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… Y los fantasmas se pasean como por su casa…

Raoul seguía al Persa, obedeciendo al pie de la letra sus recomendaciones sin intentar entender los gestos que le ordenaba…, diciéndose que no le quedaba más esperanza que él.

¿Qué hubiera hecho sin su compañero en aquel espantoso dédalo?

¿Acaso no se habría visto detenido continuamente por la maraña de vigas y cuerdas? ¿No se vería atrapado en aquella gigantesca tela de araña?

Y, de haber podido pasar a través de aquella red de alambres y de contrapesos que sin cesar aparecían ante él, corría el riesgo de caer en uno de los agujeros que se abrían por momentos bajo sus pies y cuyo fondo de tinieblas no podía alcanzar su mirada.

Bajaban, seguían bajando…

Ahora se encontraban en el tercer sótano.

Seguían guiándose en la oscuridad, gracias a alguna lamparilla lejana…

Cuanto más bajaban, más precauciones parecía tomar el Persa… No cesaba de volverse hacia Raoul y de recomendarle que siguiera sus instrucciones señalándole el nodo de poner la mano, desarmada ahora, pero siempre dispuesta a disparar como si empuñara una pistola.

De repente una voz atronadora les dejó clavados. Alguien gritaba encima de ellos:

– ¡Al escenario todos los «cerradores de puertas»! El comisario de policía les reclama.

… Se oyeron pasos y unas sombras se deslizaron en la sombra. El Persa había llevado a Raoul detrás de un bastidor… Vieron pasar muy cerca y por encima de sus cabezas a viejos encorvados por los años y el peso de los decorados de la ópera. Algunos casi no podían sostenerse de pie…, otros, por costumbre, con la espalda doblada y las manos tendidas hacia delante, buscaban puertas que cerrar.

Así eran los cerradores de puertas…, antiguos tramoyistas agotados, de los que unos directores caritativos se habían apiadado. Les había hecho encargados de las puertas en los sótanos y en los tejados. Iban y venían sin cesar, de arriba a abajo del escenario, para cerrar las puertas, y se les llamaba también por aquella época, ya que me parece que ahora están todos muertos, «los cazadores de corrientes de aire».

Las corrientes de aire, vengan de donde vengan, son muy malas para la voz. [24]

El Persa y Raoul se felicitaron de aquel incidente que les libraba de testigos molestos, ya que alguno de los cerradores de puertas, al no tener nada que hacer ni incluso tampoco un domicilio, se quedaba por pereza o por necesidad en la ópera y pasaba la noche en ella. Podían tropezar con ellos, despertarlos y tener que dar explicaciones. El interrogatorio del señor Mifroid salvaba a nuestros dos compañeros de aquellos encuentros desafortunados.

Pero no pudieron disfrutar por mucho tiempo de la soledad… Otras sombras bajaban ahora por el mismo camino por el que los «cerradores de puertas» habían subido. Cada una de estas sombras llevaba una pequeña linterna… que agitaban moviéndola arriba y abajo, examinándolo todo a su alrededor y con todo el aspecto de buscar algo o a alguien.

– ¡Vaya! -murmuró el Persa…

– No sé qué estarán buscando, pero podrían encontrarnos… ¡huyamos!… ¡de prisa!… ¡La mano en guardia, señor, siempre dispuesta para disparar! Pliegue más el brazo, así… la plano a la altura del ojo, como si se batiera en duelo y esperara la orden de «fuego». Meta su pistola en el bolsillo. ¡Deprisa, bajemos! (arrastraba a Raoul hacia el cuarto sótano…) A la altura del ojo, es cuestión de vida o muerte… ¡Por aquí, por esta escalera! (llegaban al quinto sótano.) ¡Ah, qué duelo, señor, qué duelo!

El Persa suspiró aliviado al llegar al quinto sótano… Parecía disfrutar de algo más de seguridad de la que había mostrado antes, cuando se habían detenido ambos en el tercer sótano, sin embargo no abandonaba la posición de la mano…

Raoul tuvo tiempo de extrañarse, una vez más, por lo demás sin hacer ninguna nueva observación. Ninguna, ya que en verdad no era el momento de extrañarse de aquella extraordinaria concepción de la defensa personal que consistía en guardar la pistola en el bolsillo mientras que la mano seguía dispuesta a servirse de ella, como si la pistola estuviera aún en la mano, a la altura del ojo, posición de espera de la orden de «fuego» en los duelos de aquella época.

Con respecto a esto, Raoul creía recordar perfectamente que le había dicho: «Son pistolas de las que estoy seguro».

De lo que le parecía lógico deducir lo siguiente: «¿Qué le importaba estar seguro de unas pistolas a las que no va a utilizar?»

Pero el Persa le detuvo en sus vagos intentos reflexivos. Haciéndole señal de detenerse, volvió a subir unos peldaños de la escalera que acababan de dejar. Después volvió rápidamente al lado de Raoul.

– ¡Qué tontos somos! -le susurró-. Pronto nos veremos libres de esas sombras de las linternas… Son los bomberos que hacen su ronda. [25]

Los dos hombres permanecieron entonces a la defensiva durante cinco largos minutos por lo menos; después, el Persa arrastró a Raoul hacia la escalera que acababan de bajar; pero, de repente, con un gesto volvió a ordenarle inmovilidad.

Ante ellos, la oscuridad se movía.

– ¡Cuerpo a tierra! -exclamó el Persa con un susurró. Los dos hombres se tiraron al suelo.

Justo a tiempo.

… Una sombra que, esta vez, no llevaba ninguna linterna…, tan sólo una sombra en la sombra pasaba.

Pasó tan cerca de ellos que podía tocarlos.

Sintieron sobre sus rostros el soplo cálido de su capa…

Ya que pudieron distinguirle lo suficiente como para ver que la sombra llevaba una capa que la envolvía de la cabeza a los pies. En la cabeza, un sombrero blando de fieltro.

… Se alejó, rozando las paredes con el pie y dando a veces, en las esquinas, patadas a las paredes.

– ¡Uff! -exclamó el Persa-…, de buena nos hemos librado… Esa sombra me conoce y ya me ha llevado dos veces al despacho del director.

– ¿Será alguien de la policía del teatro? -preguntó Raoul. -¡Alguien mucho peor! -contestó sin dar más explicaciones el Persa. [26]

– ¿No será él?

– ¿Él?… Si no llega por detrás, veremos antes sus ojos de oro… Esa es nuestra pequeña fuerza en la oscuridad. Pero puede llegar por detrás, con pasos de lobo… y somos hombres muertos si no llevamos siempre las manos como si fueran a disparar, a la altura del ojo, hacia adelante.

El Persa no había terminado aún de formular sus consejos, cuando una figura fantástica apareció ante los dos hombres.

… Un cuerpo entero… una cara; no solamente dos ojos de oro.

… Sino un rostro luminoso… una figura en llamas…

Sí, una figura en llamas que avanzaba a la altura de un hombre. ¡Pero sin cuerpo!

Aquella figura desprendía fuego.

En la oscuridad parecía una llama con forma de cuerpo humano.

– ¡Vaya! -exclamó el Persa entre dientes-, ¡es la primera vez que la veo!… El teniente de bomberos no estaba loco, él también la había visto… ¿Qué serán esas llamas? No es él, pero bien puede ser él quien nos la envía… ¡Cuidado!… ¡Cuidado!… Ponga la mano a la altura del ojo, ¡por lo que más quiera!… a la altura del ojo.

La figura de fuego, que tenía un aspecto infernal de demonio en llamas, seguía avanzando a la altura de un hombre, sin cuerpo, delante de los dos hombres aterrorizados…

– Quizá él nos envíe a esta cosa por delante para mejor sorprendernos por detrás…, o por los lados… ¡Nunca se sabe con él!… Conozco muchos de sus trucos…, ¡pero éste…, éste no lo conocía aún!… ¡Huyamos…, por prudencia… sólo… ¡por prudencia!… la mano a la altura del ojo.

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[24] El mismo Pedro Gailhard me contó que había creado el puesto de cerradores de puertas para viejos tramoyistas a los que no quería despedir.

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[25] Por aquella época los bomberos tenían aún la misión de cuidar de la seguridad de la Opera durante las representaciones. Más tarde ese servicio fue suprimido. Cuando pregunté el motivo al señor Pedro Gailhard, me contestó que temían que, dado su absoluto desconocimiento de los sótanos del teatro, les prendieran fuego.

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[26] El autor no dará más explicaciones, lo mismo que el Persa, acerca de la aparición de esta sombra. Todo en esta narración histórica quedan explicado a medida que los hechos aparentemente anormales vayan sucediendo. El autor no explican expresamente al lector lo que el Persa quiso decir con estas palabras: “Alguien mucho peor” (que la policía del teatro). El lector deben adivinarlo, ya que el autor prometió al ex director de la Opera, señor Pedro Gailhard, guardar el secreto acerca de la personalidad, a la vez interesante y útil de la sombra errante de la capa que, condenándose a vivir en los bajos del teatro, ha prestado prodigiosos servicios a aquellos que, en las veladas de gala, por ejemplo, se atreven a bajar a los sótanos. Me refiero a servicios de Estado, y no puedo decir más.