escarlata del general y Antonio la extendió sobre Bruto, dejando al descubierto sólo su cara pálida, salpicada de las cicatrices de muchas décadas de acné, el cuero cabelludo coronado por sus rizos negros y despeinados como plumas de seda.

– ¿Tenéis dinero para volver a casa? -preguntó Antonio a Volumnio.

– Sí, Cayo Antonio, pero nos gustaría llevarnos también a Estatilo y Lucilio.

– Estatilo ha muerto. Unos centinelas lo sorprendieron en el campamento de Bruto y pensaron que había ido a saquear. He visto su cadáver. En cuanto al falso Bruto, tengo intención de tomar a Lucilio a mi servicio. La lealtad es difícil de encontrar -Antonio se volvió hacia su ayuda de cámara-. Marsias, prepara salvoconductos para todos los hombres de Bruto que deseen ir a Neapolis.

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* La Ilíada de Homero, Libro VIII.