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Devolvió ambos objetos a la caja. Regresó después al escritorio, abrió la maletita de plástico y sacó una especie de gruesa carpeta protegida por dos láminas muy finas de conglomerado de madera.

En cuanto tuve delante las hojas finalmente sueltas, experimenté una intensa emoción.

Porque su absoluta autenticidad la proclamaban a viva voz el olor del papel y la tinta seculares, ciertos encrespamientos de las hojas ya grabados como leves cicatrices, las manchas a veces amarillas y a veces amarronadas que el tiempo dibuja en la piel del hombre y en el papel que el hombre utiliza para dar testimonio de su propia existencia. Es cierto que un buen falsificador podría haber reproducido los signos externos del tiempo transcurrido; ahora bien, jamás la autenticidad de una larga y lentísima descomposición.

– Estas son las pruebas periciales -dijo Carlo, sacando unos cuantos legajos de la maletita.

Lo miré. No sabía qué decir, esperaba impaciente las instrucciones.

– Usted puede quedarse tranquilamente aquí a leerlo todo. Nadie lo molestará. Si necesita algo, asómese al vestíbulo y llame a Anna a voces. Yo ahora tengo que irme. A las ocho de esta tarde regresará la persona que lo ha acompañado aquí y lo devolverá en coche a Siracusa.

– ¿Puedo… puedo copiar algún párrafo?

Sonrió.

– Ya lo tenía previsto. En el cajón de la izquierda encontrará papel y bolígrafos.

Entonces me tendió la mano. Me levanté y se la estreché.

– Se lo agradezco en nombre de mi mujer. Y también en el mío propio, por haberme apartado durante unas horas de mis problemas.

– Buena suerte -se me ocurrió decirle.

– La voy a necesitar.

Pasé varias horas leyendo y copiando; ni siquiera necesité ir al cuarto de baño o llamar a la campesina para que me preparara café. A las ocho oí entrar un automóvil en el patio.

De mala gana volví a colocar los papeles entre las dos láminas de conglomerado que los protegían y los metí en la maletita, y ésta en la caja. La cerré. El chófer entró sin saludar y, tras recoger la caja, me preguntó receloso:

– ¿Está todo?

– Quédese tranquilo, está todo.

Salimos y el hombre depositó la caja en el maletero del coche. Luego cerró el portalón con llave.

– Recuerde que en la casa está…

– Anna sale por la puerta de atrás.

Podía haberme ahorrado el papel de imbécil. Estaba apunto de subir al vehículo cuando el chófer me retuvo.

– Tenemos que hacer lo mismo que cuando hemos venido -dijo, sacándose del bolsillo el consabido y pestilente pañuelo.

Me dejé vendar los ojos. Antes de subir, me quité la chaqueta. Ambos bolsillos estaban repletos con todas las hojas que había escrito y sin duda me habrían molestado.

Durante el viaje de vuelta no intercambiamos palabra. Llegué tarde al hotel; el restaurante ya estaba cerrado y me conformé con dos bocadillos. Subía la habitación y me asomé a la ventana. Hacía más de un mes que había decidido dejar de fumar, pero por precaución llevaba siempre un paquete de cigarrillos. Lo saqué, encendí uno y lo apagué enseguida. No sé por qué, pero el deseo de fumar se había ido tal como había venido. Permanecí así cosa de una hora. La noche parecía imaginaria en su perfecta belleza. De repente me llegó el delicado perfume de los jazmines. La verdad es que se me antojó demasiado y me fui a la cama.

Creía que no podría pegar ojo a causa de las emociones de la jornada, pero nada más tumbarme me quedé dormido.

A las nueve sonó el despertador, a las diez llegó el taxi para conducirme a Catania. Cuando llevábamos unos diez minutos de viaje, empecé a experimentar cierta molestia por tener que quedarme un día más en la isla. Tenía la curiosa sensación de haber permanecido allí no tres días sino meses, años. Entonces le pedí al chófer que me llevara al aeropuerto.

Advertencia

Las páginas siguientes son las que conseguí copiar, de manera bastante apresurada, dado el escaso tiempo que se me concedió, de las hojas originales. Quisiera hacer constar honradamente que no sólo puedo haber cometido errores de transcripción, sino que aquí y allá he retocado la escritura erizada y angulosa del lenguaje no precisamente culto de Caravaggio. Soy consciente de que esos retoques restan fuerza y autenticidad de expresión a la escritura original, pero también estoy convencido de que el texto gana en comprensibilidad.

Me siento obligado a advertir que aquellas páginas no constituían, en mi opinión, un diario propiamente dicho; no creo que Caravaggio fuera un hombre capaz de tener en cuenta y guardar memoria de sus días, sino que se trataba más bien de unas hojas dispersas y un tanto desordenadas, una especie de borrador de unos apuntes tal vez conservados para extraer de ellos un memorándum destinado a ser presentado a alguien en el momento de su ansiado regreso a Roma como hombre libre.

Malta

Los párrafos que siguen se refieren al período maltes de Caravaggio.

Desde Nápoles, por indicación de Ippolito Malaspina, bailío de la Soberana Orden de los Caballeros de Malta de aquella ciudad, Caravaggio viajó hasta la isla para ser nombrado, después de un año de convento como novicio, caballero de Gracia (no caballero de Justicia, por no haber nacido noble). El nombramiento dejaría automáticamente sin efecto la condena a muerte dictada contra él en Roma por el homicidio, en el transcurso de una reyerta por fútiles motivos de juego, de un tal Ranuccio Tomassoni. El bailío de Nápoles Malaspina, por su amistad con el Gran Maestre de la Orden, Alojde Wignacourt, había proporcionado a Caravaggio una carta de recomendación y le había asegurado que en la isla podría encontrar trabajos muy bien remunerados.

En Nápoles, Caravaggio se embarcó en una galera del príncipe Fabrizio Sforza Colonna. Los Colonna habían sido y seguían siendo, a pesar de la mala fama del pintor, declarados protectores suyos.

Pero Caravaggio no estaba solo.

Su fraternal amigo, cómplice y compañero de aventuras Mario Minniti se embarcó con él. Minniti se vio impulsado a irse de Nápoles, no tanto por el deseo de no separarse de Caravaggio, sino por el hecho de que él mismo se había visto enredado en un proceso por bigamia acerca del cual se sabe muy poco.

Se sabe, en cambio, que pocos días después de la llegada de ambos amigos a Malta, Minniti fue detenido como consecuencia de la denuncia por bigamia llegada desde Nápoles. Como es natural, Caravaggio se apresuró a ofrecerse como testigo de descargo en el proceso celebrado el 26 de julio de 1607. En dicho proceso, Caravaggio declaró haber llegado a la isla quince días atrás, es decir, entre el 10 y el 11 de julio.

Las páginas que tratan de la estancia maltesa del pintor eran, tal como he comentado, mucho más numerosas que las que conseguí copiar. Me encontré ante la necesidad de hacer una difícil elección. Confieso que en aquellas horas maldije una y mil veces mi escaso conocimiento de la vida y las obras de Caravaggio. Con un mayor conocimiento, mi elección podría haber sido menos arbitraria.