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El restaurante estaba atestado de turistas con cámaras que pedían el «Rose Bowl Special»: pescado frito, Bloody Marys y café. El camarero le dijo a Mal que el señor Loew y otro caballero le esperaban en el Salón de la Fiebre del Oro, un reducto íntimo al que concurrían los leguleyos. Mal retrocedió y golpeó la puerta; la abrieron una fracción de segundo después, y el «otro caballero» sonrió.

– Toc, toc, ¿quién es? Es Dudley Smith. ¡Alerta, rojos! Adelante, teniente. Ésta es una prometedora reunión de cerebros policiales, y debemos celebrar la ocasión con el fasto pertinente.

Mal le dio la mano, reconociendo el nombre, el estilo y un acento con frecuencia imitado por otros. El teniente Dudley Smith, Homicidios, Departamento de Policía de Los Ángeles. Alto, tirando a obeso y rubicundo; nacido en Dublín, criado en Los Ángeles, educado en un colegio jesuita. Hombre fuerte de cada jefe de policía de Los Ángeles desde Dick Steckel. Siete hombres muertos en cumplimiento del deber. Corbatas especiales: sietes, esposas y escudos del Departamento bordados en círculos concéntricos. Según los rumores, llevaba un calibre 45 del ejército, cargado con balas dum-dum lubricadas, y un puñal de resorte.

– Teniente, es un placer.

– Llámame Dudley. Tenemos el mismo rango. Yo soy mayor, pero tú eres más guapo. Ya veo que seremos excelentes compañeros. ¿No crees, Ellis?

Mal miró a Ellis Loew. El jefe de la Sección Criminal de la Fiscalía de Distrito estaba apoltronado en una silla de cuero que parecía un trono, comiendo ostras y tocino.

– Ya lo creo. Siéntate, Mal. ¿Quieres desayunar?

Mal se sentó frente a Loew; Dudley Smith se acomodó entre ambos. Los dos usaban trajes de tweed con chaleco: el de Loew era gris, el de Smith marrón. Ambos ostentaban insignias: el abogado una llave Phi Beta Kappa [1], el policía escudos en las solapas. Mal ajustó la raya de sus arrugados pantalones de franela y pensó que Smith y Loew parecían dos malos cachorros de la misma camada.

– No, abogado. Gracias.

Loew señaló una cafetera de plata.

– ¿Café?

– No, gracias.

Smith rió y se palmeó las rodillas.

– ¿Qué te parecería una explicación por esta intrusión matinal en tu apacible vida familiar?

– Trataré de adivinar. Ellis quiere ser fiscal de distrito, yo quiero ser jefe de investigación de la Fiscalía, y tú quieres hacerte cargo de Homicidios cuando Jack Tierney se jubile el mes próximo. Tenemos acceso a un asunto candente que yo aún desconozco, nosotros dos como investigadores, Ellis como fiscal. Ideal para un ascenso. ¿He acertado?

Dudley soltó una risotada.

– Me alegra que no terminaras tus estudios de leyes, Malcom -dijo Loew-. No me habría gustado tenerte como oponente en un tribunal.

– Entonces, ¿he acertado?

Loew pinchó una ostra y la empapó en salsa de huevo.

– No. Pero tenemos la ocasión de llegar a esos puestos que has mencionado. Con toda facilidad. Dudley se ofreció para el suyo…

– Me ofrecí por patriotismo -interrumpió Smith-. Odio la inmundicia roja más que a Satanás.

Ellis probó el tocino, las ostras, el huevo. Dudley encendió un cigarrillo. Mal vio que una nudillera de bronce le salía de la cintura.

– ¿Por qué estoy pensando en un gran jurado?-ironizó Mal.

Loew se reclinó y se estiró. Mal notó que buscaba su máscara de abogado profesional.

– Porque eres listo. ¿Te has mantenido al corriente de las noticias locales?

– No.

– Bien, hay muchos problemas laborales, sobre todo en los estudios cinematográficos de Hollywood. El gremio de los transportistas ha formado piquetes contra el grupo sindical Alianza Unida de Extras y Tramoyistas, la UAES [2]. Tienen un contrato de largo plazo con la RKO y los estudios de películas baratas de Gower. Quieren más dinero y participación en las ganancias, pero no hacen huelga y…

Dudley Smith palmeó sobre la mesa.

– Esos comunistas subversivos no respetan ni a su madre.

Loew permaneció en silencio; Mal evaluó las manazas del irlandés, ideales para desnucar gente, torcer orejas, arrancar confesiones. Llegó a una conclusión: Ellis temía a Smith, y Smith odiaba a Loew por principio, el hijo de perra era un abogado judío que se creía muy listo.

– Ellis, ¿hablamos de un trabajo político?

Loew acarició su llave Phi Beta Kappa y sonrió.

Hablamos de una intensa investigación acerca de la influencia comunista en Hollywood. Tú y Dudley seréis mis principales agentes. La investigación se centrará en la UAES. En ese sindicato pululan los subversivos, y tienen un trust de cerebros que dirige el asunto: una mujer y media docena de hombres, todos muy vinculados con «compañeros de ruta» que fueron a prisión por apelar a la Quinta Enmienda ante el HUAC [3] en el 47. Colectivamente, los miembros de la UAES han trabajado en varias películas que defienden la causa comunista, y están en relación con una verdadera red de subversivos. El comunismo es como una telaraña. Un hilo te lleva a un nido, otro hilo te lleva a una colonia entera. Los hilos son los nombres, y los nombres se convierten en testigos y dan más nombres. Tú y Dudley me conseguiréis todos esos nombres.

Las plateadas insignias de capitán bailaron en la mente de Mal; miró a Loew y planteó objeciones, abogado del diablo de su propia causa.

– ¿Por qué yo en vez del capitán Bledsoe? Es jefe de investigación de la Fiscalía, tiene influencias y es el favorito de todos… lo cual es importante, pues tú tienes fama de ambicioso. Yo soy un detective que se especializa en reunir pruebas de homicidio. Dudley es hombre de Homicidios. ¿Por qué nosotros? ¿Y por qué ahora… a las nueve de una mañana de Año Nuevo?

Loew contó las objeciones con los dedos. Tenía las uñas brillantes, pintadas con esmalte claro.

– Primero, anoche me quedé hasta tarde con el fiscal de distrito. El presupuesto fiscal definitivo de la oficina para 1950 debe estar mañana a disposición del Ayuntamiento, y lo convencí de usar los cuarenta y dos mil dólares que nos sobraban para combatir el Peligro Rojo. Segundo, el agente Gifford de la Sección del Gran Jurado y yo decidimos intercambiar trabajos. Él quiere experiencia en justicia penal, y ya sabes qué quiero yo. Tercero, el capitán Bledsoe se está volviendo senil. Hace dos noches pronunció un discurso en el Kiwanis Club del Gran Los Ángeles e incurrió en una serie de obscenidades. Creó un revuelo cuando anunció su intención de «tirarse» a Rita Hayworth y de «bombearla hasta hacerla sangrar». El fiscal de distrito consultó al médico de Bledsoe y se enteró de que nuestro querido capitán ha sufrido pequeños ataques de apoplejía que ha mantenido en secreto. Se jubilará el cinco de abril, después de haber pasado veinte años en la Oficina, y hasta entonces será sólo un mascarón de proa. Cuarto, tú y Dudley sois buenos detectives, muy listos, y hacéis un interesante contraste. Quinto…

Mal golpeó la mesa al estilo Dudley Smith.

– Quinto, ambos sabemos que el fiscal de distrito quiere a alguien de fuera como jefe de investigación. Acudirá al FBI o hurgará en el Departamento antes de elegirme a mí.

Ellis Loew se inclinó hacia delante.

– Mal, ha accedido a dártelo a ti. Jefe de investigación y capitán. ¿Tienes treinta y ocho años?

– Treinta y nueve.

– Un bebé. Haz bien el trabajo y dentro de cinco años te lloverán ofertas para ser jefe de policía. Y yo seré fiscal de distrito, y McPherson será vicegobernador. ¿Aceptas?