Tras la cita de El Zigurat cambió Yes el escenario por el Hemiciclo, otro bar para bustos parlantes, aunque en éste, si llegaban a tiempo, se sentaban de lado y Carvalho podía valorar el perfil hermoso y sedimentado de Yes, la ligereza de sus formas rotundas y su gesticulación de actriz sabia en el control de su propio sistema de señales, ni una imperfecta, la mujer diez, la hubieran calificado años atrás, cuando aún quedaba en el mundo algo de optimismo histórico y biológico.
– Un día podríamos ir al cine, juntos.
Veinte años después de haber hecho el amor en la cama de Carvalho ir al cine juntos era casi una transgresión, incluso Carvalho consiguió precisar la imagen que rechazaba, aquella en que estuvo a punto de encular a Yes y no lo hizo por lo que tenía de simple afirmación de prepotencia y de humillación social, dar por culo a una señorita de casa bien. Sólo recordarlo le hacía daño en algún lugar del cuerpo, donde habita el sentimiento de culpa, aunque no podía evitar que cuando Yes caminaba ante él le miraba el culo por si le recordaba aquel luminoso objeto de su deseo. Cuando se separaban, Carvalho se prometía a sí mismo cortar la relación, pero su capacidad de distancia se limitabaa esperar que ella tomara la iniciativa y era agónico el tiempo que Yes tardaba en convocarle, siempre justificado por el trabajo o por actividades sociales o familiares cuya simple mención molestaban a Carvalho y le mortificaban cuando se convertían en completa descripción de una dimensión de vida que le negaba, que no le pertenecía. Mientras ella era capaz de proseguir su vida fundamental, alimentada con la ligera transgresión de recuperar su mito de juventud, a Carvalho le resultaba imposible concentrarse en su vida cotidiana. Tenía descuidada a Delmira, la viuda de su hijo, a Charo la rehuía, apenas estaba al día sobre los avances de Biscuter en su intrusión en el mundo de las sectas, aunque veía aumentar la bibliografía sobre la que se inclinaba aquella cabecita maltratada por el fórceps: El fenómeno de las sectas fundamentalistas, Nuevo diccionario de sectas y satanismo, Las sectas entre nosotros, Magie et sorcellerie en Europe, Atles deis càtars, Las sectas destructivas, El veritable rostre deis cátars, Els templers catalans, Guía de los cátaros, El legado secreto de los Cátaros, Diccionario de las religiones y varios libros del principal experto local, solvente a pesar de tolerar que le llamaran Pepe Rodríguez. Biscuter estaba fascinado, especialmente, le decía, por el potencial positivo del satanismo.
– Para los cátaros Satán no es en sí mismo positivo, pero a mí me interesa, jefe. Si el mundo creado por el Dios oficial es tan lamentable, ¿por qué no suponer en Satán a un rebelde necesario?
Carvalho le prometió que un día hablarían de todo ello, pero ese día no llegaba, como no llegaba el de hablar con Quimet para recoger los frutos de su cursillo terminado cum laude tras la presentación de un juzgado espléndido trabajo de investigación de campo sobre el movimiento de las Naciones sin Estado. Esperaba la convocatoria para pasar al curso superior, donde se recibía instrucción sobre armamento y técnicas de ataque y defensa, a cargo del coronel Migueloa, un vascofrancés ex miembro de la OAS, residente en Barcelona porque tenía una hija casada con un filólogo suizo especialista en el uso del salar [23] en el habla de ampurdaneses y mallorquines. Pero esos cursos serían muy restringidos y en lugares muy seguros, habida cuenta de que debían permanecer al margen de los circuitos habituales de seguridad para que no los detectaran los del CESID o la policía autonómica. La añoranza de Yes le rompía el tiempo y le convertía la distancia en una sustancia repugnante que le producía el malestar de estar donde estuviera si no estaba ella. Y por eso la imaginaba presente en cuanto hacía y se descubría a sí mismo dialogante con Yes sobre todo cuanto le afectaba, desde la compra de media docena de calcetines hasta la elección de morro de bacalao en la Boqueria o la adquisición de un molde para frituras a la japonesa, consistente en un tubo ancho de lata, de una altura de unos veinte centímetros, a introducir en el aceite hirviendo y meter por el orificio de arriba la masa que deseaba freír homogéneamente. Lo encargó en una hojalatería tradicional de los traseros de la Boqueria, frente al restaurante Turia, en el que solía comer buena cocina de mercado a un precio de prejubilado dispuesto a gastarse lo poco que le quedaba. Carvalho había descubierto otro restaurante interesante en la plaza Real un día en que trató de recuperar la tienda del taxidermista y vio que dentro ya no había aves disecadas sino tartaleta de sardinas, terrina de foie-gras con membrillo reducido al Pedro Ximénez, arroz con almejas, brick de verduras. El restaurante se llamaba El Taxidermista y lo llevaba una mujer que parecía una muchacha asombrada de que la plaza Real fuera como un ensayo general de purgatorio de la globalización y su madre, Nieves de nombre, que silabeaba como si acabara de salir del Madrid de 1936, capital de la Gloria, republicana de toda la vida y toda la posguerra y toda la Transición, según le confesó tras hacerle especialmente un arròs amb fesols i naps [24]. Tal vez algún día llevaría a Yes a El Taxidermista.
A Yes no le convencía lo de los tubos de lata. ¿Dónde vas a meterlo? Son cosas que se compran y luego no se utilizan. Ya verás. Esta noche voy a utilizarlo. Preparó verduras cortadas en tiras, uniformadas por una masa de harina ligera, agua, huevo y gambas peladas. Puso aceite en el fuego hasta el hervor, introdujo el molde y por el orificio superior vertió dos gruesas cucharadas de la farsa. Cuando tomó consistencia retiró el tubo y el islote de fritura navegó sobre el aceite hasta alcanzar consistencia suficiente como para poder darle la vuelta. El buñuelo así formado estaba exquisito con una salsa de soja, sola o acentuada por el rábano picante y el jengibre. ¿Lo ves, mujer de poca fe? Yes probaba el plato y le daba la razón con los ojos entusiasmados que sólo ella podía componer, con esa capacidad de asombro que sólo pueden fingir los ricos simpáticos como Yes o que sólo pueden sentir los pobres solidarios como Charo. Pero pasaba el encantamiento y en la soledad de su comedor de Vallvidrera la no presencia de Yes significaba un vacío superior al espacio que había ocupado su absoluta presencia.
Tuvo que salir de su ensimismamiento compartido porque Delmira reclamó una explicación en unos términos muy taxativos, no quería morir sin saberlo todo sobre la muerte de su hijo.
– Estoy esperando un encuentro con Albert Pérez i Ruidoms, pero no es fácil. Él podrá aclararme muchas cosas.
– ¿Por qué no es fácil? ¿No está en libertad?
– Su padre lo tiene escondido.
Delmira se echó a llorar abundante pero silenciosamente y Carvalho hizo lo imposible para desaparecer hundiéndose en el sofá y cerrando los ojos.
– ¿Por qué son tan crueles los hombres? ¿O sería más justo preguntarse por qué es tan cruel el hombre?
– Cierto.
– Lea.
Delmira le tendía un papel y Carvalho leyó para sí: