– De que crees que se imaginan algo.
– Por ejemplo, que Mo desapareció de un modo un tanto mágico. Que han volado demasiados palomos. Creo que Danglard lo sabe. El comandante no disimula bien. Desde la huida de Mo, parece una gallina confusa incubando un huevo de avestruz.
– Imaginas demasiadas cosas. ¿Me crees capaz de una chapuza así?
– Ya lo creo. Además, en ningún momento he dicho que fuera una chapuza.
– Dilo todo, Louis.
– Creo que no tardarán en plantarse aquí. No sé dónde has metido a Mo, pero creo que debería largarse esta misma noche. Rápido y lejos.
– ¿Y cómo? Si tú, yo o Danglard nos vamos, será la señal. En una hora nos echan el guante.
– Tu hijo -propuso Veyrenc mirando al joven.
– No creerás que voy a meterlo en ese fregado, Louis.
– Ya lo has hecho.
– No. No hay pruebas tangibles. En cambio, si lo pillan al volante con Mo, se va directo al talego. Suponiendo que tengas razón, estamos obligados a entregar a Mo. Lo llevaremos a un centenar de kilómetros, y él se dejará atrapar.
– Tú mismo lo dijiste: una vez en manos de los jueces, no tendrá escapatoria. Todo está precocinado.
– ¿Tu solución?
– Zerk debe salir hoy mismo. De noche hay muchos menos controles. Y la mayoría de esos controles son menos eficaces. Los chicos se cansan.
– Me parece bien -dijo Zerk reteniendo a Adamsberg-. Me lo llevo. ¿Adónde voy, Louis?
– Conoces los Pirineos tan bien como nosotros. Conoces los pasos a España. De allí vas a Granada.
– ¿Y luego?
– Te escondes hasta nueva orden. Te he traído varias direcciones de hoteles. Dos matrículas para el coche, la documentación del vehículo, dinero, dos carnets de identidad, una tarjeta de crédito. Cuando estéis suficientemente lejos de aquí, poneos en el arcén y que Mo se corte el pelo, estilo buen chico.
– Su pelo es la prueba de que no quemó el Mercedes. Ahora lo lleva largo.
– ¿Y qué? -preguntó Adamsberg.
– Ya sabes que lo llaman Momo-Mecha-Corta.
– Porque utiliza mechas cortas, peligrosas, para incendiar los coches. Así la cosa tiene más morbo.
– No, es porque los incendios le queman mechones de pelo. Siempre se afeita la cabeza después, para que no se le note.
– De acuerdo, Armel -dijo Veyrenc-. Pero tenemos prisa. ¿Dónde lo has metido, Jean-Baptiste? ¿Lejos?
– A tres kilómetros -dijo Adamsberg un poco sonado-. Dos pasando por el bosque.
– Vamos ahora mismo. Mientras los chicos se preparan, nosotros colocamos las matrículas, limpiamos las huellas.
– Justo cuando empezaba a dibujar bien… -comentó Zerk.
– Y cuando los hermanos Clermont parecen a salvo -dijo Adamsberg aplastando su cigarrillo con el tacón.
– ¿Y el palomo? ¿Qué hacemos con el palomo? -preguntó de repente Zerk, alarmado.
– Te lo llevas a Granada, en eso hemos quedado.
– No, el otro. ¿Qué hacemos con Hellebaud?
– Nos lo dejas. Si no, llamarías la atención.
– Todavía necesita que le desinfecten las patas cada tres días. Prométeme que lo harás. Prométeme que te acordarás.
A las cuatro de la madrugada, Adamsberg y Veyrenc miraban alejarse las luces traseras, con el palomo arrullando en la jaula, a sus pies. Adamsberg había llenado un termo de café para su hijo.
– Espero que no lo hayas hecho irse para nada -dijo Adamsberg-, Espero que no lo envíes a la boca del lobo. Tendrán que conducir toda la noche y todo el día. Estarán agotados.
– ¿Te preocupas por Armel?
– Sí.
– Lo conseguirá. El lance peligroso, la tentativa audaz, / el alma valerosa los convierte en hazaña.
– ¿Cómo sospecharon lo de Mo?
– Te precipitaste. Lo hiciste muy bien, pero con demasiada precipitación.
– No tuve tiempo, no tuve alternativa.
– Lo sé. Pero lo hiciste también demasiado solo. No creas que sin ayuda lograrás tus designios, / la amistad que rehúyes es tu único apoyo. Deberías haberme llamado.
Capítulo 26
El conde actuó en la noche y al alba con una eficacia impresionante, proporcional a la ternura que le inspiraba la vieja Léone, porque el médico llegó discretamente a las once y media al hospital de Ordebec. Valleray había despertado al anciano juez a las seis de la mañana, había dado su orden, y las puertas de Fleury se habían abierto a las nueve para dejar salir el convoy que llevaba al prisionero hasta Normandía. Los dos coches camuflados se estacionaron en el parking reservado al personal médico, lejos de las miradas de los transeúntes. Rodeado de cuatro hombres, el médico salió con las muñecas esposadas, con un aspecto orondo, e incluso jovial, que reconfortó a Adamsberg. Todavía no había recibido señal alguna de Zerk, ni una palabra de Retancourt. Por una vez, le pareció que su torpedo Retancourt estaba desactivado, inservible. Lo cual podía abundar en la hipótesis del conde. Si Retancourt no encontraba nada, es que no había nada que encontrar. Aparte del hecho de que Christian había vuelto tarde, un elemento al que se aferraba, nada le permitía sospechar de ninguno de los hermanos.
El médico fue hacia él con su andar bamboleante, pulcro y bien vestido. No había perdido ni un solo gramo en la cárcel, incluso había engordado posiblemente.
– Gracias por esta pequeña salida, Adamsberg -dijo estrechándole la mano-, resulta refrescante ver el campo. Sobre todo, no me llame por mi apellido delante de los demás, quiero mantenerlo impoluto.
– ¿Qué decimos? ¿Doctor Hellebaud? ¿Le parece bien?
– Perfecto. ¿Qué tal esos acúfenos? ¿Han vuelto a dar la lata? Cuando pienso que sólo pude hacerle dos sesiones…
– Ni rastro, doctor. Apenas un ligero silbido, a veces, en el oído izquierdo.
– Perfecto. Le arreglaré esa fruslería antes de irme con esos caballeros. ¿Y la gatita?
– Ya falta poco para el destete. ¿Y la cárcel, doctor? No he tenido tiempo para hacerle una visita desde su internamiento. Lo siento.
– ¿Qué quiere que le diga, amigo mío? No doy abasto. Tengo el tratamiento que doy al director: una dorsalgia tan mala como antigua; los que doy a los presos: somatizaciones depresivas y magníficos traumas de infancia, casos completamente impresionantes a decir verdad; y los tratamientos que doy a los vigilantes: muchas adicciones, mucha violencia contenida. No acepto más de cinco pacientes al día, me puse muy firme con eso. No cobro nada, por supuesto, no tengo derecho. Pero así son las cosas, tengo grandes compensaciones. Celda especial, trato de favor, comidas cocinadas, libros a voluntad, no puedo quejarme. Con todos los casos que tengo allí, estoy preparando un libro bastante formidable sobre el trauma carcelario. Hábleme de su paciente. ¿Hechos? ¿Diagnóstico?
Adamsberg conversó con el médico un cuarto de hora en la planta sótano, antes de subir al piso donde, delante de la habitación de Léo, los esperaban el capitán Émeri, el doctor Merlán, el conde de Valleray y Lina Vendermot. Adamsberg les presentó al doctor Paul Hellebaud, y uno de los vigilantes le quitó las esposas con respetuoso cuidado.
– A este vigilante -murmuró el médico al oído de Adamsberg- lo he devuelto a la vida. Se había vuelto impotente. El pobre estaba hecho polvo. Me trae el café a la cama todas las mañanas. ¿Quién es esa mujer rellenita como un huevo y apetitosa a rabiar?
– Lina Vendermot. La que prendió fuego al polvorín, por quien llegó el primer asesinato.
– ¿Es una asesina? -preguntó lanzándole una mirada sorprendida y desaprobadora, como si olvidara que él mismo era un criminal.