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Eran las tres y media de la tarde. Adamsberg abrió el cuadernillo de notas por la página tres. Esperó un buen rato y luego escribió:

Mañana iré al campo a buscar a Clémence. Creo que no me he equivocado. Ya no recuerdo a partir de cuándo encontré esto, debí apuntarlo. ¿Totalmente a partir del principio? ¿O a partir de la manzana podrida? Todo lo que me ha contado Reyer concuerda con mi idea. Ayer caminé hasta la estación del Este. Me pregunté por qué soy poli. Seguramente porque en este oficio hay cosas que buscar con posibilidades de encontrarlas. Eso consuela de lo demás. Porque, en el resto de la vida, nadie nos pide que busquemos nada, y no nos arriesgamos a encontrar porque no sabemos lo que buscamos. Por ejemplo las hojas de los árboles: aún no comprendo exactamente por qué las dibujo. Alguien me dijo ayer en un café de la estación del Este que el mejor modo de no tener miedo a la muerte es llevar una vida de gilipollas. Así no hay nada que lamentar. No me pareció una buena solución.

Pero yo no tengo miedo a la muerte, no especialmente. Así que, en realidad, aquello no tenía nada que ver conmigo. Tampoco tengo miedo a estar solo.

Me doy cuenta de que tengo que renovar todas mis camisas. Lo que me gustaría es encontrar un atuendo universal. Entonces compraría treinta ejemplares, y ya no tendría que preocuparme del problema de la ropa hasta el fin de mis días. Cuando le expliqué esto a mi hermana, lanzó un grito. La sola idea de un atuendo universal le espanta.

Me gustaría encontrar un atuendo universal para no tener que preocuparme por eso.

Me gustaría encontrar una hoja de árbol universal para no tener que preocuparme por eso.

En el fondo, me hubiera gustado no dejar escapar a Camille la otra tarde en la calle. La habría atrapado, ella se habría quedado muy sorprendida, y quizás emocionada. Quizás habría visto cómo su cara temblaba, palidecía o se ponía colorada, no lo sé exactamente. Habría puesto mis manos en su cara para calmar el temblor, y eso habría sido maravilloso. La habría acercado a mí y nos habríamos quedado de pie los dos en la calle un buen rato. Digamos una hora. Aunque quizás ella no se habría emocionado en absoluto y no habría querido permanecer cerca de mí. Quizá no hubiese hecho nada. No lo sé. No tengo ni idea. Quizás hubiera dicho: «Jean-Baptiste, tengo un taxi esperándome». No lo sé. Y quizá no fuera Camille. Y quizá también a mí me importa un auténtico bledo. No lo sé. No lo creo.

En este momento, a Danglard el pensador le pongo nervioso. Es evidente. No lo hago a propósito. Nada ocurre, nada se dice, y eso es lo que le vuelve loco. Y sin embargo, desde que Clémence se marchó, se ha producido lo esencial. Pero no he podido decirle nada.

Adamsberg levantó la cabeza al oír que se abría la puerta.

Hacía calor. Danglard volvía sudando del extrarradio norte. Una interpelación por encubrimiento. Había resultado bien pero no estaba satisfecho. Danglard necesitaba cosas más grandes para poder aguantar, y la musaraña asesina le parecía un desafío válido. Sin embargo, el temor a tener que renunciar se volvía más punzante de día en día. Ya no se atrevía a hablar de ello con los niños. Estaba pensando muy seriamente en tomar un trago de vino blanco cuando Adamsberg entró en su despacho.

– Estoy buscando unas tijeras -dijo Adamsberg.

Danglard fue a buscarlas al cajón de Florence y se las dio. Advirtió que Florence había vuelto a comprar caramelos. Adamsberg guiñó un ojo para meter hilo negro por el ojo de una aguja.

– ¿Qué pasa? -preguntó Danglard-. ¿Se va a poner a coser?

– Se me ha descosido el dobladillo.

Adamsberg se sentó en una silla, cruzó una pierna sobre otra y empezó a arreglarse el bajo del pantalón. Danglard le observaba, desconcertado pero tranquilo. Es muy relajante ver coser a alguien con pequeñas puntadas como si el resto del mundo hubiera dejado de existir.

– Danglard, va usted a ver -dijo Adamsberg- lo bien que coso los dobladillos. Puntadas minúsculas. Casi no se ven. Me lo enseñó mi hermanita, un día que no sabíamos qué hacer con nuestro cuerpo, como decía mi padre.

– A mí no se me da bien -dijo Danglard-. Por una parte no consigo que queden bien los dobladillos de los pantalones de los niños, y por otra parte, la asesina me atormenta. Ahora se me va a escapar, seguro. Me está volviendo majareta. Honestamente, me está volviendo majareta.

Se levantó para coger una cerveza del armario.

– No -dijo Adamsberg, con la cabeza inclinada hacia el dobladillo.

– No, ¿qué?

– No, la cerveza.

Ahora el comisario estaba rompiendo el hilo con los dientes, después de olvidar completamente que tenía las tijeras de Florence.

– ¿Y las tijeras? -preguntó Danglard-. Mierda, voy a buscar las tijeras para que corte el hilo fácilmente y mire lo que está haciendo. ¿Y mi cerveza? ¿Por qué de repente no puedo tomar una cerveza?

– Porque seguramente tomaría diez y hoy eso no es posible.

– Creí que usted no se metía en ese asunto. Es mi cuerpo, mi responsabilidad, mi estómago, mi cerveza.

– Por supuesto, pero es su investigación y usted es mi inspector. Mañana hay que ir al campo. Espero que se produzca un encuentro. Le necesito a usted, a usted sobrio. También con el estómago sobrio. El estómago es muy importante. Nadie está seguro de que baste un buen estómago para pensar bien, pero yo estoy seguro de que basta un mal estómago para destruir las ideas.

Danglard observó la cara contraída de Adamsberg. Era imposible saber si era a causa del nudo que se le acababa de hacer en el hilo o a causa de la gira campestre.

– Mierda -dijo Adamsberg-. Se me ha hecho un nudo en el hilo. Detesto que me pase esto. Al parecer la regla de oro es coger siempre el hilo en el sentido de la bobina. Si no, se hacen nudos. ¿Ve lo que quiero decir? He debido de ponerlo en el sentido contrario sin darme cuenta. Y ahora se me ha hecho un nudo.

– En mi opinión es porque la hebra era demasiado larga -propuso Danglard. La costura es muy relajante.

– No, Danglard. La hebra estaba bien, no era más larga que la distancia de mi mano al codo. Mañana, a las ocho, necesito un furgón, ocho hombres y perros. También el médico tendrá que hacer el viaje.

Pinchó la aguja varias veces para hacer el nudo, rompió el hilo y se alisó el pantalón. Entonces salió sin esperar a saber si Danglard mantendría su cabeza y su estómago sobrios. Danglard, en ese momento, tampoco lo sabía.

Charles Reyer volvía a su casa. Se sentía relajado y disfrutaba de ello porque sabía que no duraría mucho tiempo. Sus conversaciones con Adamsberg le habían proporcionado un gran sosiego, no sabía por qué. Lo constataba por el hecho de que, desde hacía dos días, no había pedido ayudar a nadie para cruzar la calle.

Incluso había podido, sin hacer un esfuerzo especial, ser sincero con el comisario respecto a Clémence, a Mathilde y a otra gran cantidad de cosas de las que había hablado tomándose todo el tiempo del mundo. Adamsberg también había contado cosas. Cosas suyas. No siempre claras. Cosas ligeras y cosas pesadas, sin que estuviera seguro de que las cosas ligeras no hubieran sido precisamente las cosas pesadas. Con él era difícil saberlo. La sabiduría de los niños, la filosofía de los viejos. Se lo había dicho a Mathilde en el restaurante. No se había equivocado sobre lo que viajaba en la dulce voz del comisario. Y luego le había tocado el turno al comisario de preguntarle lo que viajaba tras sus ojos negros. Se lo había dicho y Adamsberg le había escuchado. Sus murmullos de ciego, sus dolorosas percepciones en la oscuridad, su visibilidad en la penumbra. Cuando se interrumpía, Adamsberg le decía: «Continúe, Reyer. Le escucho con intensidad». Charles pensó que si hubiera sido una mujer, habría podido amar a Adamsberg aunque desesperándose por considerarle inaccesible. Sin embargo, era esa clase de tipo al que sin duda lo mejor era no acercarse. O bien había que aprender al mismo tiempo a no desesperarse por no poder acceder a él. Sí, algo así.