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Terminas de rezar y te encaminas hacia el poblado, apretando el paso. Es la hora de llevarles la comida, y acaso este embeleso tuyo bajo el sol, junto a las aguas del río, te haya retrasado demasiado.

Menuda y delgada, sus ojos tenían un brillo de rescoldo. Cargaba con grandes fardos de ropa sin que su figura pareciese soportar peso alguno. Hablaba muy despacio, como si rezase. Decía cosas de su casa: que su madre tenía malos los ojos, que a su hermano pequeño le había pegado el amo por comerse un pastel del obrador donde trabajaba. Así sus padres, sus hermanos, sonaban en tus oídos con una familiaridad que los hacía verdaderos y cercanos.

Nunca hablasteis de religión y ni siquiera recordabas en su presencia las advertencias pastorales de los peligros que la convivencia con ellos podría traer para vuestra fe.

Al cabo, aquellas charlas breves, clandestinas, convirtieron a la muchacha en otro compañero más, como los del río, un compañero con el que no compartías las violentas aventuras de la caza y de la exploración sino la tranquila construcción de un diálogo largo como un sendero.

La viste por última vez el día antes de vuestra partida. Habíais empezado al amanecer los cantos propiciatorios de un viaje feliz. Trémulas o tonantes, vuestras voces, ese día permitidas, resonaban con fuerza contra los muros del pequeño oratorio. Cuando la misa terminó, casi al mediodía, te escapaste solo, a escondidas, buscando casi sin querer el lavadero. Ella ya estaba allí: acababa de colgar las grandes prendas y empezaba a desparramar sobre los hierbajos, sujetas con piedras, las piezas más pequeñas de ropa. Su figura brillaba bajo el sol. Te acercaste más de lo habitual, pero no decías nada. Ella te miró, te sonreía.

– Me voy -dijiste-. A la tierra de mi gente.

Te quedaste con el brazo alzado unos instantes, señalando al Norte, al otro lado del río. Vuestra conversación eterna del mediodía, que tan bien había precisado los rasgos del vivir diario, el carácter de los parientes, las travesuras de los gatos, las pequeñas novedades, no había alcanzado nunca el tema que era la médula del antiguo antagonismo. Pero ella, sin decir nada, comprendió. Continuó depositando la ropa sobre el suelo, sujetándola con los cantos limpios y pulidos, tantas veces usados para el mismo menester. Al cabo, recogió la gran cesta y se acercó hasta donde tú estabas y dijo, antes de alejarse rápidamente:

– Alá os bendiga.

Con esa su dulce lengua, que ahora repasas en el recuerdo con una nostalgia que ya es casi dolor, como a punto de descubrir que aquella ciudad y aquella muchacha y aquel río, bajo la suavidad de un cielo donde las nieves y las heladas son imposibles, era sin duda tu mundo verdadero.

Me he imaginado a la muchacha gimiendo

Me he imaginado a la muchacha gimiendo, con un quejido como de gato, tirada también en lo oscuro.

La esperábamos aquel día y la contemplamos mientras se acercaba, pedaleando en la bici. La vuelvo a ver envuelta en el reverbero del sol, entre las sombras de la calle, aquellas sombras pegadas a las fachadas como largos telones negros, y en aquel contraste con la luminosidad del mediodía comprendo ahora una clara señal premonitoria: ella significaba también un anuncio, un mensaje, brillante su vestido entre las sombras densas y verticales, resaltando entre la intensa claridad de su cuerpo su faz y sus manos oscuras.

Hay un hilo sutil que enlaza aquella imagen de la muchacha acercándose a nosotros sobre la bicicleta, como un augurio, con ella misma gimiendo, caída en la noche, y con nosotros mismos aquí, desplomados en la oscuridad.

Era grande, llevaba unos pantalones de pana, una cazadora de cuero artificial y una gran boina sobre los cabellos rizados.

Yo estaba sentado al sol, junto a la portalada, y Lupi trasteaba con unas piezas. Se saludaron. Yo cerré el libro, lo dejé sobre el poyo y me acerqué a ellos. La muchacha preguntaba si la avería había sido muy complicada.

– Según y cómo -dijo Lupi, mirándola con intención.

Ella quería saber qué había sido exactamente. Lupi rodeó la furgoneta y abrió las portezuelas.

– Estuve buscando las herramientas del coche, revolviendo aquí un poco.

(***) [1]

dirigía la palabra, pero lo observaba con una atención peculiar.

Yo era testigo de aquellas miradas largas, detenidas, cuando al terminar la comida tomaba la abuela el rosario entre las manos y lo iba desgranando, y el abuelo liaba y encendía un cigarro y, tras levantarse, lo fumaba en un lento paseo bajo los frutales; a veces, llegaba hasta alguna de las puertas y se perdía unos instantes en el interior de otras estancias (el lavadero, la cuadra, el cuartín del pozo) y entonces mi abuela parecía agudizar su atención, quedaba como en suspenso en sus rezos y alzaba imperceptiblemente la cabeza, fijos los ojos en el punto por el que el abuelo había desaparecido.

El abuelo, ahora, dedicaba un gran interés a la parte posterior de la huerta, donde había plantado habas verdes, pimientos, cebollas, tomates, y muchas veces pasaba allí largos ratos regando, mientras la abuela, cosiendo dentro de la tienda (pero no junto a la ventana que daba a la calle, sino arrimada a la que se abría a la huerta), le seguía con la mirada.

Entonces, la abuela y Trini se entregaban a largos cuchicheos. A veces les sorprendí rememorando con indudable costumbre algún suceso del invierno pasado en el que estaba implicado el nombre de Olvido y el de un mozo que, al parecer, estuvo trabajando para la casa, pero que había sido despedido de modo fulminante.

Algunos días en que Lupi debía ayudar a los suyos en las faenas campesinas, yo solía acompañarle. Sobre todas, mi labor preferida era la de la trilla, sentado en el trillo con una vieja pala entre las manos, prevenida para recoger las boñigas de las vacas si por casualidad se producían. Otros días me quedaba en casa: había descubierto un visor de fotos estereoscópicas donde había vistas de lugares exóticos y famosos y de mujeres vestidas con extrañas ropas que, en posturas petrificadas, estáticas, como de danza o de descanso lánguido, parecían aún más singulares por el tono morado de los cuerpos, de los ropajes y de los cojines.

La visión de las estereoscopias en el silencio sombrío de la sala me sumía en un sopor muy propio de la hora. Los abuelos hacían un breve reposo y toda la casa, el pueblo todo, se mantenía en el silencio en esas primeras horas de la tarde.

Eran aquellos momentos propicios a especiales libertades: bajar primero a la tienda a por aceitunas (pese a lo reciente de la comida, una gula especial me empujaba hacia aquel barrilito situado en lo más profundo del lado interior del mostrador; allí, desdeñando el cacillo de madera, atrapaba un buen puñado, hundiendo la mano y el brazo en aquella nata espesa, de sabor salado, que flotaba sobre la salmuera) para explorar después, mientras iba chupando y comiendo lentamente las aceitunas, aquella casa que parecía dormitar, recorriendo las distintas estancias, de la cocina a la sala, de la tienda al pajar, del corral a la huerta.

Aquella tarde, cuando bajé a la tienda (las rendijas de la ventana que daba a la calle proyectaban en el techo, invertidas, las curiosas figuras de un perro, de un insólito transeúnte), la trampa que servía de acceso al almacén del sótano estaba levantada.

Mi abuelo había establecido dos rigurosas prohibiciones: subir al desván y levantar la trampa del suelo de la tienda. En aquella ocasión, facilitado el acceso de tal modo, mi decisión se formuló instantáneamente. Me metí las aceitunas en los bolsillos y, sigiloso, aceptando aquella humedad pegajosa en mis muslos como el tributo de mi osadía, descendí por los peldaños de madera que, carentes de contrahuella, sugerían de modo emocionante la inmersión en la penumbra de la bodega de algún navío, tal vez pirata, preñada de todos los misterios.

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[1] Falta una parte en el original.