Informes de todo esto habían llegado a Publio Sitio; él y sus dos reyes empezaron a temer que César, en clara inferioridad numérica, fuera derrotado.
Sitio se preguntó qué podía hacer Mauritania para ayudar. Nada en la provincia de África, porque el ejército mauritano era similar al numidio: se componía de una caballería ligera que no combatía cuerpo a cuerpo sino como lanceros. No disponían de barcos suficientes para transportar hombres y caballos a una distancia de más de mil quinientos kilómetros. Por tanto, decidió Publio Sitio, lo mejor era invadir Numidia desde el oeste y obligar así al rey Juba a retroceder para defender su propio reino. Eso dejaría a los republicanos muy limitados de caballería y los privaría de una de sus fuentes de aprovisionamiento.
En cuanto se enteró de que el atrevido Sitio había invadido su reino, Juba se asustó y se retiró apresuradamente hacia el oeste.
«No sé durante cuánto tiempo podremos mantener alejado a Juba -comunicó Sitio a César en una carta-, pero mis reyes y yo esperamos que su ausencia te dé al menos un respiro.»
Respiro que César aprovechó bien. Mandó a Cayo Salustio Crispo y una legión a la gran isla de Cercina en el golfo, donde los republicanos habían almacenado gran cantidad de grano. Como ya había pasado la época de cosecha, César no tenía acceso al grano de la provincia de África porque el trigo de los latifundios del río Bagradas se encontraba al oeste de las líneas republicanas; las tierras del territorio de César en torno a Leptis Menor eran las más pobres de la provincia y las del sur de Tapso eran aún peores.
– Lo que han olvidado los republicanos -dijo César a Salustio, ya recobrado de la lapidación en Abella- es que Cayo Mario colonizó Cercina con sus veteranos. Fue mi padre quien dirigió la operación, así que los habitantes de Cercina conocen bien el nombre de César. Te encargo esta misión, Salustio, porque con tus palabras eres capaz de hacer bajar a los pájaros de los árboles. Tu trabajo consistirá en recordar a los hijos y nietos de los veteranos de Cayo Mario que César es sobrino de Mario, que deben ser leales a César. Habla con elocuencia, y no tendrás que luchar. Quiero que los cercinenses entreguen las reservas de grano de Metelo Escipión voluntariamente. Si lo conseguimos, comeremos por más que dure nuestra estancia en África.
Mientras Salustio realizaba con su legión la corta travesía a Cercina, César fortificó su posición y empezó a enviar cartas de solidaridad a los plutócratas del trigo de las cuencas del Bagradas y el Catada, a quienes Metelo Escipión había encolerizado innecesariamente. Éste, después de cargar grano suficiente para alimentar a sus huestes sin molestarse en pagar por él, por razones que sólo él conocía, aplicó una política de tierras calcinadas, incendiando los campos donde crecían los cultivos del año.
– Da la impresión de que Metelo Escipión cree que los republicanos van a perder -dijo César a su sobrino Quinto Pedio.
– Gane quien gane -respondió Quinto Pedio, hacendado agrícola hasta la médula-, mejor será que este asunto termine a tiempo de sembrar por segunda vez. Aún no han caído las grandes lluvias invernales, y el rastrojo quemado, después de ser arado, resulta fructífero.
– Esperemos que Salustio salga airoso de su misión -contestó César.
Dos nundinae después de su marcha, Salustio y su legión regresaron; Salustio venía sonriente. Analizada la situación, los cercinenses se habían declarado unánimemente a favor de César, comprometiéndose a mantener allí la mayor parte del grano, a defenderlo contra los barcos de transporte republicanos cuando llegaran, y a mandárselo a César cuando lo necesitara.
– ¡Magnífico! -exclamó César-. Ahora sólo nos queda provocar un combate general y acabar de una vez con este odioso asunto.
Fue más fácil decirlo que hacerlo. Con Juba ausente, ni Metelo Escipión en la tienda de mando ni Labieno en el campo de batalla deseaban un combate general contra alguien tan escurridizo como César, aun con los veteranos desafectos.
César escribió a Publio Sitio y le pidió que se retirara.
En realidad pasó más tiempo del que el calendario indicaba, ya que el Colegio de Pontífices, siguiendo instrucciones de César, había añadido una intercalación tras el mes de febrero: veintitrés días más. Este corto mes, llamado marcedonio, debía tomarse en consideración cuando ambos bandos decían que marzo les parecía interminable. Las legiones republicanas, acampadas a las afueras de Hadrumetum, y las legiones de César, acampadas alrededor de Leptis Menor, tuvieron que soportar dos meses de relativa inercia mientras Juba, en el oeste de Numidia, intentaba echarle mano al astuto Publio Sitio, que finalmente recibió la carta de César y se retiró a finales de marzo. Juba regresó rápidamente a la provincia de África.
Aun así, César tenía que provocar un combate, ya que los republicanos actuaban con mucha cautela. Organizaban escaramuzas, se retiraban, volvían a organizar escaramuzas y volvían a retirarse. ¡Muy bien, así se haría! César debía atacar Tapso por tierra. No muy al sur de Leptis Menor, la ciudad padecía ya un total bloqueo desde el mar, pero Labieno la había fortificado bien, y aún mantenían la posición.
Observado de cerca por Metelo Escipión y Labieno en el mando conjunto del ejército republicano, que incluía a Juba con su escuadrón de elefantes de guerra, César salió con sus legiones de Leptis Menor en dirección a Tapso a principios de abril.
Un característico elemento de aquel litoral inhóspito y salobre proporcionó a César la oportunidad que esperaba desde hacía tiempo: una lengua de tierra llana y arenosa de unos dos mil quinientos metros de anchura y varios kilómetros de largo. A un lado estaba el mar, al otro una enorme laguna salada. Exultante, César guió a su ejército hasta el istmo, y siguió avanzando hasta que todos sus hombres en apretada formación lo ocuparon.
Jugaba con la posibilidad de que Labieno no adivinara por qué marchaba en una especie de agmen * quadratum en lugar de usar la habitual serpiente en fila de a ocho; el agmen quadratum era una formación en anchas columnas que reducía la longitud de las tropas a la vez que aumentaba su anchura. Conociendo a Labieno, daba por sentado que éste supondría que César esperaba ser atacado por el vigilante ejército republicano y deseaba sacar a sus hombres de la lengua de tierra lo más deprisa posible. En realidad, era César quien se proponía atacar.
En cuanto César entró en la lengua de tierra, Labieno vio lo que debía hacer, y se apresuró a hacerlo. Mientras el grueso de su infantería, bajo el mando de Afranio y Juba, cortaban la retirada a César, Labieno y Metelo Escipión guiaron la caballería y las rápidas legiones veteranas en torno al lado interior de la laguna y las apostaron en el extremo opuesto del istmo para recibir allí a la avanzadilla de César.
Sonaron los cornetas de César: su ejército se dividió en dos mitades de inmediato, con Cneo Domitio Calvino al frente de la sección que retrocedió y cargó contra Afranio y Juba, en tanto que César y Quinto Pedio siguieron adelante con la otra mitad para cargar contra Labieno y Metelo Escipión. Todas las legiones veteranas de César ocupaban la cabeza y la retaguardia de su ejército, quedando en el centro los reclutas novatos. En cuanto las dos mitades se pusieron en marcha en direcciones opuestas los reclutas quedaron detrás de las tropas veteranas.
Tapso, como pasó a llamarse la batalla, fue una derrota aplastante. Azuzados por la desaprobación de César unida a su clemencia, los veteranos, en especial la Décima, combatieron quizá mejor que durante toda su larga trayectoria. Al final del día diez mil muertos republicanos salpicaban el campo de batalla, y la resistencia organizada en África había terminado. El aspecto más decepcionante de Tapso para César fue la escasez de cautivos prominentes. Metelo Escipión, Labieno, Afranio, Petreyo, Sexto Pompeyo, el gobernador Atio Varo, Fausto Sila y Lucio Manlio Torcuato huyeron, como también el rey Juba.