Durante unos minutos ambos guardaron silencio, sumidos en sus reflexiones, pero por mucho que pensaron no se les ocurrió ninguna solución salvadora.
– Ni siquiera hay una carretera -comentó resignado Jacques.
– Pero sí una vía fluvial, el Nilo -replicó ella.
Balouet guardó silencio durante un momento. Delante de la obra, en el embarcadero, había varias lanchas de motor. Tenían una posibilidad real de escapar con una si su fuga tardaba algún tiempo en ser descubierta.
Se miraron y en ese instante ambos pensaron lo mismo: ése era el único camino de fuga, Nilo arriba.
– ¿Sabes llevar un fueraborda? -le preguntó Raja.
Jacques se quitó el cigarrillo de la comisura de los labios, lo sostuvo entre el pulgar y el índice y respondió:
– Quien ha conducido un camión puede manejar también una motora; deja que yo me ocupe. Lo que más me inquieta es que tenemos que cruzar la frontera en Paras y tú no tienes pasaporte, y para un árabe no hay nada más importante que una firma o un documento con muchos sellos, sin embargo… -se dirigió a la caja fuerte, abrió su pesada puerta y señaló un buen fajo de billetes- esto nos ayudará. Bakshish 1 es la palabra favorita de todos los árabes!
– ¿Y si tropezamos con un funcionario insobornable?
– ¡Ése es un riesgo que tenemos que correr! -repuso Balouet, que trató de superar la cuestión-: ¿O prefieres que nos dirijamos al este en dirección al mar Rojo? Sólo son cuatrocientos kilómetros. ¿O hacia el oeste, a Libia? ¡Seiscientos kilómetros! En ambos casos no tendremos que temer que nos detengan en la frontera, pero la probabilidad de llegar hasta allí es igual a cero.
Raja se levantó.
– Bien, ¿cuándo nos vamos?
Balouet no se lo pensó demasiado.
– ¡Inmediatamente! -respondió-. Al amanecer tenemos que haber interpuesto la mayor distancia posible.
Cogieron sólo lo necesario. Jacques llenó dos bidones de agua; el dinero, 1.600 libras egipcias y 8.000 dólares, lo repartió en tres partes iguales, una se la guardó él, otra la escondió en el fondo de su bolsa de lona color oliva bajo las ropas y la tercera se la entregó a Raja.
Al abrir la puerta recibieron en el rostro el soplo del chamsin, un viento caliente del sur que suele arrastrar consigo nubes de arena tan espesas que a veces oscurecen el cielo en pleno día. Cuando bufaba el chamsin no se trabajaba en Abu Simbel. Esto aumentaba las posibilidades de que su fuga tardara más tiempo en ser descubierta.
Con el Volkswagen de Balouet condujeron hasta la barraca de trabajo de Kaminski, dejaron el coche aparcado ahí e hicieron a pie los últimos cien metros que los separaban del embarcadero.
El viento agitaba las cuatro lanchas atracadas. En una de ellas, Balouet encontró dos bidones de fuel, probó a poner en marcha el motor y no tuvo dificultades, así que la eligió para la fuga. Por lo que pudo ver en la oscuridad, era la más pequeña de las cuatro embarcaciones y la que estaba en mejores condiciones. Generalmente, esas lanchas se utilizaban para llevar a los obreros y sus herramientas de un lugar a otro de la obra.
El fuerte viento hizo pensar a Raja si no sería preferible esperar al amanecer, pero Jacques opinó que la oscuridad y la tempestad que amenazaba con estallar en cualquier momento eran sus mejores aliados. Raja acabó por darle la razón y él le prometió que cuando estuvieran fuera del alcance de la vista de Abu Simbel anclarían Nilo arriba, en la orilla opuesta, y buscarían un refugio hasta que pasara la tormenta.
La joven se tumbó sobre las planchas de la cubierta, donde encontró cierta protección contra el viento. Jacques encendió el motor y se colocó al timón. Condujo la lancha de proa al viento, para ofrecer la menor superficie de resistencia, y seguidamente la puso a media marcha, porque no quería hacer demasiado ruido, lo que le bastaba para navegar contracorriente.
El Nilo, por lo general tranquilo en ese lugar, formaba unas olas como Balouet jamás había visto en él. Chocaban contra la proa de forma irregular y alzaban la barca como si trataran de volcarla.
– ¡No temas, lo conseguiremos! -le gritó Jacques para hacerse oír por encima del viento.
Sus palabras expresaban un consuelo, una esperanza que el francés hubiera querido sentir. Su mirada trataba de penetrar en la oscuridad, pero tenía dificultad en mantener la visión de la orilla izquierda. La otra, en la que pensaba fondear, no podía verla.
Pronto renunció a la idea de cruzar el Nilo por ese lugar, ya que temía ser arrastrado por el viento. En vez de eso, siguió navegando río arriba y para seguir avanzando contracorriente y mantener el rumbo tuvo que poner la barca a toda marcha.
– ¿Tienes idea de dónde estamos? -le preguntó Raja, asustada, desde su refugio contra el viento.
– ¿Cómo quieres que lo sepa si no veo a tres palmos de mis nances? De todos modos da igual donde estemos, lo importante es encontrarse lejos de Abu Simbel.
La mujer hizo un movimiento de cabeza afirmativo y se aferró con fuerza a la borda de la lancha, que saltaba sobr las aguas. De tanto en tanto trataba de ver en la oscuridad y alzaba la cabeza por encima, pero cuando unas olas empaparon su rostro, volvió a tumbarse en la cubierta entregada a su suerte. Confiaba en Jacques, quizá no quería ser un héroe, pero estaba haciendo todo lo que estaba en sus manos.
Raja no sabía cuántas horas habían transcurrido desde su partida, pues la monotonía del ruido del motor, primero más regular, como un molino y después traqueteante a toda marcha, hacían perder el sentido del tiempo. De pronto, Balouet vio una de las pocas palmeras cuyos penachos todavía sobresalían de la superficie del embalse. Sin darse cuenta se habían acercado a unos cien metros de la orilla.
Por lo que Balouet pudo ver, el pantano formaba ahí una pequeña ensenada natural que le pareció adecuada para anclar y protegerse del chamsin hasta que amaneciera.
Jacques no estaba en condiciones de decir cuánto se habían alejado de Abu Simbel, ya que no conocía el curso del Nilo río arriba. Una pequeña lengua de tierra arenosa, que se alzaba visiblemente, les facilitaría llevar la barca a la orilla. Ahí, a sólo unos pasos de distancia se levantaba una roca grande como un elefante que los resguardaría del viento hasta la llegada del día.
A toda velocidad Balouet condujo la barca hacia tierra, hasta que la proa se hundió en el fondo. Jacques y Raja saltaron fuera y se dirigieron hasta el pie del peñasco. La arena, arrastrada por el viento, golpeaba sus rostros y les producía la dolorosa sensación de miles de alfileres que se clavaran en la piel. Se dejaron caer en el suelo, en el lado en que la roca los cobijaría. Presos de sus pensamientos, ninguno dijo una sola palabra.
En el fondo, Balouet ya se había arrepentido de haberse lanzado a esa aventura y le acosaba la duda de si lograrían ir a Sudán en la lancha. Estaba seguro de que tan proncomo mejorara el tiempo comenzarían a buscarlos por el río desde el aire. Kurosh el Águila era un excelente piloconocido por su habilidad para el vuelo rasante.
Habían confiado en que con la llegada del día el chamsin remitiría y podrían continuar su viaje. Pero esa esperanza resultó engañosa. La tormenta siguió azotando el Nilo con mayor fuerza aún que durante la noche anterior. Cuando Balouet se atrevió a salir de su refugio para ver cómo estaba la barca, se llevó un susto mortal.
– ¡Raja! -gritó y sacudió a la joven rusa hasta hacerla despertar-. ¡Raja, la barca ha desaparecido!
Raja Kurjanowa se puso en pie de un salto y se dirigió al lugar donde atracaron la noche anterior, la lancha había desaparecido. La marca de su encalladura permanecía en la arena. Balouet miró hacia el nordeste y sin decir una palabra señaló al centro del embalse, donde estaba la barca flotando sin rumbo como una cascara de nuez. Raja y Jacques cayeron uno en brazos del otro sin poder evitar el llanto.