– ¿Estaba esperándome? -preguntó Nell.
– Le he traído algo. -Robyn le entregó a Nell una pila de papeles-. Es la investigación para el artículo en el que he estado trabajando, sobre la familia Mountrachet. -Se movió algo incómoda-. La oí preguntarle a Gump sobre ellos, y sé que no fue capaz de… que no fue de mucha ayuda. -Se alisó sus cabellos, de por sí lacios-. Hay un poco de todo, pero pensé que tal vez le resultaran de interés.
– Gracias -dijo Nell, con sinceridad-. Y lamento si…
Robyn asintió.
– ¿Cómo está su abuelo…?
– Mucho mejor. De hecho, me preguntaba si querría volver a cenar con nosotros, alguna noche de la semana entrante. En la casa de Gump.
– Aprecio la invitación -dijo Nell-, pero no creo que su abuelo lo desee.
Robyn sacudió la cabeza, agitando su lustroso cabello. -Oh no, creo que no lo entiende. Nell alzó las cejas.
– Ha sido idea suya -explicó Robyn-. Dice que quiere contarle algo sobre la cabaña y sobre Eliza Makepeace.
34
SEÑORITA ROSE MOUNTRACHET,
CUNARD LINER, LUSITANIA
SEÑORITA ELIZA MOUNTRACHET,
MANSIÓN BLACKHURST,
CORNUALLES, INGLATERRA
9 DE SEPTIEMBRE DE 1907
Mi muy querida Eliza,
¡Ah! ¡Qué maravilla el Lusitania! Mientras te escribo esta carta, querida prima, estoy sentada en la cubierta superior, frente a una mesita en el café Veranda, contemplando el ancho Atlántico, mientras nuestro «hotel flotante» se dirige hacia Nueva York.
Hay una atmósfera de tremenda excitación en cubierta, todos rebosando confianza de que el Lusitania le arrebate la Cinta Azul [2] a Alemania. Al atracar en Liverpool, mientras la gran embarcación se movía lentamente en el muelle y comenzaba su viaje de bautismo, la multitud a bordo cantaba: «Los británicos nunca, nunca serán esclavos», y agitaban sus banderas, tantas y con tanta rapidez que incluso mientras nos alejábamos y la gente del puerto se convertía en pequeñas motas podía ver las banderas agitarse. Cuando los otros barcos nos despidieron haciendo sonar sus sirenas, confieso que se me erizó la piel y una sensación de orgullo me hinchó el corazón. ¡Qué alegría el verme envuelta en eventos tan importantes! Me pregunto si la historia nos recordará. Espero que así sea. Imaginar que uno puede hacer algo, tocar de alguna manera algún evento y de ese modo ¡trascender las fronteras de una vida humana!
Sé lo que estarás pensando respecto a la Cinta Azul, ¡que es una tonta carrera inventada por hombres estúpidos que intentan demostrar que su barco puede ir más rápido que otro que pertenece a hombres aún más estúpidos! Pero, querida Eliza, estar aquí, respirar el aire de excitación y conquista… bueno, sólo puedo decir que es vigorizante, me siento más viva que lo que me he sentido en años, y aunque sé que estarás poniendo los ojos en blanco, debes permitirme expresar mi más profundo deseo de que hagamos este viaje en tiempo récord y ganemos nuestro justo lugar.
Todo en el barco está dispuesto de modo tal que a veces es difícil recordar que uno está en alta mar. Mamá y yo estamos en una de las dos «suites reales» a bordo: dos dormitorios, una sala, un comedor, baño privado, lavatorio y despensa, todo hermosamente decorado; me recuerda un poco a las pinturas de Versalles del libro de la señora Tranton, el que llevó a la clase, aquel verano de hace ya tiempo.
Escuché a una dama bellamente vestida comentar que esto parece más un hotel que cualquier barco en el que antes hubiera viajado. No sé quién era la dama, pero estoy segura de que debe de ser Muy Importante, porque mamá sufrió un raro ataque de silencio cuando nos encontramos dentro de su órbita. No temas, no fue permanente, mamá no puede reprimirse mucho tiempo. Pronto recuperó el uso de su lengua y desde entonces ha estado recuperando el tiempo perdido. Nuestros compañeros de viaje son un verdadero muestrario del quién es quién de la sociedad londinense, según mamá, y por tanto deben ser «entretenidos». Estoy bajo estrictas órdenes de comportarme siempre del mejor modo; ¡por suerte tengo dos baúles llenos de armaduras con las que vestirme para la batalla! Por una vez, mamá y yo estamos de acuerdo, ¡aunque desde luego no tenemos los mismos gustos! Ella se empeña en destacar a un caballero al que considera un excelente partido y yo me siento con frecuencia decepcionada. Pero ya es suficiente, me temo que perderé la atención de mi querida prima si me detengo demasiado en semejantes asuntos.
De regreso pues al barco, he estado llevando a cabo varias exploraciones, que seguramente enorgullecerán a mi Eliza. Ayer por la mañana me las ingenié para escapar brevemente de mamá y pasé una encantadora hora en el jardín de la cubierta alta. Pensé en ti, querida mía, y en qué sorprendida estarías de ver que semejante vegetación puede cultivarse en un barco. Hay grandes maceteros a cada paso, llenos de verdes árboles y las flores más hermosas. Me sentí de lo más alegre sentada entre ellos (nadie mejor que yo conoce las propiedades curativas de un jardín) y me entregué a toda clase de ensoñaciones. (Creo que sabrás imaginar el camino que tomaron mis fantasías…).
¡Ah! Pero cómo desearía que te hubieras rendido y accedido a venir con nosotras, Eliza. Permíteme que haga un inciso para comentarlo, porque sencillamente no puedo entenderlo. Fuiste tú, después de todo, quien primero sugirió la idea de que algún día pudiéramos viajar a América, ser testigos directos de los rascacielos de Nueva York y de la gran Estatua de la Libertad. No se me ocurre qué te puede haber llevado a rechazar la oportunidad y tener que permanecer en Blackhurst con sólo Padre por compañía. Tú eres, como siempre, un misterio para mí, queridísima, pero ya sé que no debo discutir contigo cuando has decidido algo, mi querida y tozuda Eliza. Sólo diré que ya te estoy extrañando, y que me encuentro con frecuencia imaginando cuántas travesuras podríamos llevar a cabo si estuvieras aquí conmigo. (¡Qué estragos causaríamos en los pobres nervios de mamá!). Es extraño pensar que hubo un tiempo en el que no te conocía, me parece que siempre hemos sido un dúo y los años en Blackhurst antes de tu llegada no fueron nada sino un horrible periodo de espera.
Ah, mamá me llama. Parece que nos esperan una vez más en el salón comedor. (¡Las comidas, Eliza! ¡Tengo que pasearme por cubierta entre comidas a fin de poder simular por educación que como algo en el siguiente turno!). Mamá, sin duda, se las ha ingeniado para atrapar al conde de tal y cual, o al hijo de algún industrial acaudalado como compañero de mesa. El trabajo de una hija nunca termina y en eso ella tiene razón: jamás conoceré Mi Destino si sigo encerrada.
Me despido de ti, entonces, querida Eliza, y termino diciendo que aunque no estás conmigo en persona, ciertamente lo estás en espíritu. Sé que cuando pose por primera vez mi mirada en la famosa dama de la Libertad, erguida, vigilante sobre el puerto, será la voz de mi prima Eliza la que escucharé, proclamando: «Sólo mírala, y piensa en todo lo que ha visto».
Me despido, como siempre, tu querida prima,
Rose.
Eliza apretó los dedos en torno al paquete envuelto en papel de estraza. De pie junto a la puerta de la tienda de Tregenna, miró cómo una nube semejante a una manta gris se dirigía hacia el espejo que la reflejaba. La niebla en el horizonte le hablaba de tormentas en el mar, el aire del pueblo fluctuaba trayendo ansiosas motas de humedad. Eliza no había llevado consigo bolso, puesto que al salir de la casa no había pensado en ir hasta el pueblo. Fue en algún momento de la mañana cuando se le ocurrió la historia, que le exigió su redacción inmediata. Las cinco páginas que quedaban de su actual libreta habían sido de lo más inadecuadas, la necesidad de adquirir una nueva, urgente, era el motivo por el que se había embarcado en esta expedición de compras imprevista.